PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Miembros que presentan un mal ejemplo al llegar tarde a los servicios de la Iglesia por Willie A. Alvarenga

Una de las prácticas que debemos considerar dentro de aquellas cosas que pueden lastimar a la iglesia del Señor es la de miembros que constantemente llegan tarde a los servicios y actividades de la iglesia, presentando así un mal ejemplo delante de los demás.

Este problema puede parecer pequeño para algunos, pero cuando se convierte en una práctica habitual, revela algo que puede ser mucho más profundo: una actitud incorrecta hacia Dios, Su iglesia, Su Palabra y las cosas espirituales. No estamos hablando simplemente de llegar cinco o diez minutos tarde en una ocasión excepcional debido a una emergencia o circunstancia que estaba fuera de nuestro control. Estamos hablando de aquellos que constantemente llegan tarde, aun cuando tienen la capacidad y los medios para llegar a tiempo.

La puntualidad, por sí sola, no es el centro de nuestra relación con Dios. Sin embargo, nuestra manera de administrar el tiempo y nuestra disposición para estar presentes cuando la iglesia se reúne pueden revelar mucho acerca de nuestras prioridades espirituales.

DIOS MERECE LO MEJOR DE NOSOTROS

La Biblia enseña claramente que Dios merece lo mejor de cada uno de nosotros. El Señor Jesús dijo:

“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mr. 12:30).

Observe las palabras “todo” y “todas”. Dios no desea solamente una parte de nuestro corazón, de nuestro tiempo, de nuestras fuerzas o de nuestra atención. Él merece nuestra completa devoción.

Pablo también escribió:

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31).

Si todo lo que hacemos debe hacerse para la gloria de Dios, entonces debemos preguntarnos: ¿Estoy dando a Dios lo mejor de mi tiempo, de mi energía y de mi disposición?

Es interesante observar que muchas personas pueden ser extremadamente puntuales para aquellas cosas que consideran importantes. Llegan temprano a su trabajo, a una cita médica, a un viaje, a un evento deportivo o a cualquier actividad que consideran prioritaria. Sin embargo, cuando llega el momento de reunirse con la iglesia para adorar a Dios, algunos llegan constantemente tarde.

Esto debería hacernos reflexionar seriamente.

Si puedo llegar a tiempo al trabajo porque considero importante mi trabajo, ¿por qué no puedo hacer el mismo esfuerzo para llegar a tiempo a la adoración de mi Dios?

No debemos olvidar que nuestro trabajo secular es temporal, pero nuestro servicio a Dios tiene consecuencias eternas.

Jesús dijo:

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mt. 6:33).

El reino debe ocupar el primer lugar.

NO DEBEMOS DARLE A DIOS LAS SOBRAS

En el Antiguo Testamento encontramos un principio que nos ayuda a entender la importancia de ofrecer a Dios lo mejor. Dios reprendió a Su pueblo porque le estaban ofreciendo animales defectuosos y de menor calidad.

Malaquías 1:6-8 muestra claramente la actitud incorrecta del pueblo. Ellos ofrecían a Dios animales enfermos, cojos y defectuosos.

El principio es muy importante: Dios no merece nuestras sobras; Dios merece lo mejor.

Aunque nosotros no ofrecemos sacrificios de animales como los israelitas bajo la antigua ley, sí ofrecemos a Dios nuestra vida, nuestro tiempo, nuestras fuerzas y nuestro servicio.

Pablo exhortó:

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Ro. 12:1).

Nuestra vida entera debe ser presentada como un sacrificio a Dios.

Por lo tanto, debemos preguntarnos:

¿Estoy ofreciendo a Dios lo mejor de mi tiempo?

¿Estoy ofreciendo a Dios lo mejor de mis fuerzas?

¿Estoy ofreciendo a Dios lo mejor de mi disposición?

¿Estoy haciendo todo lo posible por estar presente y participar fielmente cuando la iglesia se reúne?

LLEGAR TARDE CONSTANTEMENTE PUEDE REVELAR UN PROBLEMA DE PRIORIDADES

Debemos tener mucho cuidado de no juzgar el corazón de una persona simplemente porque ocasionalmente llega tarde. Hay circunstancias legítimas que pueden impedir que alguien llegue a tiempo.

Una emergencia, un accidente, una situación familiar inesperada, un problema con el vehículo o alguna otra circunstancia fuera de nuestro control puede ocasionar que una persona llegue tarde. En tales casos, debemos mostrar comprensión.

El problema que estamos señalando aquí es la tardanza habitual y voluntaria, aquella que ocurre porque la persona no organiza adecuadamente su tiempo, no se prepara con anticipación o simplemente no considera importante llegar a tiempo.

Jesús enseñó:

“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6:21).

Nuestros hábitos frecuentemente revelan nuestras prioridades. Si constantemente encontramos tiempo para todo lo demás, pero nunca encontramos suficiente tiempo para las cosas de Dios, debemos examinarnos cuidadosamente.

Pablo escribió:

“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:15-16).

La palabra “diligencia” implica cuidado, atención y seriedad. El cristiano debe aprender a administrar sabiamente el tiempo que Dios le ha dado.

EL EJEMPLO HABLA MÁS FUERTE DE LO QUE PENSAMOS

Otro aspecto muy importante es el poder de nuestro ejemplo.

Jesús dijo:

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16).

Pablo le dijo a Timoteo:

“Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Ti. 4:12).

Nuestro ejemplo importa.

El miembro que constantemente llega tarde quizá piense:

“No estoy haciendo nada malo; simplemente llegué unos minutos tarde”.

Pero debemos considerar cómo su comportamiento puede afectar a los demás.

El nuevo convertido observa.

Los jóvenes observan.

Los niños observan.

Los visitantes observan.

Los miembros que están tratando de desarrollar buenos hábitos observan.

Y, aunque no queramos admitirlo, nuestro comportamiento puede enseñar a otros que llegar tarde a las cosas de Dios no es un asunto importante.

Esto es especialmente peligroso cuando los padres constantemente llegan tarde con sus hijos. Los hijos pueden aprender que la puntualidad es importante para la escuela y para el trabajo, pero no necesariamente para la iglesia.

¿Qué estamos enseñando con nuestro ejemplo?

EL MAL EJEMPLO PUEDE DESANIMAR A OTROS

Pablo dijo:

“Ninguno ponga tropiezo u ocasión de caer a su hermano” (Ro. 14:13).

También escribió:

“No seamos tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios” (1 Co. 10:32).

El cristiano debe pensar no solamente en sí mismo, sino también en cómo sus acciones afectan a los demás. Es posible que una persona llegue tarde y piense que su tardanza no afecta a nadie. Pero cuando esto sucede repetidamente, puede convertirse en una influencia negativa. Además, cuando una persona entra tarde durante la oración, la predicación, la Cena del Señor o algún otro acto de adoración, puede distraer innecesariamente a quienes ya están participando.

Esto no significa que la persona que llega tarde deba quedarse afuera o que no deba participar. Es mejor llegar tarde que no llegar. Pero precisamente por eso debemos hacer todo lo posible para evitar que la tardanza se convierta en una costumbre.

¿QUÉ ESTAMOS COMUNICANDO CON NUESTRA TARDANZA?

Debemos ser cuidadosos con nuestras acciones porque estas comunican mensajes, aun cuando no pronunciemos una sola palabra.

La tardanza constante puede comunicar:

  • “La iglesia no es una prioridad”
  • “No necesito prepararme con anticipación”
  • “Los demás pueden esperarme”
  • “No considero importante participar desde el principio”
  • “Puedo darle a Dios el tiempo que me sobre”

Tal vez esa no sea nuestra intención, pero nuestras acciones pueden transmitir ese mensaje. Santiago 2:18 nos recuerda que nuestra fe se demuestra por nuestras obras:

“Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras”.

