PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Miembros que presentan un mal ejemplo al llegar tarde a los servicios de la Iglesia por Willie A. Alvarenga

Una de las prácticas que debemos considerar dentro de aquellas cosas que pueden lastimar a la iglesia del Señor es la de miembros que constantemente llegan tarde a los servicios y actividades de la iglesia, presentando así un mal ejemplo delante de los demás.

Este problema puede parecer pequeño para algunos, pero cuando se convierte en una práctica habitual, revela algo que puede ser mucho más profundo: una actitud incorrecta hacia Dios, Su iglesia, Su Palabra y las cosas espirituales. No estamos hablando simplemente de llegar cinco o diez minutos tarde en una ocasión excepcional debido a una emergencia o circunstancia que estaba fuera de nuestro control. Estamos hablando de aquellos que constantemente llegan tarde, aun cuando tienen la capacidad y los medios para llegar a tiempo.

La puntualidad, por sí sola, no es el centro de nuestra relación con Dios. Sin embargo, nuestra manera de administrar el tiempo y nuestra disposición para estar presentes cuando la iglesia se reúne pueden revelar mucho acerca de nuestras prioridades espirituales.

DIOS MERECE LO MEJOR DE NOSOTROS

La Biblia enseña claramente que Dios merece lo mejor de cada uno de nosotros. El Señor Jesús dijo:

“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mr. 12:30).

Observe las palabras “todo” y “todas”. Dios no desea solamente una parte de nuestro corazón, de nuestro tiempo, de nuestras fuerzas o de nuestra atención. Él merece nuestra completa devoción.

Pablo también escribió:

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31).

Si todo lo que hacemos debe hacerse para la gloria de Dios, entonces debemos preguntarnos: ¿Estoy dando a Dios lo mejor de mi tiempo, de mi energía y de mi disposición?

Es interesante observar que muchas personas pueden ser extremadamente puntuales para aquellas cosas que consideran importantes. Llegan temprano a su trabajo, a una cita médica, a un viaje, a un evento deportivo o a cualquier actividad que consideran prioritaria. Sin embargo, cuando llega el momento de reunirse con la iglesia para adorar a Dios, algunos llegan constantemente tarde.

Esto debería hacernos reflexionar seriamente.

Si puedo llegar a tiempo al trabajo porque considero importante mi trabajo, ¿por qué no puedo hacer el mismo esfuerzo para llegar a tiempo a la adoración de mi Dios?

No debemos olvidar que nuestro trabajo secular es temporal, pero nuestro servicio a Dios tiene consecuencias eternas.

Jesús dijo:

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mt. 6:33).

El reino debe ocupar el primer lugar.

NO DEBEMOS DARLE A DIOS LAS SOBRAS

En el Antiguo Testamento encontramos un principio que nos ayuda a entender la importancia de ofrecer a Dios lo mejor. Dios reprendió a Su pueblo porque le estaban ofreciendo animales defectuosos y de menor calidad.

Malaquías 1:6-8 muestra claramente la actitud incorrecta del pueblo. Ellos ofrecían a Dios animales enfermos, cojos y defectuosos.

El principio es muy importante: Dios no merece nuestras sobras; Dios merece lo mejor.

Aunque nosotros no ofrecemos sacrificios de animales como los israelitas bajo la antigua ley, sí ofrecemos a Dios nuestra vida, nuestro tiempo, nuestras fuerzas y nuestro servicio.

Pablo exhortó:

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Ro. 12:1).

Nuestra vida entera debe ser presentada como un sacrificio a Dios.

Por lo tanto, debemos preguntarnos:

¿Estoy ofreciendo a Dios lo mejor de mi tiempo?

¿Estoy ofreciendo a Dios lo mejor de mis fuerzas?

¿Estoy ofreciendo a Dios lo mejor de mi disposición?

¿Estoy haciendo todo lo posible por estar presente y participar fielmente cuando la iglesia se reúne?

LLEGAR TARDE CONSTANTEMENTE PUEDE REVELAR UN PROBLEMA DE PRIORIDADES

Debemos tener mucho cuidado de no juzgar el corazón de una persona simplemente porque ocasionalmente llega tarde. Hay circunstancias legítimas que pueden impedir que alguien llegue a tiempo.

