PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: La predicación de la falsa doctrina por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado gravemente a la iglesia del Señor a través de los siglos, es la predicación de la falsa doctrina. Desde los días del Nuevo Testamento, las congregaciones han sufrido grandes consecuencias debido a hombres que no han mostrado respeto por la sana enseñanza revelada por Dios. El apóstol Pablo advirtió repetidamente acerca del peligro de aquellos que introducirían doctrinas extrañas y apartarían a los discípulos de la verdad (Hechos 20:28-30).

Cuando hablamos de la falsa doctrina, nos referimos a cualquier enseñanza que se encuentre en conflicto con la voluntad de Dios revelada en las Escrituras. Toda doctrina que contradiga el mensaje divino, altere el plan de salvación o menosprecie la autoridad de la Palabra de Dios debe ser considerada falsa doctrina (Gálatas 1:6-9).

La falsa doctrina siempre lastimará a la iglesia porque impide que los creyentes sean alimentados con el mensaje puro del evangelio. En lugar de edificar el alma y fortalecer la fe, produce confusión, división y alejamiento de Dios. Pablo enseñó que “toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir y para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16-17). Cuando el hombre sustituye la verdad divina por opiniones humanas, la iglesia sufre graves consecuencias espirituales.

Existen personas que enseñan error porque no han estudiado correctamente las Escrituras. No han aprendido los principios fundamentales de la interpretación Bíblica y, por consiguiente, transmiten aquello que desconocen. Pablo exhortó a Timoteo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15).

Lamentablemente, también existen quienes enseñan falsa doctrina aun sabiendo que contradice la Palabra de Dios. Algunos simplemente repiten las enseñanzas de predicadores favoritos, familiares o amigos, colocando la lealtad humana por encima de la autoridad divina. Jesús condenó esta actitud cuando dijo: “En vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” (Mateo 15:9).

Por lo tanto, surge una pregunta importante: ¿De qué manera lastima la falsa doctrina a la iglesia del Señor? Consideremos algunas respuestas.

1. La falsa doctrina contradice el mandamiento de enseñar únicamente la sana doctrina

Pablo ordenó: “Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina” (Tito 2:1). También exhortó a Timoteo a retener “la forma de las sanas palabras” (2 Timoteo 1:13). Dios nunca autorizó la enseñanza del error.

2. La falsa doctrina desvía a las personas del camino correcto

Jesús declaró: “Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo” (Mateo 15:14). Los falsos maestros conducen a las almas lejos del camino de la salvación.

3. La falsa doctrina engaña a las personas sinceras e ingenuas

Romanos 16:17-18 enseña que los falsos maestros engañan “con suaves palabras y lisonjas”. Pedro también advirtió que muchos seguirían sus enseñanzas destructoras (2 Pedro 2:1-2).

4. La falsa doctrina reemplaza la predicación de la verdad

Pedro escribió: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 Pedro 4:11). Cuando el error ocupa el púlpito, la iglesia deja de escuchar el mensaje que salva.

5. La falsa doctrina aparta a los creyentes de la fidelidad a Dios

Pablo reprendió a los gálatas porque estaban abandonando el verdadero evangelio (Gálatas 1:6-9). Asimismo, Himeneo y Fileto trastornaron la fe de algunos con sus falsas enseñanzas (2 Timoteo 2:16-18).

6. La falsa doctrina impide el crecimiento espiritual

Dios estableció hermanos espirituales para perfeccionar a los santos y llevarlos a la madurez (Efesios 4:11-16). La falsa doctrina produce inmadurez y hace que los cristianos sean “llevados por doquiera de todo viento de doctrina”.

7. La falsa doctrina produce confusión y división

“Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (1 Corintios 14:33). Las enseñanzas equivocadas generan disputas, divisiones y conflictos dentro de la congregación (Romanos 16:17).

8. La falsa doctrina separa al hombre de Dios

Juan escribió: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios” (2 Juan 9). El error doctrinal rompe la comunión con el Padre y con el Hijo.

