PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no predican la Palabra de Dios por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado gravemente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no proclaman fielmente la Palabra de Dios. Este problema ha perjudicado la obra del Señor durante muchos años. En muchos lugares, la iglesia sufre por causa de predicadores que no presentan el mensaje divino. Son expertos en historias, anécdotas, política, deportes y chistes, pero no en la exposición de las Sagradas Escrituras. Algunos han olvidado que el poder para transformar y edificar la vida de las personas se encuentra únicamente en la predicación del mensaje de Dios, y no en el entretenimiento ni en la sabiduría humana.

Repetidas veces encontramos exhortaciones claras a predicar la Palabra de Dios. Por ejemplo, el apóstol Pablo animó al evangelista Timoteo a retener la sana doctrina (2 Tim. 1:13) y a predicar la Palabra (2 Tim. 4:2). Asimismo, exhortó a Tito a enseñar todo lo que está de acuerdo con la sana doctrina (Tit. 2:1). El apóstol Pedro, quien nos dejó un extraordinario ejemplo de predicación saturada de Escritura en el día de Pentecostés, escribió: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 P. 4:11). Solo de esta manera Dios será glorificado, como lo afirma la parte final de este mismo pasaje.

El Hijo de Dios, Jesucristo, también enfatizó que una de las razones por las cuales recorría diferentes lugares era para predicar la Palabra de Dios (Mr. 1:38). En el Antiguo Testamento observamos claramente cómo los profetas comprendieron la necesidad y la importancia de proclamar únicamente el mensaje divino (1 Rey. 22:14). Dios les ordenó predicar exclusivamente las palabras que Él les comunicaba (Jonás 3:2; Jer. 26:1-2). La expresión “Así dice el Señor” aparece repetidas veces en los escritos proféticos y nos recuerda la responsabilidad que tenemos de anunciar solamente lo que Dios revela en Su Palabra. Estos y muchos otros pasajes deberían ser memorizados por aquellos predicadores que no están edificando a la iglesia mediante la proclamación fiel de las Escrituras. Cierto predicador afirmó: “Los chistes y las largas ilustraciones e historias deben ocupar un lugar importante en la predicación porque a la gente le gustan y la hacen reír”. Tal declaración contradice claramente la enseñanza de la Palabra de Dios respecto a la clase de predicación que Él demanda de Sus siervos (cf. 2 Tim. 4:1-2; 1 P. 4:11).

¿De qué manera es lastimada la iglesia del Señor cuando la Palabra de Dios no se predica? Consideremos las siguientes consecuencias:

  1. La iglesia del Señor no es edificada cuando la Palabra de Dios no se predica (Hch. 20:32).
  2. Los predicadores desobedecen el mandato divino de proclamar fielmente Su Palabra (2 Tim. 4:2; Jonás 3:2; 1 P. 4:11; Tit. 2:1).
  3. A la iglesia se le priva del conocimiento de la Palabra de Dios (Oseas 4:6).
  4. La iglesia permanece en la ignorancia Bíblica, lo cual puede conducirla al cautiverio espiritual y a las falsas doctrinas (Isa. 5:13; Ef. 4:14).
  5. Los miembros no son preparados ni equipados para la obra del ministerio (Ef. 4:11-16).
  6. La iglesia puede perder el respeto por la autoridad de las Sagradas Escrituras (Col. 3:17).
  7. La iglesia deja de crecer en el conocimiento de la Palabra de Dios (2 P. 3:18; Col. 3:16; 1 P. 2:2).

La iglesia del Señor tiene el derecho y la responsabilidad de exigir que la Palabra de Dios sea predicada desde el púlpito. Los ancianos, quienes velan por el bienestar espiritual del rebaño (Heb. 13:17), deben asegurarse de que el predicador proclame la Palabra de Dios y no sus opiniones personales. Hoy más que nunca es indispensable regresar a la predicación completamente Bíblica que encontramos en las páginas de las Sagradas Escrituras.