Nuestra actitud hacia las reuniones de la iglesia también puede demostrar cuánto valoramos las cosas espirituales.

LA IGLESIA ES PRECIOSA PARA DIOS

Debemos recordar que la iglesia no es simplemente una organización humana a la cual asistimos cuando nos conviene.

Cristo murió por ella.

Pablo dijo:

“La cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28).

Pablo también enseñó:

“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5:25).

Si Cristo amó tanto a la iglesia que estuvo dispuesto a morir por ella, ¿no deberíamos nosotros mostrar un profundo amor y respeto por ella?

La iglesia es el cuerpo de Cristo (Ef. 1:22-23), y Cristo es su Salvador (Ef. 5:23).

Por esta razón, cuando la iglesia se reúne para adorar a Dios, debemos considerar ese momento como algo sumamente importante.

Hebreos 10:24-25 dice:

“Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos”.

La reunión de la iglesia no solamente tiene que ver con nuestra relación vertical con Dios; también tiene que ver con nuestra responsabilidad horizontal hacia nuestros hermanos.

Mi presencia puede animar a alguien. Mi ausencia puede desanimar a alguien. Mi puntualidad puede ser un buen ejemplo. Mi tardanza constante puede ser una mala influencia.

“PERO DIOS CONOCE MI CORAZÓN”

Alguien podría decir: “Dios conoce mi corazón; Él sabe que lo amo aunque llegue tarde”.

Es verdad que Dios conoce nuestro corazón.

1 Samuel 16:7 dice:

“Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.

Pero precisamente porque Dios conoce nuestro corazón, debemos preocuparnos por lo que nuestra conducta revela. No podemos utilizar el hecho de que Dios conoce nuestro corazón como una excusa para vivir descuidadamente.

Jesús dijo:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn. 14:15).

El verdadero amor hacia Dios se manifiesta en obediencia, sacrificio, diligencia y fidelidad.

¿CÓMO PODEMOS CORREGIR ESTE PROBLEMA?

Si reconocemos que constantemente estamos llegando tarde, ¿qué podemos hacer?

1. Examine sinceramente sus prioridades

Pregúntese:

¿Realmente estoy poniendo a Dios en primer lugar?

Mateo 6:33 nos recuerda:

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”.

No podemos corregir un problema que no estamos dispuestos a reconocer.

2. Cultive un amor más profundo por Dios

El amor verdadero produce sacrificio.

Marcos 12:30 nos manda amar a Dios con todo nuestro ser.

Cuando realmente amamos a Dios, no vemos la adoración como una carga, sino como un privilegio.

El salmista dijo:

“Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos” (Sal. 122:1).

¿Es esa nuestra actitud?

3. Planee con anticipación

La puntualidad no ocurre por accidente. Generalmente requiere preparación.

Prepare la ropa con anticipación.

Organice las cosas que necesitará.

Prepare a los niños con tiempo.

Considere el tráfico.

Salga de casa con suficiente margen.

No planee llegar exactamente a la hora de inicio. Procure llegar unos minutos antes.

Proverbios 21:5 dice:

“Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia; mas todo el que se apresura alocadamente, de cierto va a la pobreza”.

La diligencia incluye una buena planificación.

4. No permita que las actividades secundarias controlen su vida espiritual

Debemos aprender a decir “no” a algunas cosas.

No podemos hacer todo.

Si una actividad regularmente nos impide participar fielmente en la obra del Señor, debemos reconsiderar nuestras prioridades.

Colosenses 3:1-2 dice:

“Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”.

5. Recuerde que usted es un ejemplo

Especialmente los padres deben recordar esto. Sus hijos están aprendiendo de ellos constantemente. Si los padres llegan temprano, los hijos aprenden diligencia. Si los padres llegan constantemente tarde, los hijos pueden aprender que la iglesia y sus actividades no son una prioridad.

Pablo dijo:

“Sé ejemplo de los creyentes” (1 Ti. 4:12).

Pregúntese:

¿Qué clase de ejemplo estoy dejando para la próxima generación?

6. Considere a los demás

Filipenses 2:3-4 dice:

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”.

Llegar a tiempo también puede ser una manera de demostrar consideración por nuestros hermanos.

7. Recuerde el sacrificio de Cristo

Cuando consideramos lo que Cristo hizo por nosotros, nuestra actitud cambia.

Él dejó la gloria del cielo.

Tomó forma de siervo.

Vivió una vida perfecta.

Sufrió rechazo.

Fue azotado.

Fue crucificado.

Derramó Su sangre por nosotros.

Pablo dijo:

“Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co. 5:15).

Cristo lo dio todo por nosotros.

¿No deberíamos nosotros estar dispuestos a darle lo mejor de nuestro tiempo a Él?

UNA EXHORTACIÓN FINAL

Hermanos, no debemos permitir que una práctica aparentemente pequeña se convierta en un hábito que perjudique nuestra vida espiritual y nuestro ejemplo delante de otros.

No estoy diciendo que una persona que ocasionalmente llega tarde sea infiel. Tampoco estoy diciendo que la puntualidad sea el criterio por el cual Dios determina nuestra salvación. La salvación depende de nuestra obediencia fiel al evangelio de Cristo y de nuestra perseverancia en Él. Pero sí debemos reconocer que la negligencia constante, la falta de preparación y la indiferencia hacia las reuniones de la iglesia pueden revelar problemas espirituales que necesitamos corregir.

Pablo escribió:

“Por tanto, amados hermanos míos, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre” (1 Co. 15:58).

La palabra “siempre” nos recuerda la importancia de la constancia.

También escribió:

“En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Ro. 12:11).

La iglesia necesita miembros diligentes.

Necesita miembros responsables.

Necesita miembros que amen al Señor.

Necesita miembros que amen Su iglesia.

Necesita miembros que sean buenos ejemplos.

Necesita miembros en quienes se pueda confiar.

Y necesita miembros que comprendan que servir a Dios no es algo que hacemos cuando nos sobra tiempo; es una prioridad de nuestra vida.

Recordemos las palabras de Jesús:

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mt. 6:33).

Que Dios nos ayude a examinar nuestras prioridades, administrar sabiamente nuestro tiempo, amar profundamente Su iglesia y darle siempre lo mejor de nosotros.

No lleguemos tarde a las cosas de Dios porque Él nunca ha llegado tarde a nosotros.

Sus misericordias son nuevas cada mañana (Lm. 3:22-23).

Él ha sido fiel.

Él ha sido bueno.

Él nos ha dado lo mejor.

Ahora nosotros debemos preguntarnos: ¿Le estamos dando a Él lo mejor de nosotros?

Que nuestra respuesta, por medio de nuestra vida y nuestras acciones, siempre sea: “Sí, Señor”.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: El establecimiento de ancianos que no están calificados por Willie A. Alvarenga

Otra práctica sumamente dañina que debemos añadir a esta lista es el establecimiento de ancianos que no están calificados para desempeñar esta importante responsabilidad. Lamentablemente, este problema se ha presentado en varias congregaciones de la iglesia del Señor. En algunos casos, el deseo legítimo de contar con la organización Bíblica de la iglesia ha llevado a ciertos hermanos a establecer como ancianos a hombres que todavía no cumplen con los requisitos que Dios ha establecido en Su Palabra. Sin embargo, debemos recordar que el deseo de tener ancianos nunca debe estar por encima del deseo de hacer la voluntad de Dios.

La organización de la iglesia no es un asunto que podamos modificar según nuestras circunstancias, preferencias o necesidades. Cristo es la cabeza de la iglesia (Efesios 1:22-23; Colosenses 1:18), y Él tiene toda autoridad sobre ella (Mateo 28:18). Por lo tanto, la iglesia debe respetar cuidadosamente el patrón que Dios ha establecido en Su Palabra.