9. La falsa doctrina trae condenación sobre quienes la enseñan

Pedro afirmó que los falsos maestros introducirán herejías destructoras y atraerán sobre sí mismos perdición (2 Pedro 2:1-3). Santiago también advirtió que los maestros recibirán una condenación/juicio más severa (Santiago 3:1).

10. La falsa doctrina contamina toda la congregación

Pablo declaró: “Un poco de levadura leuda toda la masa” (Gálatas 5:9). El error doctrinal rara vez permanece aislado; con el tiempo, afecta a toda la iglesia.

11. La falsa doctrina fomenta la apostasía

El Espíritu Santo anunció que “en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe” (1 Timoteo 4:1). La apostasía siempre comienza cuando las personas abandonan la verdad revelada.

12. La falsa doctrina endurece el corazón y produce resistencia a la verdad

Pablo habló de aquellos que “no sufrirán la sana doctrina” y preferirán maestros conforme a sus propios deseos (2 Timoteo 4:3-4). El error lleva al hombre a rechazar la voluntad de Dios.

13. La falsa doctrina destruye la unidad espiritual de la iglesia

Cristo oró para que sus discípulos fueran uno (Juan 17:20-21). La unidad verdadera solo puede existir cuando todos permanecen en la misma doctrina (Efesios 4:4-6).

14. La falsa doctrina deshonra el nombre de Cristo

Pedro enseñó que, por causa de los falsos maestros, “el camino de la verdad será blasfemado” (2 Pedro 2:2). El mundo observa las divisiones y los errores religiosos y llega a despreciar el evangelio.

Las iglesias que toleran la falsa doctrina se encuentran en un grave peligro espiritual. El crecimiento numérico, por sí solo, no constituye una evidencia de aprobación divina. Una congregación puede crecer en cantidad y, al mismo tiempo, alejarse de la verdad revelada. La fidelidad a Dios siempre debe tener prioridad sobre la popularidad y el éxito aparente.

La única manera de mantener una iglesia pura y obediente es mediante la exposición fiel y constante de la Palabra de Dios. Los cristianos deben desarrollar un profundo respeto por la autoridad de las Escrituras y examinar cuidadosamente toda enseñanza a la luz de la Biblia (Hechos 17:11).

Los ancianos tienen la responsabilidad de velar por el bienestar espiritual del rebaño y de protegerlo de los falsos maestros (Hechos 20:28-31; Tito 1:9). Asimismo, la congregación debe exigir que desde el púlpito se predique únicamente el consejo de Dios (Hch. 20:27).

Que cada uno de nosotros imite la actitud del salmista cuando declaró: “La suma de tu palabra es verdad” (Salmo 119:160). Que nuestro Padre celestial nos ayude a amar, respetar y defender siempre la sana doctrina revelada en Su santa Palabra.

RETOS QUE ENFRENTA EL JOVEN: Adorar a Dios conforme a Su voluntad por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que enfrentan los jóvenes cristianos hoy es no dejarse convencer de que a Dios se le puede adorar de cualquier manera. Este desafío es muy real porque vivimos en una época en la que muchas personas enseñan que lo único importante es tener buenas intenciones o ser sinceros en la adoración. Sin embargo, la sinceridad por sí sola no hace aceptable una adoración delante de Dios. La pregunta no es únicamente a quién adoramos, sino también cómo debemos adorarlo conforme a Su voluntad.

En cierta ocasión un ministro de jóvenes afirmó: “La pregunta no es cómo adorar sino a quién adorar”. Aunque esta declaración puede parecer razonable, se encuentra en conflicto con la enseñanza clara de las Escrituras. El joven cristiano debe desarrollar el hábito de evaluar toda enseñanza a la luz de la Palabra de Dios (Hch. 17:11; 1 Ts. 5:21; 1 Jn. 4:1).

La Biblia enseña claramente que Dios espera ser adorado conforme a Su voluntad y no según las preferencias del hombre. Jesús declaró:

“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24).

