Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no practican lo que predican. A través de los siglos, esta inconsistencia entre la enseñanza y la conducta ha causado tropiezos, desánimo y una pérdida de credibilidad tanto dentro como fuera de la iglesia. Dios siempre ha esperado que quienes proclaman Su Palabra sean también ejemplos dignos de imitar.
La Biblia exhorta claramente a los predicadores y maestros a vivir de acuerdo con el mensaje que proclaman. El apóstol Pablo exhortó a Timoteo a ser “ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Tim. 4:12). Más adelante añadió: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Tim. 4:16). Observe que Pablo menciona primero la vida del predicador (“ten cuidado de ti mismo”) y después su enseñanza (“y de la doctrina”), indicando que ambas son inseparables.
De igual manera, Tito recibió la exhortación de presentarse “en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable” (Tit. 2:6-8). El predicador no solamente debe comunicar correctamente la sana doctrina, sino también adornarla con una vida santa (Tit. 2:10). Sus acciones deben confirmar la veracidad del mensaje que anuncia.
En cierta ocasión alguien expresó: “Prefiero ver un sermón que escuchar uno”. Aunque esta frase no es inspirada, comunica una gran verdad: las personas observan cuidadosamente la vida del predicador antes de aceptar su mensaje. El ejemplo personal constituye uno de los sermones más poderosos que un siervo de Dios puede predicar.
Nuestro supremo ejemplo es Jesucristo. Lucas escribió acerca de “todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar” (Hch. 1:1). El orden de las palabras no es accidental. Jesús primero hacía y luego enseñaba. Nunca existió contradicción entre Sus palabras y Su conducta. Él pudo desafiar a Sus adversarios preguntando: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Jn. 8:46). Su vida respaldó perfectamente Su enseñanza.
En el Antiguo Testamento encontramos otro excelente ejemplo en Esdras. La Escritura declara que “Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esd. 7:10). El orden también es significativo: primero estudió la Palabra, luego la puso en práctica y finalmente la enseñó al pueblo. Este continúa siendo el modelo divino para todo predicador del evangelio.
Lamentablemente, algunos predicadores se concentran en exhortar a los demás, pero ellos mismos no ponen en práctica lo que predican. Esta actitud jamás debería caracterizar a un siervo de Dios. Jesús condenó severamente a los escribas y fariseos porque “dicen, y no hacen” (Mt. 23:3). La hipocresía religiosa siempre ha sido una afrenta para Dios, porque desacredita la verdad y aleja a las personas del evangelio.
La iglesia puede percibir con claridad cuando un predicador se contradice por no vivir conforme a la voluntad de Dios. Aunque la verdad permanece siendo verdad independientemente del carácter del mensajero, la falta de integridad del predicador produce consecuencias lamentables para la obra del Señor. ¿De qué manera puede verse afectada la iglesia?
(1) La iglesia puede desanimarse. Aunque los cristianos debemos poner nuestra mirada en Cristo (Heb. 12:1-2), el mal ejemplo de un predicador puede desalentar especialmente a los creyentes más débiles en la fe. En lugar de fortalecer a los miembros, puede convertirse en una piedra de tropiezo (Ro. 14:13).
(2) Los no cristianos pueden rechazar el evangelio. Muchas personas evalúan el cristianismo observando la conducta de quienes lo predican. Cuando encuentran hipocresía, concluyen equivocadamente que el evangelio carece de poder transformador. Así, el nombre de Dios es blasfemado entre los incrédulos (Ro. 2:21-24).
(3) La credibilidad del predicador queda seriamente cuestionada. Cuando existe una contradicción evidente entre el mensaje y la vida del predicador, sus exhortaciones pierden autoridad moral. La confianza de la congregación disminuye y su influencia espiritual se debilita (Tit. 2:7-8).
(4) Se corre el riesgo de generalizar injustamente. Algunas personas llegan a pensar que todos los predicadores son iguales, desacreditando también a hombres fieles que sirven al Señor con sinceridad e integridad.
(5) El mal ejemplo puede convertirse en una excusa para pecar. Algunos justifican su propia desobediencia diciendo: “Si el predicador lo hace, ¿por qué yo no?” Aunque cada persona dará cuenta de sí misma delante de Dios (Ro. 14:12), los malos ejemplos pueden influir negativamente sobre otros (Mt. 18:6-7).
(6) Se perjudica la reputación de la iglesia. La conducta de un predicador suele asociarse con toda la congregación. Por ello, una vida inconsistente puede afectar el buen nombre de la iglesia delante de la comunidad y disminuir su influencia para el bien (2 Co. 6:3).
(7) Se debilitan los esfuerzos evangelísticos. Es mucho más difícil convencer a otros de la verdad cuando quien la proclama no vive conforme a ella. El evangelismo requiere tanto una proclamación fiel como un testimonio íntegro (Mt. 5:16; Fil. 2:15).
(8) Los cristianos más débiles pueden apartarse del Señor. Algunos creyentes inmaduros depositan demasiada confianza en los hombres. Cuando un predicador fracasa moralmente, su fe puede tambalearse y, en algunos casos, abandonar la congregación. Esto resalta la enorme responsabilidad que tienen quienes enseñan la Palabra (Stg. 3:1).
(9) El nombre de Cristo es deshonrado. El predicador representa públicamente la causa de Cristo. Cuando vive en contradicción con el evangelio, el nombre del Señor es desacreditado y la gloria que debía rendirse a Dios se ve empañada (Col. 3:17; Tit. 2:10).
Todo predicador debe esforzarse por ser un ejemplo de integridad, fidelidad, humildad, pureza, constancia y perseverancia delante de todos los que observan su vida. Debe poder decir, como el apóstol Pablo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1). El propósito nunca será alcanzar una perfección absoluta, sino vivir una vida caracterizada por el arrepentimiento, la obediencia y una sincera determinación de agradar a Dios en todas las cosas.
La luz del predicador debe brillar delante de los hombres para que, al ver sus buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos (Mt. 5:16). La iglesia necesita hombres que no solamente sepan predicar sermones, sino que también los vivan cada día. Cuando el mensaje proclamado y la vida del predicador marchan en perfecta armonía, la iglesia es fortalecida, los creyentes son edificados, los inconversos son impactados y Dios recibe toda la gloria.