Los requisitos para los ancianos vienen de Dios

El Espíritu Santo, por medio de los escritores inspirados del Nuevo Testamento, dejó claramente establecidos los requisitos que debe cumplir un hombre que desea servir como anciano. Estos requisitos se encuentran principalmente en 1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-9; 1 Pedro 5:1-4 y Hebreos 13:7, 17.

Pablo escribió:

“Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea” (1 Timoteo 3:1).

Es importante notar que Pablo no solamente habla de la buena obra que desea realizar el hombre que aspira al obispado, sino que inmediatamente presenta una lista de cualidades que este hombre debe poseer. Entre ellas encontramos que debe ser irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, amable, apacible, no avaro, que gobierne bien su casa y que tenga buen testimonio de los de afuera (1 Timoteo 3:2-7).

De igual manera, Tito 1:6-9 presenta requisitos adicionales y paralelos: irreprensible, marido de una sola mujer, tener hijos creyentes, no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo y retenedor de la Palabra fiel.

Estos requisitos no son sugerencias. Son las cualidades que Dios ha establecido para aquellos que desean servir como obispos. Por lo tanto, ningún hombre, predicador, evangelista, anciano, congregación o grupo de hermanos tiene autoridad para eliminar, modificar o minimizar alguno de ellos.

No debemos alterar los requisitos de Dios

En ocasiones, la desesperación por tener ancianos puede llevar a una congregación a buscar maneras de justificar la selección de un hermano que no está calificado. También he escuchado de congregaciones donde un hermano prominente llega, imparte algunas clases sobre la organización de la iglesia y, posteriormente, termina estableciendo ancianos que no cumplen con los requisitos Bíblicos.

También existen casos donde se intenta alterar los requisitos obligatorios para ancianos y diáconos con el propósito de acomodar a ciertos hermanos que no califican. Tal práctica no tiene autorización Bíblica.

Debemos recordar las palabras de Dios:

“No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres” (Proverbios 22:28).

Aunque este texto pertenece al Antiguo Testamento y originalmente se refiere a los linderos establecidos, el principio de respetar lo que Dios ha establecido es claramente importante. En el Nuevo Testamento encontramos el mismo principio de respeto a la autoridad Bíblica:

“Para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito” (1 Corintios 4:6).

También Colosenses 3:17 enseña:

“Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús”.

Hacer algo “en el nombre del Señor” significa hacerlo bajo Su autoridad. Si Dios ha establecido requisitos específicos para los ancianos, nosotros no tenemos derecho de cambiarlos.

La “emergencia” no autoriza a desobedecer a Dios

Algunas veces se argumenta que una congregación necesita ancianos urgentemente. Quizás una iglesia solamente tiene dos ancianos y uno de ellos ya no puede continuar sirviendo. En una situación así, puede existir una gran presión para encontrar rápidamente a otro hermano que ocupe el lugar vacante.

Sin embargo, una emergencia no cambia la voluntad de Dios.

Si solamente queda un anciano calificado, la solución no consiste en establecer apresuradamente a un hombre que no cumple con los requisitos. Si llega el momento en que una congregación ya no cuenta con el número de ancianos necesarios para continuar funcionando como una pluralidad de obispos, entonces debe reconocerse honestamente esa realidad y trabajar diligentemente para preparar y equipar a hermanos que puedan calificar Bíblicamente en el futuro.

Es mucho mejor decir: “Todavía no tenemos ancianos calificados”, que decir: “Tenemos ancianos, aunque sabemos que no cumplen con los requisitos de Dios”.

No podemos hacer el mal para que venga el bien (Romanos 3:8).

La obediencia a Dios siempre debe ocupar el primer lugar:

“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).

Los requisitos tienen un propósito

Debemos entender que los requisitos que el Espíritu Santo estableció para los ancianos tienen un propósito. Dios no los colocó en la Biblia para hacer difícil que una congregación tenga ancianos. Los estableció para asegurarse de que los hombres que supervisan y pastorean a la iglesia tengan el carácter, la madurez espiritual, el conocimiento y la capacidad necesarios para realizar esta obra.

Un anciano debe ser capaz de:

  • Gobernar bien su casa (1 Timoteo 3:4-5).
  • Ser un ejemplo para la congregación (1 Pedro 5:3).
  • Apacentar el rebaño de Dios (1 Pedro 5:2).
  • Velar por las almas de los miembros (Hebreos 13:17).
  • Exhortar con sana enseñanza (Tito 1:9).
  • Convencer a los que contradicen (Tito 1:9).
  • Proteger a la iglesia de falsos maestros (Hechos 20:28-31).
  • Servir sin enseñorearse de la congregación (1 Pedro 5:3).
  • Ser un ejemplo espiritual digno de imitar (1 Pedro 5:3).

Por lo tanto, establecer a un hombre u hombres que no están preparados para estas responsabilidades puede traer consecuencias muy serias para toda la congregación.

El ancianato no es simplemente un título

Otro problema consiste en considerar el ancianato como un título, posición de honor o reconocimiento personal. El trabajo de un anciano no consiste simplemente en participar en reuniones, tomar decisiones administrativas o representar a la congregación.

El anciano es un pastor espiritual que debe cuidar del rebaño de Dios.

Pedro exhortó a los ancianos:

“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto” (1 Pedro 5:2).

Y añadió:

“No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:3).

El verdadero anciano no busca autoridad para ser servido, sino oportunidades para servir. No busca controlar a la congregación, sino ayudarla a crecer espiritualmente. No busca reconocimiento personal, sino la gloria de Dios (Gálatas 6:14).

Jesús enseñó este principio cuando dijo:

“El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mateo 20:26).

Los ancianos tienen una gran responsabilidad delante de Dios

El trabajo de los ancianos no es cualquier trabajo. Ellos tienen la responsabilidad de velar por las almas de aquellos que están bajo su cuidado.

Hebreos 13:17 dice:

“Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta”.

La expresión “como quienes han de dar cuenta” debe producir reverencia y seriedad. Los ancianos tendrán que responder delante de Dios por la manera en que realizaron esta responsabilidad.

Pedro también recordó a los ancianos que cuando aparezca el “Príncipe de los pastores”, recibirán la corona incorruptible de gloria (1 Pedro 5:4).

Por esta razón, un hermano no debe aceptar el ancianato simplemente porque otros lo desean. Debe examinar cuidadosamente su vida a la luz de la Palabra de Dios y preguntarse sinceramente si cumple con las cualidades establecidas por el Espíritu Santo.

La iglesia también tiene una responsabilidad

No solamente los hombres que aspiran al ancianato tienen una responsabilidad. La congregación también debe ser diligente al seleccionar a sus ancianos.

Una iglesia no debe elegir a un hombre porque sea popular, tenga dinero, sea empresario, tenga muchos años de ser miembro, sea amigo del predicador o porque la congregación lo estime mucho.

La pregunta principal debe ser:

“¿Cumple este hermano con los requisitos que Dios ha establecido?”

La iglesia debe estudiar cuidadosamente 1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-9; 1 Pedro 5:1-4; y Hebreos 13:7, 17 antes de considerar a cualquier hermano para el obispado.

Además, debe evitarse el favoritismo. Pablo escribió:

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad” (1 Timoteo 5:21).

La selección de ancianos debe hacerse con oración, reverencia, conocimiento Bíblico y absoluta honestidad.

¿Qué debemos hacer cuando no tenemos ancianos calificados?

Si una congregación no tiene hombres que cumplan con los requisitos, no debe sentirse presionada a establecer hombres no calificados. Más bien, debe comenzar a trabajar para preparar a futuros ancianos.

Los hombres deben crecer en:

  • conocimiento de la Palabra de Dios;
  • carácter Cristiano;
  • dominio propio;
  • liderazgo espiritual;
  • capacidad para enseñar;
  • fidelidad a su esposa;
  • gobierno apropiado de su hogar;
  • hospitalidad;
  • servicio a los hermanos;
  • defensa de la sana doctrina;
  • buen testimonio ante los de afuera.