Esta declaración de Jesús elimina toda idea de que el hombre tiene libertad para establecer la forma de adorar a Dios. La palabra “necesario” indica una obligación divina, algo indispensable y no una sugerencia opcional. Además, la expresión “en verdad” señala que la adoración debe estar de acuerdo con la verdad revelada por Dios. Jesús enseñó que la Palabra de Dios es la verdad (Jn. 17:17). Por lo tanto, cualquier práctica religiosa que no tenga autorización en las Escrituras no puede considerarse una adoración aceptable.

La Biblia contiene numerosos ejemplos que muestran que Dios siempre ha esperado obediencia exacta en la adoración. Caín ofreció un sacrificio que Dios no aceptó (Gn. 4:3-7; Heb. 11:4). Nadab y Abiú ofrecieron fuego extraño que Jehová nunca les mandó, y fueron castigados por ello (Lv. 10:1-3). El rey Saúl perdió el favor de Dios porque pensó que podía modificar las instrucciones divinas (1 S. 15:22-23). Estos ejemplos nos recuerdan que Dios no acepta la adoración basada en los deseos humanos.

Asimismo, el apóstol Pablo advirtió contra una religión basada en mandamientos de hombres y en una aparente humildad que carece de autoridad divina (Col. 2:20-23). Jesús también reprendió a quienes enseñaban doctrinas y mandamientos de hombres, diciendo:

“Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mt. 15:7-9).

La iglesia del Nuevo Testamento practicó una adoración sencilla, espiritual y autorizada por Dios. En las Escrituras encontramos cinco actos de adoración realizados por la iglesia reunida:

  1. El canto (Ef. 5:19; Col. 3:16).
  2. La oración (Hch. 2:42; 1 Ts. 5:17).
  3. La predicación y enseñanza de la Palabra (Hch. 20:7; 2 Tim. 4:2).
  4. La participación de la Cena del Señor (Hch. 20:7; 1 Cor. 11:23-26).
  5. La ofrenda voluntaria (1 Cor. 16:1-2; 2 Cor. 9:6-7).

Fuera de estos actos autorizados, el Nuevo Testamento no presenta otras prácticas realizadas por la iglesia como parte de su adoración colectiva. Por esta razón, el cristiano fiel no tiene autoridad para añadir, quitar o modificar lo que Dios ha revelado (Dt. 4:2; Pr. 30:5-6; Gá. 1:6-9; Ap. 22:18-19).

Lamentablemente, muchos consideran que la adoración Bíblica es demasiado sencilla o poco atractiva. Como consecuencia, introducen innovaciones para hacerla más entretenida o emocional. Sin embargo, el propósito de la adoración nunca ha sido satisfacer los gustos del hombre, sino agradar a Dios. Él sigue buscando adoradores que le adoren en espíritu y en verdad (Jn. 4:23-24).

El joven cristiano debe permanecer firme en la doctrina de Cristo (2 Jn. 9), contendiendo ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Jud. 3). Debe rechazar toda enseñanza que contradiga la autoridad de las Escrituras y recordar siempre que todo cuanto hagamos, ya sea en palabra o en obra, debe hacerse en el nombre del Señor Jesús, es decir, por Su autoridad (Col. 3:17).

Cuando el joven aprende desde temprano a respetar la autoridad de la Palabra de Dios en la adoración, desarrollará una fe sólida que lo protegerá del error y le permitirá glorificar a Dios de la manera que Él ha establecido.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no viven lo que predican por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no practican lo que predican. A través de los siglos, esta inconsistencia entre la enseñanza y la conducta ha causado tropiezos, desánimo y una pérdida de credibilidad tanto dentro como fuera de la iglesia. Dios siempre ha esperado que quienes proclaman Su Palabra sean también ejemplos dignos de imitar.