Una emergencia, un accidente, una situación familiar inesperada, un problema con el vehículo o alguna otra circunstancia fuera de nuestro control puede ocasionar que una persona llegue tarde. En tales casos, debemos mostrar comprensión.

El problema que estamos señalando aquí es la tardanza habitual y voluntaria, aquella que ocurre porque la persona no organiza adecuadamente su tiempo, no se prepara con anticipación o simplemente no considera importante llegar a tiempo.

Jesús enseñó:

“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6:21).

Nuestros hábitos frecuentemente revelan nuestras prioridades. Si constantemente encontramos tiempo para todo lo demás, pero nunca encontramos suficiente tiempo para las cosas de Dios, debemos examinarnos cuidadosamente.

Pablo escribió:

“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:15-16).

La palabra “diligencia” implica cuidado, atención y seriedad. El cristiano debe aprender a administrar sabiamente el tiempo que Dios le ha dado.

EL EJEMPLO HABLA MÁS FUERTE DE LO QUE PENSAMOS

Otro aspecto muy importante es el poder de nuestro ejemplo.

Jesús dijo:

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16).

Pablo le dijo a Timoteo:

“Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Ti. 4:12).

Nuestro ejemplo importa.

El miembro que constantemente llega tarde quizá piense:

“No estoy haciendo nada malo; simplemente llegué unos minutos tarde”.

Pero debemos considerar cómo su comportamiento puede afectar a los demás.

El nuevo convertido observa.

Los jóvenes observan.

Los niños observan.

Los visitantes observan.

Los miembros que están tratando de desarrollar buenos hábitos observan.

Y, aunque no queramos admitirlo, nuestro comportamiento puede enseñar a otros que llegar tarde a las cosas de Dios no es un asunto importante.

Esto es especialmente peligroso cuando los padres constantemente llegan tarde con sus hijos. Los hijos pueden aprender que la puntualidad es importante para la escuela y para el trabajo, pero no necesariamente para la iglesia.

¿Qué estamos enseñando con nuestro ejemplo?

EL MAL EJEMPLO PUEDE DESANIMAR A OTROS

Pablo dijo:

“Ninguno ponga tropiezo u ocasión de caer a su hermano” (Ro. 14:13).

También escribió:

“No seamos tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios” (1 Co. 10:32).

El cristiano debe pensar no solamente en sí mismo, sino también en cómo sus acciones afectan a los demás. Es posible que una persona llegue tarde y piense que su tardanza no afecta a nadie. Pero cuando esto sucede repetidamente, puede convertirse en una influencia negativa. Además, cuando una persona entra tarde durante la oración, la predicación, la Cena del Señor o algún otro acto de adoración, puede distraer innecesariamente a quienes ya están participando.

Esto no significa que la persona que llega tarde deba quedarse afuera o que no deba participar. Es mejor llegar tarde que no llegar. Pero precisamente por eso debemos hacer todo lo posible para evitar que la tardanza se convierta en una costumbre.

¿QUÉ ESTAMOS COMUNICANDO CON NUESTRA TARDANZA?

Debemos ser cuidadosos con nuestras acciones porque estas comunican mensajes, aun cuando no pronunciemos una sola palabra.

La tardanza constante puede comunicar:

  • “La iglesia no es una prioridad”
  • “No necesito prepararme con anticipación”
  • “Los demás pueden esperarme”
  • “No considero importante participar desde el principio”
  • “Puedo darle a Dios el tiempo que me sobre”

Tal vez esa no sea nuestra intención, pero nuestras acciones pueden transmitir ese mensaje. Santiago 2:18 nos recuerda que nuestra fe se demuestra por nuestras obras:

“Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras”.

Nuestra actitud hacia las reuniones de la iglesia también puede demostrar cuánto valoramos las cosas espirituales.

LA IGLESIA ES PRECIOSA PARA DIOS

Debemos recordar que la iglesia no es simplemente una organización humana a la cual asistimos cuando nos conviene.

Cristo murió por ella.

Pablo dijo:

“La cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28).

Pablo también enseñó:

“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5:25).

Si Cristo amó tanto a la iglesia que estuvo dispuesto a morir por ella, ¿no deberíamos nosotros mostrar un profundo amor y respeto por ella?

La iglesia es el cuerpo de Cristo (Ef. 1:22-23), y Cristo es su Salvador (Ef. 5:23).