Pablo le dijo a Tito que debía establecer ancianos en cada ciudad (Tito 1:5), pero esos hombres debían cumplir con las cualidades que inmediatamente aparecen en los versículos siguientes.

De igual manera, Pablo enseñó que hombres fieles debían ser capacitados para enseñar a otros:

“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:2).

La solución, entonces, no es bajar la norma, sino elevar el nivel de preparación espiritual de los hombres.

Una iglesia fuerte necesita líderes espiritualmente fuertes

Cuando una congregación establece ancianos que verdaderamente cumplen con los requisitos Bíblicos, la iglesia puede recibir grandes beneficios. Los ancianos podrán cumplir mejor su responsabilidad de proteger, alimentar, guiar y cuidar al rebaño.

Hechos 20:28 dice:

“Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor”.

Este texto muestra la enorme responsabilidad que descansa sobre los hombros de quienes sirven como obispos.

Una congregación con ancianos fieles y calificados puede ser grandemente fortalecida. Pero una congregación que establece hombres no calificados puede experimentar conflictos, mala administración, falta de dirección espiritual, tolerancia del error, favoritismo, divisiones y, en algunos casos, apostasía.

Por eso, no debemos apresurarnos a establecer ancianos simplemente para poder decir que tenemos la organización Bíblica de la iglesia. Debemos procurar tener ancianos que realmente sean conforme al patrón que Dios ha establecido.

El establecimiento de ancianos que no están calificados es una práctica que puede lastimar profundamente a la iglesia del Señor. Aunque el deseo de tener ancianos sea correcto, el método para lograrlo también debe ser correcto.

Nunca debemos sacrificar la verdad para alcanzar una meta que consideramos buena. Dios desea que Su iglesia sea gobernada y guiada por hombres que cumplen con Sus requisitos. No debemos agregar requisitos humanos, pero tampoco debemos eliminar o minimizar los requisitos Divinos.

Recordemos que la iglesia pertenece a Cristo (Mateo 16:18), Él es su cabeza (Efesios 1:22-23), y nosotros debemos respetar Su voluntad en todo lo que hacemos.

Si una congregación todavía no tiene hombres calificados para servir como ancianos, que no se desanime. Que enseñe la Palabra, que prepare a los hombres, que fortalezca los hogares y que ayude a futuros líderes a crecer espiritualmente. Con el tiempo, el Señor puede bendecir esos esfuerzos con hombres que lleguen a cumplir los requisitos establecidos en Su Palabra.

Pero mientras tanto, no alteremos el patrón de Dios por causa de la presión, la tradición, la conveniencia o una supuesta emergencia.

Que cada congregación pueda decir como el salmista:

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).

Y que todos recordemos la exhortación de Pablo:

“Pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40).

Dios nos ayude a respetar Su voluntad, a enseñar fielmente Su Palabra y a establecer únicamente a hombres que verdaderamente estén calificados para cuidar y guiar la iglesia que Cristo compró con Su propia sangre (Hechos 20:28).

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no utilizan sabiamente su tiempo en la obra del Señor por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de predicadores que no utilizan sabiamente su tiempo en la obra del Señor.

Hace varios años escuché a un predicador decir lo siguiente: “Es un asunto de conciencia para el predicador el no levantarse temprano para trabajar en la obra del Señor”. He tratado de encontrar la fuente original de esta declaración, pero hasta este momento no he podido identificar con certeza quién la dijo originalmente. Por esta razón, no deseo atribuirla a ningún predicador sin tener evidencia suficiente. Sin embargo, el principio que la declaración intenta comunicar merece nuestra seria consideración.

No estoy diciendo que la Biblia establezca una hora específica a la cual todo predicador debe levantarse cada mañana. Tampoco estoy diciendo que descansar sea pecado. El descanso es necesario y hay momentos legítimos para descansar. Nuestro Señor Jesucristo mismo tomó tiempo para descansar (Mr. 6:31). El problema, por lo tanto, no es simplemente levantarse tarde; el problema es la negligencia, la pereza, la falta de disciplina y el desperdicio del tiempo que Dios nos ha concedido para servirle.

Un predicador que recibe apoyo económico de la iglesia para dedicar su tiempo al ministerio debe recordar que ese privilegio viene acompañado de una gran responsabilidad. Si la congregación confía en él para dedicar su tiempo al estudio de la Palabra, la predicación del Evangelio, la enseñanza, el evangelismo, la visitación, la consejería y la edificación de los santos, entonces debe procurar cumplir estas responsabilidades con diligencia, integridad y excelencia.

El peligro de la falta de supervisión

En algunas congregaciones, los predicadores trabajan sin una supervisión cercana de parte de los ancianos. Esto no significa que los ancianos deban convertirse en supervisores de cada minuto del día del predicador. Más bien, significa que debe existir una relación saludable de confianza, responsabilidad y comunicación entre los ancianos y el predicador.

Cuando no existe una buena supervisión, lamentablemente algunos pueden aprovecharse de esa libertad para disminuir su nivel de trabajo. Hay predicadores que se levantan muy tarde, no porque hayan estado trabajando arduamente hasta altas horas de la noche, sino simplemente porque no han desarrollado una disciplina adecuada para administrar su tiempo.

Otros permiten que buena parte de su día sea absorbida por actividades que no tienen relación con las responsabilidades que aceptaron cuando comenzaron a trabajar con una congregación como predicadores de tiempo completo.

Algunos pasan demasiado tiempo en las redes sociales. Otros dedican horas excesivas a entretenimiento, deportes, juegos electrónicos u otras actividades personales. Algunos pasan más tiempo en el gimnasio que estudiando la Palabra de Dios. Otros ocupan gran parte del día atendiendo asuntos personales que podrían realizarse en otro momento. Y, tristemente, existen quienes llegan al púlpito utilizando constantemente sermones preparados por otras personas porque ellos mismos no han dedicado el tiempo necesario al estudio y a la preparación.

Esto es especialmente preocupante porque un predicador no fue llamado simplemente para ocupar un púlpito, sino para ser un estudiante diligente de la Palabra y un siervo dedicado de Cristo.

Pablo le dijo a Timoteo:

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Ti. 2:15).

La palabra “obrero” nos recuerda que el ministerio requiere trabajo. Y el verbo “procura con diligencia” demanda esfuerzo, disciplina y dedicación.

Cuando el tiempo no se administra correctamente

Cuando un predicador no utiliza sabiamente su tiempo, eventualmente comienzan a faltar oportunidades para realizar importantes responsabilidades del ministerio.

No habrá suficiente tiempo para:

  • estudiar profundamente la Palabra de Dios
  • preparar buenos sermones
  • preparar clases Bíblicas
  • evangelizar
  • visitar a los miembros
  • estudiar la Biblia con inconversos
  • animar a los débiles
  • aconsejar a las familias
  • capacitar a otros hermanos para servir
  • planear actividades espirituales
  • desarrollar clases especiales para el crecimiento de la congregación
  • escribir material Bíblico
  • preparar estudios para jóvenes
  • visitar a los enfermos
  • trabajar con nuevos conversos
  • fortalecer a los miembros débiles
  • y cumplir muchas otras responsabilidades que forman parte del trabajo de un evangelista.

El problema es que el tiempo perdido no puede recuperarse.

Por eso Pablo exhortó a los cristianos de Éfeso:

“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:15-16).

Aunque este texto no fue dirigido exclusivamente a predicadores, ciertamente contiene un principio que todo siervo de Dios debe tomar seriamente. El cristiano debe aprender a utilizar sabiamente el tiempo que Dios le ha concedido.