La Biblia exhorta claramente a los predicadores y maestros a vivir de acuerdo con el mensaje que proclaman. El apóstol Pablo exhortó a Timoteo a ser “ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Tim. 4:12). Más adelante añadió: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Tim. 4:16). Observe que Pablo menciona primero la vida del predicador (“ten cuidado de ti mismo”) y después su enseñanza (“y de la doctrina”), indicando que ambas son inseparables.

De igual manera, Tito recibió la exhortación de presentarse “en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable” (Tit. 2:6-8). El predicador no solamente debe comunicar correctamente la sana doctrina, sino también adornarla con una vida santa (Tit. 2:10). Sus acciones deben confirmar la veracidad del mensaje que anuncia.

En cierta ocasión alguien expresó: “Prefiero ver un sermón que escuchar uno”. Aunque esta frase no es inspirada, comunica una gran verdad: las personas observan cuidadosamente la vida del predicador antes de aceptar su mensaje. El ejemplo personal constituye uno de los sermones más poderosos que un siervo de Dios puede predicar.

Nuestro supremo ejemplo es Jesucristo. Lucas escribió acerca de “todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar” (Hch. 1:1). El orden de las palabras no es accidental. Jesús primero hacía y luego enseñaba. Nunca existió contradicción entre Sus palabras y Su conducta. Él pudo desafiar a Sus adversarios preguntando: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Jn. 8:46). Su vida respaldó perfectamente Su enseñanza.

En el Antiguo Testamento encontramos otro excelente ejemplo en Esdras. La Escritura declara que “Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esd. 7:10). El orden también es significativo: primero estudió la Palabra, luego la puso en práctica y finalmente la enseñó al pueblo. Este continúa siendo el modelo divino para todo predicador del evangelio.

Lamentablemente, algunos predicadores se concentran en exhortar a los demás, pero ellos mismos no ponen en práctica lo que predican. Esta actitud jamás debería caracterizar a un siervo de Dios. Jesús condenó severamente a los escribas y fariseos porque “dicen, y no hacen” (Mt. 23:3). La hipocresía religiosa siempre ha sido una afrenta para Dios, porque desacredita la verdad y aleja a las personas del evangelio.

La iglesia puede percibir con claridad cuando un predicador se contradice por no vivir conforme a la voluntad de Dios. Aunque la verdad permanece siendo verdad independientemente del carácter del mensajero, la falta de integridad del predicador produce consecuencias lamentables para la obra del Señor. ¿De qué manera puede verse afectada la iglesia?

(1) La iglesia puede desanimarse. Aunque los cristianos debemos poner nuestra mirada en Cristo (Heb. 12:1-2), el mal ejemplo de un predicador puede desalentar especialmente a los creyentes más débiles en la fe. En lugar de fortalecer a los miembros, puede convertirse en una piedra de tropiezo (Ro. 14:13).

(2) Los no cristianos pueden rechazar el evangelio. Muchas personas evalúan el cristianismo observando la conducta de quienes lo predican. Cuando encuentran hipocresía, concluyen equivocadamente que el evangelio carece de poder transformador. Así, el nombre de Dios es blasfemado entre los incrédulos (Ro. 2:21-24).

(3) La credibilidad del predicador queda seriamente cuestionada. Cuando existe una contradicción evidente entre el mensaje y la vida del predicador, sus exhortaciones pierden autoridad moral. La confianza de la congregación disminuye y su influencia espiritual se debilita (Tit. 2:7-8).

(4) Se corre el riesgo de generalizar injustamente. Algunas personas llegan a pensar que todos los predicadores son iguales, desacreditando también a hombres fieles que sirven al Señor con sinceridad e integridad.

(5) El mal ejemplo puede convertirse en una excusa para pecar. Algunos justifican su propia desobediencia diciendo: “Si el predicador lo hace, ¿por qué yo no?” Aunque cada persona dará cuenta de sí misma delante de Dios (Ro. 14:12), los malos ejemplos pueden influir negativamente sobre otros (Mt. 18:6-7).

(6) Se perjudica la reputación de la iglesia. La conducta de un predicador suele asociarse con toda la congregación. Por ello, una vida inconsistente puede afectar el buen nombre de la iglesia delante de la comunidad y disminuir su influencia para el bien (2 Co. 6:3).