RETOS QUE ENFRENTA EL JOVEN: Adorar a Dios conforme a Su voluntad por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que enfrentan los jóvenes cristianos hoy es no dejarse convencer de que a Dios se le puede adorar de cualquier manera. Este desafío es muy real porque vivimos en una época en la que muchas personas enseñan que lo único importante es tener buenas intenciones o ser sinceros en la adoración. Sin embargo, la sinceridad por sí sola no hace aceptable una adoración delante de Dios. La pregunta no es únicamente a quién adoramos, sino también cómo debemos adorarlo conforme a Su voluntad.

En cierta ocasión un ministro de jóvenes afirmó: “La pregunta no es cómo adorar sino a quién adorar”. Aunque esta declaración puede parecer razonable, se encuentra en conflicto con la enseñanza clara de las Escrituras. El joven cristiano debe desarrollar el hábito de evaluar toda enseñanza a la luz de la Palabra de Dios (Hch. 17:11; 1 Ts. 5:21; 1 Jn. 4:1).

La Biblia enseña claramente que Dios espera ser adorado conforme a Su voluntad y no según las preferencias del hombre. Jesús declaró:

“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24).

Esta declaración de Jesús elimina toda idea de que el hombre tiene libertad para establecer la forma de adorar a Dios. La palabra “necesario” indica una obligación divina, algo indispensable y no una sugerencia opcional. Además, la expresión “en verdad” señala que la adoración debe estar de acuerdo con la verdad revelada por Dios. Jesús enseñó que la Palabra de Dios es la verdad (Jn. 17:17). Por lo tanto, cualquier práctica religiosa que no tenga autorización en las Escrituras no puede considerarse una adoración aceptable.

La Biblia contiene numerosos ejemplos que muestran que Dios siempre ha esperado obediencia exacta en la adoración. Caín ofreció un sacrificio que Dios no aceptó (Gn. 4:3-7; Heb. 11:4). Nadab y Abiú ofrecieron fuego extraño que Jehová nunca les mandó, y fueron castigados por ello (Lv. 10:1-3). El rey Saúl perdió el favor de Dios porque pensó que podía modificar las instrucciones divinas (1 S. 15:22-23). Estos ejemplos nos recuerdan que Dios no acepta la adoración basada en los deseos humanos.

Asimismo, el apóstol Pablo advirtió contra una religión basada en mandamientos de hombres y en una aparente humildad que carece de autoridad divina (Col. 2:20-23). Jesús también reprendió a quienes enseñaban doctrinas y mandamientos de hombres, diciendo:

“Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mt. 15:7-9).

La iglesia del Nuevo Testamento practicó una adoración sencilla, espiritual y autorizada por Dios. En las Escrituras encontramos cinco actos de adoración realizados por la iglesia reunida:

  1. El canto (Ef. 5:19; Col. 3:16).
  2. La oración (Hch. 2:42; 1 Ts. 5:17).
  3. La predicación y enseñanza de la Palabra (Hch. 20:7; 2 Tim. 4:2).
  4. La participación de la Cena del Señor (Hch. 20:7; 1 Cor. 11:23-26).
  5. La ofrenda voluntaria (1 Cor. 16:1-2; 2 Cor. 9:6-7).

Fuera de estos actos autorizados, el Nuevo Testamento no presenta otras prácticas realizadas por la iglesia como parte de su adoración colectiva. Por esta razón, el cristiano fiel no tiene autoridad para añadir, quitar o modificar lo que Dios ha revelado (Dt. 4:2; Pr. 30:5-6; Gá. 1:6-9; Ap. 22:18-19).

Lamentablemente, muchos consideran que la adoración Bíblica es demasiado sencilla o poco atractiva. Como consecuencia, introducen innovaciones para hacerla más entretenida o emocional. Sin embargo, el propósito de la adoración nunca ha sido satisfacer los gustos del hombre, sino agradar a Dios. Él sigue buscando adoradores que le adoren en espíritu y en verdad (Jn. 4:23-24).

El joven cristiano debe permanecer firme en la doctrina de Cristo (2 Jn. 9), contendiendo ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Jud. 3). Debe rechazar toda enseñanza que contradiga la autoridad de las Escrituras y recordar siempre que todo cuanto hagamos, ya sea en palabra o en obra, debe hacerse en el nombre del Señor Jesús, es decir, por Su autoridad (Col. 3:17).