Pablo: un excelente ejemplo de diligencia

El Nuevo Testamento nos presenta ejemplo tras ejemplo de hombres que tomaron muy en serio su servicio al Señor. Uno de los ejemplos más sobresalientes es el apóstol Pablo.

En 1 Corintios 15:10, Pablo escribió:

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”.

Pablo no utilizó la gracia de Dios como una excusa para trabajar menos. La gracia de Dios produjo en él un mayor deseo de trabajar para el Señor.

En 1 Corintios 15:58 exhortó:

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.”

Observe algunas palabras importantes:

“Firmes”
“Constantes”
“Creciendo”
“Siempre”
“Trabajo”

Estas palabras difícilmente describen a una persona perezosa o negligente en el servicio del Señor.

Pablo también le dijo a los ancianos de Éfeso:

“Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno” (Hch. 20:31). ¡Qué ejemplo de diligencia!

Pablo no solamente predicaba desde un púlpito. Enseñaba públicamente y por las casas (Hch. 20:20). Predicaba, enseñaba, visitaba, exhortaba, evangelizaba y fortalecía a los hermanos.

En Hechos 20:24 encontramos una de las declaraciones más poderosas acerca de sus prioridades:

“Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.”

Pablo tenía una meta: terminar fielmente el ministerio que Cristo le había encomendado.

Al final de su vida pudo decir:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:7).

Pablo no solamente comenzó bien; terminó bien.

Pablo aprovechaba las oportunidades

En Colosenses 4:5 encontramos otro principio importante:

“Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo”.

Pablo entendía que las oportunidades para enseñar y evangelizar eran preciosas. Por eso exhortó a los cristianos a aprovecharlas.

En 2 Timoteo 4:2, le dio a Timoteo una responsabilidad solemne:

“Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”.

El predicador fiel no trabaja únicamente cuando tiene deseos de trabajar. Su compromiso es con Cristo, no simplemente con su estado de ánimo.

Por supuesto, esto no significa que un predicador nunca pueda descansar, pasar tiempo con su familia, hacer ejercicio o atender asuntos personales. Todas estas cosas pueden tener un lugar apropiado. El punto es que ninguna de estas actividades debe convertirse en una excusa para descuidar las responsabilidades espirituales que Dios ha puesto delante de nosotros.

Jesús: nuestro Supremo ejemplo de diligencia

Por encima de Pablo encontramos a nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro Supremo ejemplo de servicio diligente.

Jesús dijo:

“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Jn. 9:4). ¡Qué perspectiva tan poderosa del tiempo!

Jesús entendía que había una obra que debía realizar y que las oportunidades no durarían para siempre.

En otra ocasión, sus discípulos le dijeron que comiera, pero Jesús respondió:

“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Jn. 4:34).

Jesús tenía una profunda convicción acerca de la misión que había recibido del Padre.

Marcos 3:20 muestra hasta qué punto las demandas de Su ministerio podían llegar:

“Y se agolpó de nuevo la gente, de modo que ellos ni aun podían comer pan”.

Sin embargo, Jesús también entendía la necesidad del descanso y de apartarse por momentos para descansar (Mr. 6:31). Esto nos enseña algo importante: la diligencia no significa irresponsabilidad con nuestro cuerpo o nuestra familia; significa administrar sabiamente nuestro tiempo para cumplir la obra que Dios nos ha encomendado.

El predicador debe ser un estudiante diligente

Una de las tragedias más grandes es cuando un predicador deja de estudiar porque piensa que ya sabe suficiente.

La experiencia es valiosa, pero la experiencia nunca reemplaza el estudio.

Pablo le dijo a Timoteo:

“Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello…” (1 Ti. 4:15-16).

El predicador debe continuar creciendo.

Debe estudiar el texto Bíblico.
Debe estudiar su contexto.
Debe examinar cuidadosamente las palabras.
Debe conocer el contexto histórico y cultural.
Debe comparar Escritura con Escritura.
Debe preparar sus lecciones cuidadosamente.
Debe asegurarse de que lo que predica es verdaderamente la Palabra de Dios.

No es correcto que un predicador pase horas en entretenimiento y luego, a última hora, prepare apresuradamente el sermón que presentará delante de la iglesia.

El púlpito merece nuestra preparación. Las almas merecen nuestra preparación. La Palabra de Dios merece nuestra preparación. Y Dios merece nuestro mejor esfuerzo.

No se trata simplemente de trabajar más, sino de trabajar sabiamente

También debemos tener equilibrio. Un predicador puede estar ocupado todo el día y, sin embargo, no estar haciendo las cosas que realmente necesita hacer.

Por eso no se trata simplemente de decir: “Tengo que trabajar más horas”.

Se trata de preguntarnos:

¿Estoy utilizando sabiamente las horas que Dios me ha dado?

¿Estoy estudiando?
¿Estoy evangelizando?
¿Estoy visitando?
¿Estoy preparando sermones?
¿Estoy fortaleciendo a los miembros?
¿Estoy capacitando a otros?
¿Estoy buscando oportunidades para enseñar?
¿Estoy ayudando a la congregación a crecer espiritualmente?
¿Estoy cumpliendo responsablemente con aquello para lo cual fui contratado?

Estas son preguntas que todo predicador debería hacerse periódicamente.

El peligro de convertirse en un predicador perezoso

La pereza es condenada repetidamente en las Escrituras (Pr. 6:6-11; 13:4; 24:30-34). Aunque estos textos no hablan específicamente del predicador, los principios sobre diligencia y trabajo son aplicables.

El predicador debe tener cuidado de no desarrollar una mentalidad de comodidad.

Cuando la iglesia sostiene económicamente a un hombre para que dedique su tiempo al ministerio, no le está pagando simplemente por predicar dos o tres sermones cada semana. El ministerio incluye mucho más.

El predicador debe ser un obrero del Señor.

Debe recordar las palabras de Pablo:

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col. 3:23).

Si predicamos, debemos predicar como para el Señor.
Si estudiamos, debemos estudiar como para el Señor.
Si evangelizamos, debemos evangelizar como para el Señor.
Si visitamos, debemos visitar como para el Señor.
Si enseñamos, debemos enseñar como para el Señor.

Hermanos predicadores, nuestro tiempo es un regalo de Dios y nuestra oportunidad de servirle no durará para siempre.

No sabemos cuántos años tendremos para predicar. No sabemos cuántas oportunidades más tendremos para enseñar a una persona el Evangelio. No sabemos cuántas almas más podremos alcanzar. Por esta razón, debemos aprovechar cada oportunidad que Dios pone delante de nosotros.

Pablo dijo:

“Porque si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co. 9:16).

Ese debe ser el espíritu de todo predicador fiel.

No desperdiciemos el tiempo.

No desperdiciemos nuestras oportunidades.

No desperdiciemos el privilegio de predicar el Evangelio.

No permitamos que el entretenimiento, la comodidad, la pereza o los intereses personales ocupen el lugar que le pertenece a la obra del Señor.

Imitemos a Pablo, quien trabajó abundantemente (1 Co. 15:10), aprovechó el tiempo (Ef. 5:16), enseñó de noche y de día (Hch. 20:31), y consideró un privilegio terminar el ministerio que había recibido del Señor (Hch. 20:24).

Sobre todo, imitemos a nuestro Señor Jesucristo, quien dijo:

“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura” (Jn. 9:4).

Que nunca lleguemos al final de nuestro ministerio lamentándonos por el tiempo que desperdiciamos, las oportunidades que dejamos pasar o las almas que pudimos haber alcanzado.

Más bien, que algún día podamos decir con Pablo:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:7).

Dios y Su iglesia merecen nuestro mejor y mayor esfuerzo.