(7) Se debilitan los esfuerzos evangelísticos. Es mucho más difícil convencer a otros de la verdad cuando quien la proclama no vive conforme a ella. El evangelismo requiere tanto una proclamación fiel como un testimonio íntegro (Mt. 5:16; Fil. 2:15).

(8) Los cristianos más débiles pueden apartarse del Señor. Algunos creyentes inmaduros depositan demasiada confianza en los hombres. Cuando un predicador fracasa moralmente, su fe puede tambalearse y, en algunos casos, abandonar la congregación. Esto resalta la enorme responsabilidad que tienen quienes enseñan la Palabra (Stg. 3:1).

(9) El nombre de Cristo es deshonrado. El predicador representa públicamente la causa de Cristo. Cuando vive en contradicción con el evangelio, el nombre del Señor es desacreditado y la gloria que debía rendirse a Dios se ve empañada (Col. 3:17; Tit. 2:10).

Todo predicador debe esforzarse por ser un ejemplo de integridad, fidelidad, humildad, pureza, constancia y perseverancia delante de todos los que observan su vida. Debe poder decir, como el apóstol Pablo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1). El propósito nunca será alcanzar una perfección absoluta, sino vivir una vida caracterizada por el arrepentimiento, la obediencia y una sincera determinación de agradar a Dios en todas las cosas.

La luz del predicador debe brillar delante de los hombres para que, al ver sus buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos (Mt. 5:16). La iglesia necesita hombres que no solamente sepan predicar sermones, sino que también los vivan cada día. Cuando el mensaje proclamado y la vida del predicador marchan en perfecta armonía, la iglesia es fortalecida, los creyentes son edificados, los inconversos son impactados y Dios recibe toda la gloria.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no se preparan adecuadamente para la predicación de la Palabra De Dios por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no se preparan adecuadamente para la predicación de la Palabra de Dios. Esta deficiencia no es un problema reciente, sino una realidad que ha perjudicado la obra del Señor a través de los tiempos. Cuando el predicador descuida su preparación espiritual y Bíblica, la iglesia deja de recibir el alimento espiritual que Dios desea comunicar por medio de Su Palabra.

La Biblia presenta un estándar elevado para quienes tienen la responsabilidad de enseñar. Pablo exhortó a Timoteo diciendo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la Palabra de verdad” (2 Tim. 2:15). El predicador debe estudiar diligentemente para interpretar correctamente las Escrituras y comunicar fielmente el mensaje inspirado por Dios. No basta con hablar acerca de la Biblia; es indispensable predicar la Biblia.

Además, el evangelista debe prestar cuidadosa atención tanto a su vida como a la doctrina que enseña. Pablo escribió: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Tim. 4:16). La vida del predicador y la pureza de su enseñanza ejercen una influencia directa sobre la iglesia. Un mensaje correcto respaldado por una vida piadosa fortalece a la congregación; una enseñanza descuidada o una vida inconsistente producen confusión y desaliento.

El apóstol Pablo también recordó a Timoteo que la predicación es una responsabilidad que se ejerce delante de Dios y de Cristo Jesús, quien juzgará a vivos y muertos (2 Tim. 4:1-5). Esta solemne exhortación nos recuerda que el púlpito no es un lugar para expresar opiniones personales, entretener al auditorio o compartir ideas humanas, sino para proclamar con fidelidad la voluntad de Dios. El mandato es claro: “Predica la Palabra”.

Predicar la Palabra de Dios requiere mucha diligencia, preparación y cuidado, pues estamos tratando con las almas de las personas. El propósito del ministerio de la predicación es presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre (Col. 1:28). Por consiguiente, el predicador que expone continuamente la Palabra de Dios debe dedicar tiempo suficiente al estudio, la oración y la meditación. Esdras constituye un excelente ejemplo, pues “había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar” (Esd. 7:10). El orden es significativo: primero estudió, luego obedeció y finalmente enseñó.