Cuando el joven aprende desde temprano a respetar la autoridad de la Palabra de Dios en la adoración, desarrollará una fe sólida que lo protegerá del error y le permitirá glorificar a Dios de la manera que Él ha establecido.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Miembros que se dan por vencido rápidamente por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos miembros que se dan por vencidos rápidamente. Este problema ha perjudicado la obra del Señor por muchos años. Desde el establecimiento de la iglesia en el primer siglo, siempre han existido personas que, por diversas razones, abandonan la causa de Cristo. Algunos dejan de reunirse con los santos y gradualmente se enfrían espiritualmente (Heb. 10:24-25). Otros regresan al mundo, abandonan al Señor y nunca más vuelven al rebaño (2 P. 2:20-22). También están aquellos que permanecen físicamente dentro de la congregación, pero cuyo corazón ya se ha apartado de Dios (Ap. 2:4; Is. 29:13).

Muchas pueden ser las causas por las cuales algunos miembros se dan por vencidos rápidamente. Algunos sucumben ante las pruebas de la vida (Stg. 1:2-4, 12), otros permiten que las preocupaciones, las riquezas y los placeres de este mundo ahoguen la Palabra de Dios en sus corazones (Lc. 8:14). Algunos tropiezan por conflictos personales, otros por desánimo, persecución o falta de crecimiento espiritual. Sin embargo, desde un punto de vista Bíblico, ninguna de estas razones justifica abandonar al Señor. La causa de Cristo es infinitamente más importante que cualquier dificultad temporal que podamos enfrentar. Jesús mismo preguntó: «¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?» (Mr. 8:36).

La iglesia del primer siglo experimentó innumerables adversidades. Muchos cristianos fueron perseguidos, encarcelados, despojados de sus bienes y, en algunos casos, entregaron su propia vida por causa del evangelio (Heb. 10:32-34; 11:35-38). Sin embargo, gran parte de ellos perseveró fielmente en el camino del Señor. Su amor por Dios fue tan profundo que estuvieron dispuestos a sufrir por Cristo. Reconocieron que era un privilegio padecer por Su nombre (Hch. 5:41-42; Fil. 1:29). El apóstol Pablo y Silas, aun estando encarcelados injustamente, oraban y cantaban himnos a Dios (Hch. 16:25). Pablo incluso expresó que se gozaba en sus padecimientos por Cristo (Col. 1:24) y declaró con plena convicción: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Tim. 4:7-8).

Cuando se comparan los sufrimientos de la iglesia del primer siglo con las pruebas que enfrentan muchos cristianos en la actualidad, resulta evidente que aquellos hermanos soportaron dificultades mucho mayores. Sin embargo, hoy algunos abandonan la causa de Cristo por asuntos relativamente pequeños: diferencias personales, críticas, falta de reconocimiento, problemas económicos o simples distracciones del mundo. Tales razones nunca deberían ser suficientes para renunciar a la esperanza de la vida eterna.

Es imperativo que cada cristiano cultive una fidelidad inquebrantable a Dios, de tal manera que nada en este mundo lo aparte del camino del Señor. Nuestro Padre celestial merece toda nuestra fidelidad y compromiso (Ap. 2:10). Nuestro amor por Él debe impulsarnos a permanecer firmes aun en medio de las pruebas. El escritor a los Hebreos exhortó: «No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia» (Heb. 10:35-36). Asimismo, Pablo escribió: «Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre» (1 Cor. 15:58).

La obra del Señor resulta gravemente afectada cuando los cristianos se dan por vencidos rápidamente. Las consecuencias son numerosas y de gran impacto para la congregación local. Entre ellas podemos mencionar las siguientes:

  1. La membresía de la congregación disminuye.
  2. Hay menos obreros para desempeñar los privilegios de la adoración y del servicio.
  3. Se pierde el ejemplo de fidelidad que otros miembros necesitan observar (1 Tim. 4:12).
  4. Disminuye el número de hermanos que pueden estimular a otros al amor y a las buenas obras (Heb. 10:24).
  5. Se reduce la fuerza evangelística de la congregación (Mt. 28:19-20).
  6. Algunos miembros pueden desanimarse al observar que otros abandonan la fe.
  7. Las familias sufren profundamente cuando un padre o una madre deja de ser un ejemplo espiritual para su hogar (Ef. 6:4; Dt. 6:6-9).
  8. El nombre de Dios es deshonrado delante de los incrédulos (Ro. 2:24).
  9. La iglesia pierde influencia espiritual en la comunidad.
  10. El cristiano que se aparta pone en peligro la salvación de su alma (Heb. 3:12-14; Ap. 3:11).