RETOS QUE ENFRENTA EL JOVEN: Obedecer el Evangelio de Cristo por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que enfrentan los jóvenes en la actualidad es el de obedecer el Evangelio de Cristo. Existen jóvenes dentro de las iglesias del Señor que todavía no han entregado sus vidas a Cristo. Sus padres ya son cristianos y posiblemente algunos de sus hermanos y amigos también lo son, pero ellos todavía no han tomado la decisión personal de obedecer el Evangelio.

Este es un reto muy serio porque estamos hablando de un asunto de vida eterna. Estamos hablando de nuestra relación con Dios, del perdón de nuestros pecados y de dónde pasaremos la eternidad.

La salvación debe ser una decisión personal

Joven, debes entender que el hecho de que tus padres sean cristianos no significa que automáticamente tú seas cristiano. Tampoco significa que porque creciste asistiendo a los servicios de la iglesia ya has obedecido el Evangelio. Cada persona debe tomar su propia decisión delante de Dios.

Ezequiel 18:20 enseña este principio:

“El alma que pecare, esa morirá…”

Dios considera a cada persona responsable de sus propias decisiones.

Josué también presentó esta responsabilidad personal cuando dijo:

“Escogeos hoy a quién sirváis…” (Jos. 24:15).

Tu padre no puede obedecer el Evangelio por ti.
Tu madre no puede obedecer el Evangelio por ti.
Tus hermanos no pueden obedecer el Evangelio por ti.
Tus amigos no pueden obedecer el Evangelio por ti.

Tú debes tomar esa decisión.

No debemos tomar la salvación a la ligera

Es triste observar que algunos jóvenes consideran que obedecer el Evangelio es algo que puede esperar. Algunos piensan:

“Todavía soy joven”

“Más adelante obedeceré”

“Primero quiero disfrutar mi juventud”

“Todavía tengo muchos años por delante”

Pero nadie tiene garantizado el mañana.

Santiago 4:14 nos recuerda:

“…porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.”

Proverbios 27:1 dice:

“No te jactes del día de mañana; porque no sabes qué dará de sí el día”.

Joven, la vida física no la tienes comprada. No sabes cuánto tiempo Dios te permitirá vivir. Por esta razón, no debemos jugar con nuestra alma ni posponer una decisión tan importante.

La pregunta no debe ser:

“¿Cuándo quiero obedecer?”

La pregunta debe ser:

“¿Qué debo hacer para estar bien con Dios?”

El Evangelio es poder de Dios para salvar

Pablo escribió:

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…” (Ro. 1:16).

El Evangelio no es simplemente información religiosa. Es el mensaje que Dios ha escogido para llevarnos a la salvación por medio de Cristo.

Por eso Jesús mandó:

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo…” (Mr. 16:15–16).

El Evangelio debe ser escuchado, creído y obedecido.

Pablo enseñó que Dios dará:

“…retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:8).

Esto demuestra la seriedad del asunto. No obedecer el Evangelio no es una decisión insignificante.

¿Qué significa obedecer el Evangelio?

El Evangelio es la buena nueva acerca de la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo (1 Co. 15:1–4). La persona debe responder a este mensaje con fe y obediencia.

Jesús dijo:

“…si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” (Jn. 8:24).

La persona debe escuchar la Palabra de Dios, porque:

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Ro. 10:17).

Debe creer en Cristo (Jn. 8:24), arrepentirse de sus pecados (Hch. 2:38), confesar su fe en Cristo (Ro. 10:9–10),  ser bautizada para el perdón de sus pecados (Hch. 2:38; Hch. 22:16; Mr. 16:16) y vivir fielmente en Cristo (1 Cor. 15:58; Ap. 2:10).

El bautismo Bíblico no es simplemente un acto externo ni una tradición familiar. Es parte de la respuesta obediente al Evangelio.

Pedro dijo:

“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados…” (Hch. 2:38).

Ananías le dijo a Saulo:

“Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre” (Hch. 22:16).

Obedecer el Evangelio produce grandes bendiciones

Cuando una persona obedece el Evangelio de Cristo, entra en una relación especial con Dios y disfruta de grandes bendiciones espirituales.

1. El perdón de los pecados — Efesios 1:7

“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia”.

2. Reconciliación con Dios — Efesios 2:13–16

Por medio de Cristo podemos ser reconciliados con Dios y tener paz con Él.

3. Una nueva vida en Cristo — Romanos 6:4; 2 Corintios 5:17

El bautismo representa nuestra muerte al pecado y nuestra resurrección a una nueva vida.

4. Santificación — Romanos 6:22

Ahora podemos vivir una vida apartada para Dios, produciendo fruto que conduce a la santificación.

5. Justificación — Romanos 5:1–2

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

6. La esperanza de vida eterna — 1 Juan 5:11

“Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo”.

7. La oportunidad de demostrar nuestro amor a Cristo — Juan 14:15

Jesús dijo:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos”.

La verdadera obediencia nace de un corazón que ama a Cristo.

Joven, no pospongas tu decisión

Quizás todavía estás pensando:

“Algún día lo haré”.

Pero ¿quién te garantiza que tendrás ese “algún día”?

Quizás tus padres te han hablado muchas veces acerca de la salvación. Quizás has escuchado numerosos sermones sobre el plan de Dios para salvar al hombre.

Ahora la decisión está en tus manos.

Dios te ha dado la oportunidad de escuchar Su Palabra. Te ha dado la capacidad de entenderla. Te ha dado la libertad para decidir.

¿Qué harás con esa oportunidad?

Hebreos 2:3 pregunta:

“¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?”

La salvación no es algo que debemos tratar con indiferencia.

Joven, obedecer el Evangelio de Cristo es una de las decisiones más importantes que jamás tomarás. No lo hagas simplemente porque tus padres son cristianos. No lo hagas solamente porque tus amigos lo han hecho. Hazlo porque amas a Dios, reconoces tu necesidad de salvación y deseas obedecer a Cristo.

No permitas que la presión de tus amigos, el deseo de disfrutar del mundo, el temor o la indiferencia te impidan obedecer al Señor.

Recuerda las palabras de Jesús:

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia…” (Mt. 6:33).

Y recuerda también:

“He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Co. 6:2).

Joven, no pospongas lo que necesitas hacer hoy.

Escucha el Evangelio.

Cree en Cristo.

Arrepiéntete de tus pecados.

Confiesa tu fe en Cristo.

Obedece al Señor en el bautismo.

Comienza una nueva vida de fidelidad a Dios.

Tu juventud es un hermoso regalo de Dios. Úsala para servirle y honrarle.

“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud…” (Ec. 12:1).

La mejor decisión que un joven puede tomar es entregar su vida a Cristo y permanecer fiel a Él hasta el final.

RETOS QUE ENFRENTA EL JOVEN: Comenzar a pedirle a Dios por una esposa o un esposo fiel por Willie A. Alvarenga

Uno de los retos más importantes que enfrentan los jóvenes cristianos hoy es comenzar, desde una temprana edad, a pedirle a Dios por una esposa o un esposo fiel. Aunque muchos jóvenes invierten tiempo pensando en sus estudios, su carrera profesional y sus metas personales, también deben recordar que una de las decisiones más importantes de toda la vida será la elección de la persona con quien compartirán el resto de sus días.

El matrimonio es una institución divina establecida por Dios desde el principio de la creación. Génesis 2:24 dice: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. Dios diseñó el matrimonio para ser una relación permanente, santa y bendecida.

Por esta razón, los jóvenes deben prepararse espiritualmente para este importante compromiso.

CÓMO PREPARARSE PARA EL MATRIMONIO

La preparación para el matrimonio no comienza el día del compromiso ni el día de la boda. Comienza durante la juventud.

1. Desarrolla una relación sólida con Dios

Antes de amar a otra persona, debes aprender a amar a Dios sobre todas las cosas.

Jesús enseñó:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37).

Un joven que ama a Dios estará mejor preparado para amar a su futuro esposo o esposa.