Por esta razón, cuando la iglesia se reúne para adorar a Dios, debemos considerar ese momento como algo sumamente importante.

Hebreos 10:24-25 dice:

“Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos”.

La reunión de la iglesia no solamente tiene que ver con nuestra relación vertical con Dios; también tiene que ver con nuestra responsabilidad horizontal hacia nuestros hermanos.

Mi presencia puede animar a alguien. Mi ausencia puede desanimar a alguien. Mi puntualidad puede ser un buen ejemplo. Mi tardanza constante puede ser una mala influencia.

“PERO DIOS CONOCE MI CORAZÓN”

Alguien podría decir: “Dios conoce mi corazón; Él sabe que lo amo aunque llegue tarde”.

Es verdad que Dios conoce nuestro corazón.

1 Samuel 16:7 dice:

“Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.

Pero precisamente porque Dios conoce nuestro corazón, debemos preocuparnos por lo que nuestra conducta revela. No podemos utilizar el hecho de que Dios conoce nuestro corazón como una excusa para vivir descuidadamente.

Jesús dijo:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn. 14:15).

El verdadero amor hacia Dios se manifiesta en obediencia, sacrificio, diligencia y fidelidad.

¿CÓMO PODEMOS CORREGIR ESTE PROBLEMA?

Si reconocemos que constantemente estamos llegando tarde, ¿qué podemos hacer?

1. Examine sinceramente sus prioridades

Pregúntese:

¿Realmente estoy poniendo a Dios en primer lugar?

Mateo 6:33 nos recuerda:

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”.

No podemos corregir un problema que no estamos dispuestos a reconocer.

2. Cultive un amor más profundo por Dios

El amor verdadero produce sacrificio.

Marcos 12:30 nos manda amar a Dios con todo nuestro ser.

Cuando realmente amamos a Dios, no vemos la adoración como una carga, sino como un privilegio.

El salmista dijo:

“Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos” (Sal. 122:1).

¿Es esa nuestra actitud?

3. Planee con anticipación

La puntualidad no ocurre por accidente. Generalmente requiere preparación.

Prepare la ropa con anticipación.

Organice las cosas que necesitará.

Prepare a los niños con tiempo.

Considere el tráfico.

Salga de casa con suficiente margen.

No planee llegar exactamente a la hora de inicio. Procure llegar unos minutos antes.

Proverbios 21:5 dice:

“Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia; mas todo el que se apresura alocadamente, de cierto va a la pobreza”.

La diligencia incluye una buena planificación.

4. No permita que las actividades secundarias controlen su vida espiritual

Debemos aprender a decir “no” a algunas cosas.

No podemos hacer todo.

Si una actividad regularmente nos impide participar fielmente en la obra del Señor, debemos reconsiderar nuestras prioridades.

Colosenses 3:1-2 dice:

“Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”.

5. Recuerde que usted es un ejemplo

Especialmente los padres deben recordar esto. Sus hijos están aprendiendo de ellos constantemente. Si los padres llegan temprano, los hijos aprenden diligencia. Si los padres llegan constantemente tarde, los hijos pueden aprender que la iglesia y sus actividades no son una prioridad.

Pablo dijo:

“Sé ejemplo de los creyentes” (1 Ti. 4:12).

Pregúntese:

¿Qué clase de ejemplo estoy dejando para la próxima generación?

6. Considere a los demás

Filipenses 2:3-4 dice:

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”.

Llegar a tiempo también puede ser una manera de demostrar consideración por nuestros hermanos.

7. Recuerde el sacrificio de Cristo

Cuando consideramos lo que Cristo hizo por nosotros, nuestra actitud cambia.

Él dejó la gloria del cielo.

Tomó forma de siervo.

Vivió una vida perfecta.

Sufrió rechazo.

Fue azotado.

Fue crucificado.

Derramó Su sangre por nosotros.

Pablo dijo:

“Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co. 5:15).

Cristo lo dio todo por nosotros.

¿No deberíamos nosotros estar dispuestos a darle lo mejor de nuestro tiempo a Él?

UNA EXHORTACIÓN FINAL

Hermanos, no debemos permitir que una práctica aparentemente pequeña se convierta en un hábito que perjudique nuestra vida espiritual y nuestro ejemplo delante de otros.

