Otro reto importante que enfrentan los jóvenes cristianos hoy es desarrollar el hábito de leer la Biblia con regularidad. Este desafío es significativo, ya que muchos prefieren dedicar su tiempo a libros de ficción, las redes sociales, los videojuegos o diversas formas de entretenimiento, en lugar de leer la Palabra de Dios, la cual tiene el poder de transformar sus vidas, fortalecer su fe y guiarlos por el camino de la salvación (Ro. 1:16; Sal. 19:7-11). En una sociedad saturada de información, el joven cristiano necesita escuchar diariamente la voz de Dios por medio de las Sagradas Escrituras.
Los autores inspirados exhortaron constantemente al pueblo de Dios a ser lectores diligentes de la Palabra. El apóstol Pablo animó al evangelista Timoteo diciendo: “Ocúpate en la lectura” (1 Tim. 4:13). También le recordó que desde su niñez conocía “las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Tim. 3:15). Jesús mismo acostumbraba leer las Escrituras en la sinagoga (Lc. 4:16), dejándonos un ejemplo digno de imitar. En repetidas ocasiones preguntó a sus oyentes: “¿No habéis leído?” (Mt. 12:3, 5; 19:4; 21:42), enfatizando la importancia de conocer la Palabra de Dios. Asimismo, exhortó a los judíos: “Escudriñad las Escrituras” (Jn. 5:39), pues ellas dan testimonio de Él.
Desde el Antiguo Testamento, Dios enfatizó la importancia de una lectura constante de Su Palabra. Ordenó a Josué meditar en el libro de la ley “de día y de noche” para prosperar espiritualmente y actuar con sabiduría (Jos. 1:8). Los reyes de Israel debían escribir una copia de la ley y leerla todos los días de su vida para aprender a temer a Dios y obedecer Sus mandamientos (Deut. 17:18-20). El salmista declaró bienaventurado al hombre que se deleita en la ley de Jehová y medita en ella de día y de noche (Sal. 1:1-3). De igual manera expresó: “¡Cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Sal. 119:97).
Todos estos pasajes animan al joven cristiano a dedicar tiempo cada día a la lectura de la Biblia. La Palabra de Dios le ayudará a mantenerse limpio delante del Señor (Sal. 119:9, 11), a fortalecer su fe (Ro. 10:17), a vencer las tentaciones siguiendo el ejemplo de Jesús (Mt. 4:1-11), a discernir entre el bien y el mal (Heb. 5:14), a crecer en la gracia y el conocimiento de Cristo (2 P. 3:18), a renovar su mente (Ro. 12:2), a ser sabio para la salvación (2 Tim. 3:15) y a estar enteramente preparado para toda buena obra (2 Tim. 3:16-17). Además, la Palabra de Dios es “viva y eficaz” (Heb. 4:12), ilumina el camino (Sal. 119:105), produce gozo en el corazón (Jer. 15:16) y tiene poder para salvar el alma (Stg. 1:21).
Mientras más tiempo dediques a la lectura de la Biblia, mayor será tu amor por ella y más profundo será tu deseo de obedecer a Dios. Sin embargo, no basta con leerla; también es indispensable meditar en ella, creerla y ponerla en práctica cada día (Stg. 1:22-25). Jesús declaró: “Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Lc. 11:28). De igual manera, el salmista afirmó que son bienaventurados los que guardan los testimonios del Señor y le buscan de todo corazón (Sal. 119:2). Que el Señor fortalezca siempre en ti un profundo amor, respeto y reverencia por las Sagradas Escrituras, para que ellas sean la guía de tu vida y te conduzcan fielmente hasta la vida eterna (Jn. 17:17; 1 Tim. 4:16).