Estas son solamente algunas de las terribles consecuencias de apartarse del camino del Señor. Especialmente lamentable es cuando quienes se alejan son padres de familia, pues dejan de ser modelos de fidelidad y perseverancia para sus hijos y su cónyuge. Las futuras generaciones suelen ser profundamente afectadas por la falta de compromiso espiritual de quienes debieron guiarlas en el camino del Señor.

No debemos olvidar que el Nuevo Testamento está lleno de exhortaciones a perseverar. Jesús dijo: «Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo» (Mt. 24:13). También afirmó: «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida» (Ap. 2:10). El autor de Hebreos nos anima a correr con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe (Heb. 12:1-3). Nuestra fortaleza no proviene de nosotros mismos, sino del Señor, quien promete ayudar a los que permanecen cerca de Él (Fil. 4:13; Is. 41:10).

Lo peor que un cristiano desanimado puede hacer es alejarse precisamente de la fuente de ánimo, fortaleza y esperanza. Cuando más necesitamos ayuda es cuando más debemos acercarnos a Dios, a Su Palabra y a la comunión con los santos. El Señor nunca abandona a quienes permanecen fieles (Heb. 13:5-6).

Por ello, animamos a todos los hermanos y hermanas que, por alguna razón, se han apartado del camino del Señor, a regresar al rebaño de Cristo. El Buen Pastor continúa llamando a Sus ovejas (Jn. 10:11-16), y el Padre celestial sigue esperando con misericordia al hijo que decide volver (Lc. 15:11-24). Todavía hay tiempo para arrepentirse y restaurar la comunión con Dios (Hch. 8:22; 1 Jn. 1:9).

Nunca olvidemos que la recompensa eterna será únicamente para aquellos que permanezcan fieles hasta el fin. Que cada uno de nosotros tome la firme determinación de jamás darse por vencido, recordando siempre las palabras del apóstol Pablo: «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos» (Gál. 6:9).

RETOS QUE ENFRENTAN LOS JÓVENES: Desarrollar el hábito de leer la Biblia con regularidad por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que enfrentan los jóvenes cristianos hoy es desarrollar el hábito de leer la Biblia con regularidad. Este desafío es significativo, ya que muchos prefieren dedicar su tiempo a libros de ficción, las redes sociales, los videojuegos o diversas formas de entretenimiento, en lugar de leer la Palabra de Dios, la cual tiene el poder de transformar sus vidas, fortalecer su fe y guiarlos por el camino de la salvación (Ro. 1:16; Sal. 19:7-11). En una sociedad saturada de información, el joven cristiano necesita escuchar diariamente la voz de Dios por medio de las Sagradas Escrituras.

Los autores inspirados exhortaron constantemente al pueblo de Dios a ser lectores diligentes de la Palabra. El apóstol Pablo animó al evangelista Timoteo diciendo: “Ocúpate en la lectura” (1 Tim. 4:13). También le recordó que desde su niñez conocía “las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Tim. 3:15). Jesús mismo acostumbraba leer las Escrituras en la sinagoga (Lc. 4:16), dejándonos un ejemplo digno de imitar. En repetidas ocasiones preguntó a sus oyentes: “¿No habéis leído?” (Mt. 12:3, 5; 19:4; 21:42), enfatizando la importancia de conocer la Palabra de Dios. Asimismo, exhortó a los judíos: “Escudriñad las Escrituras” (Jn. 5:39), pues ellas dan testimonio de Él.