No estoy diciendo que una persona que ocasionalmente llega tarde sea infiel. Tampoco estoy diciendo que la puntualidad sea el criterio por el cual Dios determina nuestra salvación. La salvación depende de nuestra obediencia fiel al evangelio de Cristo y de nuestra perseverancia en Él. Pero sí debemos reconocer que la negligencia constante, la falta de preparación y la indiferencia hacia las reuniones de la iglesia pueden revelar problemas espirituales que necesitamos corregir.

Pablo escribió:

“Por tanto, amados hermanos míos, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre” (1 Co. 15:58).

La palabra “siempre” nos recuerda la importancia de la constancia.

También escribió:

“En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Ro. 12:11).

La iglesia necesita miembros diligentes.

Necesita miembros responsables.

Necesita miembros que amen al Señor.

Necesita miembros que amen Su iglesia.

Necesita miembros que sean buenos ejemplos.

Necesita miembros en quienes se pueda confiar.

Y necesita miembros que comprendan que servir a Dios no es algo que hacemos cuando nos sobra tiempo; es una prioridad de nuestra vida.

Recordemos las palabras de Jesús:

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mt. 6:33).

Que Dios nos ayude a examinar nuestras prioridades, administrar sabiamente nuestro tiempo, amar profundamente Su iglesia y darle siempre lo mejor de nosotros.

No lleguemos tarde a las cosas de Dios porque Él nunca ha llegado tarde a nosotros.

Sus misericordias son nuevas cada mañana (Lm. 3:22-23).

Él ha sido fiel.

Él ha sido bueno.

Él nos ha dado lo mejor.

Ahora nosotros debemos preguntarnos: ¿Le estamos dando a Él lo mejor de nosotros?

Que nuestra respuesta, por medio de nuestra vida y nuestras acciones, siempre sea: “Sí, Señor”.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: El peligro de la desmotivaciónón espiritual entre hermanos por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor, es el peligro de la desmotivación espiritual entre hermanos. ¿Cuál es la idea detrás de esta expresión? Por desmotivación espiritual nos referimos a la falta de ánimo, apoyo y aliento entre los miembros del cuerpo de Cristo. Hablamos de hermanos que no toman el tiempo para fortalecer, animar y edificar a su familia espiritual en el Señor. Esta actitud puede parecer insignificante a primera vista; sin embargo, sus consecuencias pueden ser devastadoras para la salud espiritual de una congregación.

Las Escrituras tienen mucho que decir acerca de este asunto. Por ejemplo, el escritor a los Hebreos exhortó a la iglesia diciendo: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (Heb. 10:24). Observe cuidadosamente el texto. Dios no solamente nos manda a amarnos unos a otros, sino también a pensar en maneras prácticas de motivarnos espiritualmente. La palabra “considerémonos” implica prestar atención a las necesidades de nuestros hermanos para ayudarles a permanecer fieles al Señor.

El apóstol Pablo escribió a la iglesia en Tesalónica: “Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis. Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros. También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos” (1 Tes. 5:11-14). Esta porción de la Escritura nos recuerda el deber que tenemos de edificarnos mutuamente. También nos enseña que existen hermanos que necesitan ser alentados porque atraviesan momentos de debilidad, tristeza o desánimo.

Lamentablemente, algunos cristianos se han acostumbrado a asistir a los servicios de adoración sin tomar tiempo para animar a nadie. Llegan, adoran y se retiran sin ofrecer una palabra de consuelo, gratitud o motivación. Esta actitud es contraria al espíritu del Nuevo Testamento. Dios desea que seamos instrumentos de ánimo para nuestros hermanos. Bernabé es un excelente ejemplo de esto. Su nombre significa “hijo de consolación” o “hijo de exhortación” (Hechos 4:36). Gracias a su disposición para animar a otros, muchos fueron fortalecidos en la fe y la iglesia fue edificada.

¿Cuánto tiempo toma usted para expresar aprecio y ánimo a los ancianos, diáconos, predicadores y maestros de la congregación? Ellos enfrentan numerosas luchas, responsabilidades y desafíos en su labor para el Señor. Los ancianos velan por las almas como quienes han de dar cuenta (Heb. 13:17). Los predicadores trabajan arduamente en la enseñanza de la Palabra (2 Tim. 4:1-5). Los maestros dedican tiempo y esfuerzo para instruir a la iglesia. Todos ellos necesitan nuestras oraciones, nuestro apoyo y nuestras palabras de ánimo.