2. Aprende a orar constantemente

El joven cristiano debe pedirle a Dios sabiduría para tomar decisiones correctas.

Santiago escribió:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios” (Santiago 1:5).

La oración debe incluir peticiones como:

  • Señor, ayúdame a ser una mejor persona
  • Dame sabiduría para escoger correctamente
  • Prepara mi corazón para el matrimonio
  • Ayúdame a encontrar una persona fiel
  • Guíame siempre por el camino correcto

3. Fortalece tu carácter cristiano

Pablo exhortó a Timoteo:

“Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12).

El matrimonio requiere:

  • Responsabilidad
  • Paciencia
  • Dominio propio
  • Humildad
  • Amor
  • Compromiso
  • Sacrificio

4. Aprende principios Bíblicos sobre el matrimonio

Muchos matrimonios fracasan porque las personas desconocen lo que Dios enseña acerca del hogar.

Los jóvenes deben estudiar pasajes como:

  • Génesis 2:24
  • Proverbios 31
  • Efesios 5:22-33
  • Colosenses 3:18-19
  • 1 Pedro 3:1-7

CÓMO ESCOGER CORRECTAMENTE

La sociedad moderna enseña que la apariencia física, el dinero y la popularidad son las características más importantes. La Biblia enseña algo completamente diferente.

1. Busca a una persona que ame a Dios

La prioridad debe ser encontrar a alguien que ponga a Dios en primer lugar.

Mateo 6:33 dice:

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”.

2. Busca una persona fiel y obediente

La futura esposa o el futuro esposo debe ser una persona:

  • Fiel a Dios (Apocalipsis 2:10)
  • Obediente a Su Palabra (Juan 14:15)
  • Comprometida con la iglesia (Hebreos 10:24-25)
  • Humilde (Filipenses 2:3)
  • Paciente y bondadosa (Colosenses 3:12-14)

Proverbios 31:30 afirma:

“Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada”.

3. Busca consejo sabio

Proverbios 11:14 dice:

“En la multitud de consejeros hay seguridad”.

Los padres, los ancianos y los cristianos maduros pueden brindar orientación importante.

4. Aprende de los ejemplos Bíblicos

Ejemplos positivos

Isaac y Rebeca (Génesis 24): una relación basada en la oración y la confianza en Dios.

Aquila y Priscila (Hechos 18:1-3): un matrimonio dedicado al servicio del Señor.

Ejemplos negativos

Sansón (Jueces 14:1-3): tomó decisiones impulsivas guiadas por la apariencia.

Salomón (1 Reyes 11:1-4): permitió que personas equivocadas apartaran su corazón de Dios.

CÓMO MANTENER UN MATRIMONIO FELIZ SEGÚN LA BIBLIA

Escoger correctamente es importante, pero mantener un matrimonio fuerte requiere trabajo constante.

1. Pongan a Dios en el centro del hogar

Eclesiastés 4:12 declara:

“Cordón de tres dobleces no se rompe pronto”.

Un matrimonio fuerte está formado por el esposo, la esposa y Dios.

2. Practiquen el amor Bíblico

Pablo escribió:

“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia” (Efesios 5:25).

El amor Bíblico implica:

  • Paciencia
  • Sacrificio
  • Perdón
  • Respeto
  • Servicio

1 Corintios 13:4-8 describe el verdadero amor.

3. Practiquen la comunicación

Proverbios 15:1 dice:

“La blanda respuesta quita la ira”.

Los esposos deben aprender a dialogar con respeto, honestidad y amor.

4. Oren juntos

La oración fortalece la relación matrimonial.

Filipenses 4:6 dice:

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios”.

5. Sean fieles el uno al otro

Hebreos 13:4 enseña:

“Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla”.

La fidelidad es indispensable para la felicidad matrimonial.

6. Practiquen el perdón

Colosenses 3:13 dice:

“Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros”.

Ningún matrimonio es perfecto; por lo tanto, el perdón debe formar parte del hogar cristiano.

El joven cristiano debe comenzar desde temprano a pedirle a Dios por una esposa o un esposo fiel. Debe prepararse espiritualmente, escoger sabiamente y esforzarse por mantener un matrimonio centrado en Cristo.

Que cada joven recuerde las palabras del salmista:

“Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará” (Salmo 37:5).

Si ponemos a Dios en primer lugar, podremos disfrutar de matrimonios fuertes, hogares felices y familias que glorifiquen Su nombre.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: La predicación de la falsa doctrina por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado gravemente a la iglesia del Señor a través de los siglos, es la predicación de la falsa doctrina. Desde los días del Nuevo Testamento, las congregaciones han sufrido grandes consecuencias debido a hombres que no han mostrado respeto por la sana enseñanza revelada por Dios. El apóstol Pablo advirtió repetidamente acerca del peligro de aquellos que introducirían doctrinas extrañas y apartarían a los discípulos de la verdad (Hechos 20:28-30).

Cuando hablamos de la falsa doctrina, nos referimos a cualquier enseñanza que se encuentre en conflicto con la voluntad de Dios revelada en las Escrituras. Toda doctrina que contradiga el mensaje divino, altere el plan de salvación o menosprecie la autoridad de la Palabra de Dios debe ser considerada falsa doctrina (Gálatas 1:6-9).

La falsa doctrina siempre lastimará a la iglesia porque impide que los creyentes sean alimentados con el mensaje puro del evangelio. En lugar de edificar el alma y fortalecer la fe, produce confusión, división y alejamiento de Dios. Pablo enseñó que “toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir y para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16-17). Cuando el hombre sustituye la verdad divina por opiniones humanas, la iglesia sufre graves consecuencias espirituales.

Existen personas que enseñan error porque no han estudiado correctamente las Escrituras. No han aprendido los principios fundamentales de la interpretación Bíblica y, por consiguiente, transmiten aquello que desconocen. Pablo exhortó a Timoteo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15).

Lamentablemente, también existen quienes enseñan falsa doctrina aun sabiendo que contradice la Palabra de Dios. Algunos simplemente repiten las enseñanzas de predicadores favoritos, familiares o amigos, colocando la lealtad humana por encima de la autoridad divina. Jesús condenó esta actitud cuando dijo: “En vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” (Mateo 15:9).

Por lo tanto, surge una pregunta importante: ¿De qué manera lastima la falsa doctrina a la iglesia del Señor? Consideremos algunas respuestas.

1. La falsa doctrina contradice el mandamiento de enseñar únicamente la sana doctrina

Pablo ordenó: “Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina” (Tito 2:1). También exhortó a Timoteo a retener “la forma de las sanas palabras” (2 Timoteo 1:13). Dios nunca autorizó la enseñanza del error.

2. La falsa doctrina desvía a las personas del camino correcto

Jesús declaró: “Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo” (Mateo 15:14). Los falsos maestros conducen a las almas lejos del camino de la salvación.

3. La falsa doctrina engaña a las personas sinceras e ingenuas

Romanos 16:17-18 enseña que los falsos maestros engañan “con suaves palabras y lisonjas”. Pedro también advirtió que muchos seguirían sus enseñanzas destructoras (2 Pedro 2:1-2).

4. La falsa doctrina reemplaza la predicación de la verdad

Pedro escribió: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 Pedro 4:11). Cuando el error ocupa el púlpito, la iglesia deja de escuchar el mensaje que salva.

5. La falsa doctrina aparta a los creyentes de la fidelidad a Dios

Pablo reprendió a los gálatas porque estaban abandonando el verdadero evangelio (Gálatas 1:6-9). Asimismo, Himeneo y Fileto trastornaron la fe de algunos con sus falsas enseñanzas (2 Timoteo 2:16-18).

6. La falsa doctrina impide el crecimiento espiritual

Dios estableció hermanos espirituales para perfeccionar a los santos y llevarlos a la madurez (Efesios 4:11-16). La falsa doctrina produce inmadurez y hace que los cristianos sean “llevados por doquiera de todo viento de doctrina”.