Desde el Antiguo Testamento, Dios enfatizó la importancia de una lectura constante de Su Palabra. Ordenó a Josué meditar en el libro de la ley “de día y de noche” para prosperar espiritualmente y actuar con sabiduría (Jos. 1:8). Los reyes de Israel debían escribir una copia de la ley y leerla todos los días de su vida para aprender a temer a Dios y obedecer Sus mandamientos (Deut. 17:18-20). El salmista declaró bienaventurado al hombre que se deleita en la ley de Jehová y medita en ella de día y de noche (Sal. 1:1-3). De igual manera expresó: “¡Cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Sal. 119:97).

Todos estos pasajes animan al joven cristiano a dedicar tiempo cada día a la lectura de la Biblia. La Palabra de Dios le ayudará a mantenerse limpio delante del Señor (Sal. 119:9, 11), a fortalecer su fe (Ro. 10:17), a vencer las tentaciones siguiendo el ejemplo de Jesús (Mt. 4:1-11), a discernir entre el bien y el mal (Heb. 5:14), a crecer en la gracia y el conocimiento de Cristo (2 P. 3:18), a renovar su mente (Ro. 12:2), a ser sabio para la salvación (2 Tim. 3:15) y a estar enteramente preparado para toda buena obra (2 Tim. 3:16-17). Además, la Palabra de Dios es “viva y eficaz” (Heb. 4:12), ilumina el camino (Sal. 119:105), produce gozo en el corazón (Jer. 15:16) y tiene poder para salvar el alma (Stg. 1:21).

Mientras más tiempo dediques a la lectura de la Biblia, mayor será tu amor por ella y más profundo será tu deseo de obedecer a Dios. Sin embargo, no basta con leerla; también es indispensable meditar en ella, creerla y ponerla en práctica cada día (Stg. 1:22-25). Jesús declaró: “Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Lc. 11:28). De igual manera, el salmista afirmó que son bienaventurados los que guardan los testimonios del Señor y le buscan de todo corazón (Sal. 119:2). Que el Señor fortalezca siempre en ti un profundo amor, respeto y reverencia por las Sagradas Escrituras, para que ellas sean la guía de tu vida y te conduzcan fielmente hasta la vida eterna (Jn. 17:17; 1 Tim. 4:16).

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no viven lo que predican por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no practican lo que predican. A través de los siglos, esta inconsistencia entre la enseñanza y la conducta ha causado tropiezos, desánimo y una pérdida de credibilidad tanto dentro como fuera de la iglesia. Dios siempre ha esperado que quienes proclaman Su Palabra sean también ejemplos dignos de imitar.

La Biblia exhorta claramente a los predicadores y maestros a vivir de acuerdo con el mensaje que proclaman. El apóstol Pablo exhortó a Timoteo a ser “ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Tim. 4:12). Más adelante añadió: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Tim. 4:16). Observe que Pablo menciona primero la vida del predicador (“ten cuidado de ti mismo”) y después su enseñanza (“y de la doctrina”), indicando que ambas son inseparables.

De igual manera, Tito recibió la exhortación de presentarse “en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable” (Tit. 2:6-8). El predicador no solamente debe comunicar correctamente la sana doctrina, sino también adornarla con una vida santa (Tit. 2:10). Sus acciones deben confirmar la veracidad del mensaje que anuncia.

En cierta ocasión alguien expresó: “Prefiero ver un sermón que escuchar uno”. Aunque esta frase no es inspirada, comunica una gran verdad: las personas observan cuidadosamente la vida del predicador antes de aceptar su mensaje. El ejemplo personal constituye uno de los sermones más poderosos que un siervo de Dios puede predicar.

Nuestro supremo ejemplo es Jesucristo. Lucas escribió acerca de “todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar” (Hch. 1:1). El orden de las palabras no es accidental. Jesús primero hacía y luego enseñaba. Nunca existió contradicción entre Sus palabras y Su conducta. Él pudo desafiar a Sus adversarios preguntando: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Jn. 8:46). Su vida respaldó perfectamente Su enseñanza.

En el Antiguo Testamento encontramos otro excelente ejemplo en Esdras. La Escritura declara que “Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esd. 7:10). El orden también es significativo: primero estudió la Palabra, luego la puso en práctica y finalmente la enseñó al pueblo. Este continúa siendo el modelo divino para todo predicador del evangelio.