Muchas veces nuestros hermanos atraviesan aflicciones, enfermedades, dificultades familiares, problemas económicos y pruebas espirituales. En tales momentos, unas palabras de aliento pueden producir un impacto enorme. Proverbios 12:25 declara: “La congoja en el corazón del hombre lo abate; mas la buena palabra lo alegra”. Asimismo, Proverbios 16:24 enseña: “Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos”. Nunca debemos subestimar el poder de una palabra de ánimo pronunciada en el momento oportuno.

¿Cómo podemos motivarnos unos a otros? Considere las siguientes sugerencias:

(1) Obedeciendo el mandato de animarnos mutuamente (1 Tes. 5:11-14; Heb. 10:24-25).

(2) Haciendo saber a nuestra familia espiritual que oramos por ellos (Ef. 6:18; Col. 4:12).

(3) Evitando acciones, palabras o actitudes que produzcan desánimo en nuestros hermanos (3 Jn. 9-10; 2 Tim. 4:10, 14, 16).

(4) Amando a nuestros hermanos como Cristo nos ha amado (Jn. 13:34-35).

(5) Considerándolos como superiores a nosotros mismos (Fil. 2:1-4).

(6) Haciéndoles saber cuánto los apreciamos y valoramos (Fil. 1:7-8).

(7) Llorando con ellos y gozándonos con ellos (Rom. 12:15; 1 Cor. 12:26).

(8) Hablando palabras que edifiquen y produzcan gracia a los oyentes (Ef. 4:29).

(9) Llevando las cargas los unos de los otros (Gál. 6:2).

(10) Exhortándonos cada día para que ninguno se endurezca por el engaño del pecado (Heb. 3:13).

(11) Mostrando hospitalidad y bondad hacia nuestros hermanos (1 Ped. 4:9; Rom. 12:13).

(12) Expresando gratitud por el trabajo y servicio de los demás (1 Tes. 5:12-13).

Con frecuencia no nos damos cuenta de la influencia positiva que pueden tener unas palabras de ánimo. La fe de muchos es fortalecida cuando comprenden cuánto son amados y apreciados por sus hermanos en Cristo. En ocasiones, un simple mensaje de texto, una llamada telefónica, una visita o un apretón de manos acompañado de palabras sinceras puede marcar una gran diferencia en la vida de alguien que está luchando.

Por lo tanto, se anima al pueblo de Dios a tomar tiempo para fortalecer a su familia espiritual. Tome algunos minutos para enviar un mensaje de ánimo a un hermano o hermana. Haga saber a otros que usted agradece su trabajo y fidelidad al Señor. Le aseguro que sus hermanos en Cristo apreciarán grandemente ese gesto de amor.

Recordemos que juntos corremos la carrera que nos conduce al cielo. Ninguno de nosotros llegará solo. Necesitamos el apoyo, las oraciones y el ánimo de nuestros hermanos. Luchemos unidos y nunca dejemos de motivarnos los unos a los otros. Que cada congregación procure estar llena de “Bernabés”, hombres y mujeres comprometidos con fortalecer la fe de aquellos que les rodean.

En lo personal, agradezco a todos mis hermanos y hermanas en Cristo que a través de los años han tomado el tiempo para brindarme palabras de ánimo. Dios les bendiga por ser verdaderos “hijos de consolación”. Que el Señor nos ayude a todos a ser instrumentos de aliento, esperanza y edificación para Su pueblo.

btsop2004@gmail.com

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: ESPOSAS MALTRATANDO A SUS ESPOSOS por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor, es la de esposas maltratando a sus esposos. Este ha sido un problema muy grave por mucho tiempo y, lamentablemente, continúa afectando muchos hogares Cristianos. Dios diseñó el matrimonio para ser una relación de amor, respeto, ayuda mutua y edificación espiritual (Gen. 2:18; Ef. 5:22-33). Cuando una esposa no cumple con las responsabilidades que Dios le ha dado, no solamente afecta su matrimonio, sino también la estabilidad espiritual del hogar y el bienestar de la iglesia.