Esta preparación diligente requiere que el predicador haga, entre otras cosas, lo siguiente:

  1. Debe orar continuamente por sabiduría y dirección antes de preparar y presentar el mensaje (Stg. 1:5; Col. 4:2-4).
  2. Debe esforzarse por predicar solamente la Palabra de Dios y no sus opiniones personales (1 P. 4:11).
  3. Debe procurar que cada sermón esté en completa armonía con la sana doctrina (2 Tim. 1:13; Tito 2:1).
  4. Debe examinar cuidadosamente el texto Bíblico, meditando en él día y noche (Sal. 1:2; Jos. 1:8).
  5. Debe procurar una exégesis correcta, explicando el verdadero significado del texto conforme a su contexto histórico, gramatical y literario (Neh. 8:8; 2 Tim. 2:15).
  6. Debe evitar imponer al texto sus ideas preconcebidas o preferencias personales, permitiendo que sea la Palabra de Dios la que hable (2 P. 1:20-21).
  7. Debe declarar todo el consejo de Dios y no solamente aquellos temas que le resulten cómodos o populares (Hch. 20:27).
  8. Debe preparar mensajes relevantes que edifiquen, exhorten, consuelen y fortalezcan espiritualmente a la iglesia (Rom. 15:4; 2 Tim. 3:16-17).
  9. Debe predicar con convicción, amor, humildad y profundo respeto por la autoridad de las Escrituras (1 Tes. 2:13).
  10. Debe tener un profundo amor por la Palabra de Dios (Sal. 119:97)..

¿De qué manera es lastimada la iglesia del Señor cuando el predicador no se prepara adecuadamente para predicar? Considere algunas de las consecuencias:

  1. La iglesia puede dejar de recibir el mensaje que Dios desea comunicar porque el texto Bíblico no fue estudiado correctamente.
  2. Una preparación deficiente puede conducir a interpretaciones equivocadas y, por consiguiente, a la propagación del error doctrinal (2 Ped. 3:15-16).
  3. La congregación puede permanecer espiritualmente inmadura por falta del alimento sólido de la Palabra (Heb. 5:12-14).
  4. El predicador puede dejar de anunciar todo el consejo de Dios, privando a la iglesia de enseñanzas esenciales (Hch. 20:27).
  5. Los hermanos estarán menos preparados para identificar y refutar la falsa doctrina (Ef. 4:11-14; Tito 1:9).
  6. La fe de algunos puede debilitarse al escuchar sermones superficiales, desorganizados o carentes de fundamento Bíblico (Rom. 10:17).
  7. El predicador desperdicia oportunidades para exhortar, convencer y restaurar a quienes necesitan corrección espiritual (2 Tim. 4:2).
  8. La iglesia puede perder el entusiasmo por el estudio serio de las Escrituras cuando observa falta de diligencia desde el púlpito.
  9. La obra evangelística y el crecimiento espiritual de la congregación pueden verse seriamente afectados, ya que una iglesia bien instruida es una iglesia más fuerte y preparada para servir al Señor.

El predicador, al igual que los ancianos, tiene la responsabilidad de velar por el bienestar espiritual de la iglesia del Señor. Aunque los ancianos son los pastores del rebaño (Hch. 20:28; 1 Ped. 5:1-4), el evangelista desempeña una función indispensable al alimentar al pueblo mediante la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios. Por ello, jamás debe tomar a la ligera la preparación de sus lecciones.

Que cada predicador recuerde siempre que el púlpito exige reverencia, diligencia y fidelidad. El tiempo invertido en la oración, el estudio y la preparación jamás será tiempo perdido. Por el contrario, será una inversión eterna en la edificación de la iglesia, la salvación de las almas y la gloria de Dios. Como escribió Pablo: “Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos” (1 Tim. 4:15). Que Dios nos conceda predicadores diligentes, profundamente comprometidos con la verdad y decididos a proclamar fielmente “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27).