Lamentablemente, algunos predicadores se concentran en exhortar a los demás, pero ellos mismos no ponen en práctica lo que predican. Esta actitud jamás debería caracterizar a un siervo de Dios. Jesús condenó severamente a los escribas y fariseos porque “dicen, y no hacen” (Mt. 23:3). La hipocresía religiosa siempre ha sido una afrenta para Dios, porque desacredita la verdad y aleja a las personas del evangelio.

La iglesia puede percibir con claridad cuando un predicador se contradice por no vivir conforme a la voluntad de Dios. Aunque la verdad permanece siendo verdad independientemente del carácter del mensajero, la falta de integridad del predicador produce consecuencias lamentables para la obra del Señor. ¿De qué manera puede verse afectada la iglesia?

(1) La iglesia puede desanimarse. Aunque los cristianos debemos poner nuestra mirada en Cristo (Heb. 12:1-2), el mal ejemplo de un predicador puede desalentar especialmente a los creyentes más débiles en la fe. En lugar de fortalecer a los miembros, puede convertirse en una piedra de tropiezo (Ro. 14:13).

(2) Los no cristianos pueden rechazar el evangelio. Muchas personas evalúan el cristianismo observando la conducta de quienes lo predican. Cuando encuentran hipocresía, concluyen equivocadamente que el evangelio carece de poder transformador. Así, el nombre de Dios es blasfemado entre los incrédulos (Ro. 2:21-24).

(3) La credibilidad del predicador queda seriamente cuestionada. Cuando existe una contradicción evidente entre el mensaje y la vida del predicador, sus exhortaciones pierden autoridad moral. La confianza de la congregación disminuye y su influencia espiritual se debilita (Tit. 2:7-8).

(4) Se corre el riesgo de generalizar injustamente. Algunas personas llegan a pensar que todos los predicadores son iguales, desacreditando también a hombres fieles que sirven al Señor con sinceridad e integridad.

(5) El mal ejemplo puede convertirse en una excusa para pecar. Algunos justifican su propia desobediencia diciendo: “Si el predicador lo hace, ¿por qué yo no?” Aunque cada persona dará cuenta de sí misma delante de Dios (Ro. 14:12), los malos ejemplos pueden influir negativamente sobre otros (Mt. 18:6-7).

(6) Se perjudica la reputación de la iglesia. La conducta de un predicador suele asociarse con toda la congregación. Por ello, una vida inconsistente puede afectar el buen nombre de la iglesia delante de la comunidad y disminuir su influencia para el bien (2 Co. 6:3).

(7) Se debilitan los esfuerzos evangelísticos. Es mucho más difícil convencer a otros de la verdad cuando quien la proclama no vive conforme a ella. El evangelismo requiere tanto una proclamación fiel como un testimonio íntegro (Mt. 5:16; Fil. 2:15).

(8) Los cristianos más débiles pueden apartarse del Señor. Algunos creyentes inmaduros depositan demasiada confianza en los hombres. Cuando un predicador fracasa moralmente, su fe puede tambalearse y, en algunos casos, abandonar la congregación. Esto resalta la enorme responsabilidad que tienen quienes enseñan la Palabra (Stg. 3:1).

(9) El nombre de Cristo es deshonrado. El predicador representa públicamente la causa de Cristo. Cuando vive en contradicción con el evangelio, el nombre del Señor es desacreditado y la gloria que debía rendirse a Dios se ve empañada (Col. 3:17; Tit. 2:10).

Todo predicador debe esforzarse por ser un ejemplo de integridad, fidelidad, humildad, pureza, constancia y perseverancia delante de todos los que observan su vida. Debe poder decir, como el apóstol Pablo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1). El propósito nunca será alcanzar una perfección absoluta, sino vivir una vida caracterizada por el arrepentimiento, la obediencia y una sincera determinación de agradar a Dios en todas las cosas.

La luz del predicador debe brillar delante de los hombres para que, al ver sus buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos (Mt. 5:16). La iglesia necesita hombres que no solamente sepan predicar sermones, sino que también los vivan cada día. Cuando el mensaje proclamado y la vida del predicador marchan en perfecta armonía, la iglesia es fortalecida, los creyentes son edificados, los inconversos son impactados y Dios recibe toda la gloria.