El maltrato de esposas hacia sus esposos puede observarse de muchas maneras: (1) No mostrando respeto hacia sus esposos (Ef. 5:33; 1 P. 3:1-6), (2) No sujetándose a ellos conforme al orden establecido por Dios (Ef. 5:22-24; Col. 3:18), (3) Siendo rencillosas y contenciosas con sus maridos (Prov. 21:9; 27:15), (4) Siendo iracundas y dominadas por el enojo (Prov. 21:19), (5) Hablando mal de sus maridos delante de los demás (Ef. 4:29; Mt. 12:36-37), (6) Rehusando vivir como la mujer virtuosa descrita en Proverbios 31, (7) Siendo mujeres necias que destruyen su hogar con sus propias manos (Prov. 14:1), (8) No respetando la fidelidad matrimonial (Heb. 13:4; Mt. 5:28), (9) Descuidando el hogar y las responsabilidades familiares (Tit. 2:4-5), (10) Siendo piedra de tropiezo para sus esposos al no animarles espiritualmente (Job 2:9), (11) Negándose a mostrar un espíritu afable y apacible, el cual es de grande estima delante de Dios (1 P. 3:4) y (12) No cumpliendo con sus deberes conyugales (1 Cor. 7:1-5).

En algunos casos, el comportamiento de ciertas esposas ha sido uno de los obstáculos por los cuales muchos maridos no viven felizmente con ellas. También impide que los esposos cumplan adecuadamente con los deberes que tienen dentro del matrimonio. Esto nunca debería ser el caso; sin embargo, lamentablemente lo es. Muchos maridos sufren emocional y espiritualmente a causa del maltrato recibido por parte de sus esposas. Ellas no siempre consideran el gran daño que causan cuando su comportamiento no está conforme a la voluntad de Dios.

La Biblia enseña claramente que el hogar debe caracterizarse por la paz, el amor y la edificación mutua. Colosenses 3:19 manda a los esposos amar a sus esposas y no ser ásperos con ellas; de igual manera, las esposas deben procurar un comportamiento que ayude y fortalezca a sus maridos. El matrimonio no fue diseñado para ser una relación de competencia, manipulación o menosprecio, sino una unión donde ambos glorifiquen a Dios (Ecl. 4:9-12).

¿De qué manera afecta a la iglesia el maltrato de esposas hacia sus esposos? Observe las siguientes consecuencias:

  1. Los esposos son obstaculizados en cumplir las responsabilidades que Dios les ha encomendado.
  2. Algunos esposos no llegan a ser predicadores porque sus esposas no desean apoyarles en la obra del Señor.
  3. Algunos no pueden servir como ancianos debido a la conducta infiel o desordenada de sus esposas delante de Dios (1 Tim. 3:1-7; Tit. 1:6-9).
  4. Otros no pueden llegar a ser diáconos por falta de apoyo espiritual en el hogar (1 Tim. 3:12).
  5. Muchos no pueden participar plenamente en ciertos ministerios por causa de conflictos constantes dentro del matrimonio.
  6. La iglesia recibe reproche del mundo al observar el comportamiento infiel de algunas esposas.
  7. La Palabra de Dios llega a ser blasfemada por causa de esposas que no cumplen sus deberes asignados (Tit. 2:5).
  8. Los hijos son afectados negativamente al crecer en hogares llenos de conflicto y falta de respeto.
  9. El ambiente espiritual del hogar se debilita, afectando la oración, el estudio Bíblico y la fidelidad a Dios.
  10. Satanás aprovecha estas dificultades para dividir hogares y debilitar a la iglesia (1 P. 5:8).

Este es un asunto muy serio y con consecuencias dolorosas. La iglesia es lastimada cuando hermanas casadas no se comportan como Dios manda en Su Palabra. Siempre debe ser el caso que el pueblo de Dios se esfuerce por vivir de tal manera que Él sea glorificado en la vida de todos los miembros de la iglesia (Mt. 5:16; 1 Cor. 10:31).

Gracias a Dios, el cambio sí es posible. Nuestro Padre celestial ha provisto todo lo necesario para que las esposas puedan desarrollar un carácter piadoso y agradable delante de Él. Por medio del estudio de la Palabra, la oración, la humildad y el deseo sincero de obedecer a Dios, toda esposa puede llegar a ser una bendición para su esposo, su hogar y la iglesia. Se anima a todas las esposas a esforzarse cada día por ser la clase de esposa que Dios manda. ¡Esto sí se puede lograr!

Willie A. Alvarenga | btsop2004@gmail.com