7. La falsa doctrina produce confusión y división

“Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (1 Corintios 14:33). Las enseñanzas equivocadas generan disputas, divisiones y conflictos dentro de la congregación (Romanos 16:17).

8. La falsa doctrina separa al hombre de Dios

Juan escribió: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios” (2 Juan 9). El error doctrinal rompe la comunión con el Padre y con el Hijo.

9. La falsa doctrina trae condenación sobre quienes la enseñan

Pedro afirmó que los falsos maestros introducirán herejías destructoras y atraerán sobre sí mismos perdición (2 Pedro 2:1-3). Santiago también advirtió que los maestros recibirán una condenación/juicio más severa (Santiago 3:1).

10. La falsa doctrina contamina toda la congregación

Pablo declaró: “Un poco de levadura leuda toda la masa” (Gálatas 5:9). El error doctrinal rara vez permanece aislado; con el tiempo, afecta a toda la iglesia.

11. La falsa doctrina fomenta la apostasía

El Espíritu Santo anunció que “en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe” (1 Timoteo 4:1). La apostasía siempre comienza cuando las personas abandonan la verdad revelada.

12. La falsa doctrina endurece el corazón y produce resistencia a la verdad

Pablo habló de aquellos que “no sufrirán la sana doctrina” y preferirán maestros conforme a sus propios deseos (2 Timoteo 4:3-4). El error lleva al hombre a rechazar la voluntad de Dios.

13. La falsa doctrina destruye la unidad espiritual de la iglesia

Cristo oró para que sus discípulos fueran uno (Juan 17:20-21). La unidad verdadera solo puede existir cuando todos permanecen en la misma doctrina (Efesios 4:4-6).

14. La falsa doctrina deshonra el nombre de Cristo

Pedro enseñó que, por causa de los falsos maestros, “el camino de la verdad será blasfemado” (2 Pedro 2:2). El mundo observa las divisiones y los errores religiosos y llega a despreciar el evangelio.

Las iglesias que toleran la falsa doctrina se encuentran en un grave peligro espiritual. El crecimiento numérico, por sí solo, no constituye una evidencia de aprobación divina. Una congregación puede crecer en cantidad y, al mismo tiempo, alejarse de la verdad revelada. La fidelidad a Dios siempre debe tener prioridad sobre la popularidad y el éxito aparente.

La única manera de mantener una iglesia pura y obediente es mediante la exposición fiel y constante de la Palabra de Dios. Los cristianos deben desarrollar un profundo respeto por la autoridad de las Escrituras y examinar cuidadosamente toda enseñanza a la luz de la Biblia (Hechos 17:11).

Los ancianos tienen la responsabilidad de velar por el bienestar espiritual del rebaño y de protegerlo de los falsos maestros (Hechos 20:28-31; Tito 1:9). Asimismo, la congregación debe exigir que desde el púlpito se predique únicamente el consejo de Dios (Hch. 20:27).

Que cada uno de nosotros imite la actitud del salmista cuando declaró: “La suma de tu palabra es verdad” (Salmo 119:160). Que nuestro Padre celestial nos ayude a amar, respetar y defender siempre la sana doctrina revelada en Su santa Palabra.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no predican la Palabra de Dios por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado gravemente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no proclaman fielmente la Palabra de Dios. Este problema ha perjudicado la obra del Señor durante muchos años. En muchos lugares, la iglesia sufre por causa de predicadores que no presentan el mensaje divino. Son expertos en historias, anécdotas, política, deportes y chistes, pero no en la exposición de las Sagradas Escrituras. Algunos han olvidado que el poder para transformar y edificar la vida de las personas se encuentra únicamente en la predicación del mensaje de Dios, y no en el entretenimiento ni en la sabiduría humana.

Repetidas veces encontramos exhortaciones claras a predicar la Palabra de Dios. Por ejemplo, el apóstol Pablo animó al evangelista Timoteo a retener la sana doctrina (2 Tim. 1:13) y a predicar la Palabra (2 Tim. 4:2). Asimismo, exhortó a Tito a enseñar todo lo que está de acuerdo con la sana doctrina (Tit. 2:1). El apóstol Pedro, quien nos dejó un extraordinario ejemplo de predicación saturada de Escritura en el día de Pentecostés, escribió: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 P. 4:11). Solo de esta manera Dios será glorificado, como lo afirma la parte final de este mismo pasaje.

El Hijo de Dios, Jesucristo, también enfatizó que una de las razones por las cuales recorría diferentes lugares era para predicar la Palabra de Dios (Mr. 1:38). En el Antiguo Testamento observamos claramente cómo los profetas comprendieron la necesidad y la importancia de proclamar únicamente el mensaje divino (1 Rey. 22:14). Dios les ordenó predicar exclusivamente las palabras que Él les comunicaba (Jonás 3:2; Jer. 26:1-2). La expresión “Así dice el Señor” aparece repetidas veces en los escritos proféticos y nos recuerda la responsabilidad que tenemos de anunciar solamente lo que Dios revela en Su Palabra. Estos y muchos otros pasajes deberían ser memorizados por aquellos predicadores que no están edificando a la iglesia mediante la proclamación fiel de las Escrituras. Cierto predicador afirmó: “Los chistes y las largas ilustraciones e historias deben ocupar un lugar importante en la predicación porque a la gente le gustan y la hacen reír”. Tal declaración contradice claramente la enseñanza de la Palabra de Dios respecto a la clase de predicación que Él demanda de Sus siervos (cf. 2 Tim. 4:1-2; 1 P. 4:11).

¿De qué manera es lastimada la iglesia del Señor cuando la Palabra de Dios no se predica? Consideremos las siguientes consecuencias:

  1. La iglesia del Señor no es edificada cuando la Palabra de Dios no se predica (Hch. 20:32).
  2. Los predicadores desobedecen el mandato divino de proclamar fielmente Su Palabra (2 Tim. 4:2; Jonás 3:2; 1 P. 4:11; Tit. 2:1).
  3. A la iglesia se le priva del conocimiento de la Palabra de Dios (Oseas 4:6).
  4. La iglesia permanece en la ignorancia Bíblica, lo cual puede conducirla al cautiverio espiritual y a las falsas doctrinas (Isa. 5:13; Ef. 4:14).
  5. Los miembros no son preparados ni equipados para la obra del ministerio (Ef. 4:11-16).
  6. La iglesia puede perder el respeto por la autoridad de las Sagradas Escrituras (Col. 3:17).
  7. La iglesia deja de crecer en el conocimiento de la Palabra de Dios (2 P. 3:18; Col. 3:16; 1 P. 2:2).

La iglesia del Señor tiene el derecho y la responsabilidad de exigir que la Palabra de Dios sea predicada desde el púlpito. Los ancianos, quienes velan por el bienestar espiritual del rebaño (Heb. 13:17), deben asegurarse de que el predicador proclame la Palabra de Dios y no sus opiniones personales. Hoy más que nunca es indispensable regresar a la predicación completamente Bíblica que encontramos en las páginas de las Sagradas Escrituras.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Miembros que se dan por vencido rápidamente por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos miembros que se dan por vencidos rápidamente. Este problema ha perjudicado la obra del Señor por muchos años. Desde el establecimiento de la iglesia en el primer siglo, siempre han existido personas que, por diversas razones, abandonan la causa de Cristo. Algunos dejan de reunirse con los santos y gradualmente se enfrían espiritualmente (Heb. 10:24-25). Otros regresan al mundo, abandonan al Señor y nunca más vuelven al rebaño (2 P. 2:20-22). También están aquellos que permanecen físicamente dentro de la congregación, pero cuyo corazón ya se ha apartado de Dios (Ap. 2:4; Is. 29:13).

Muchas pueden ser las causas por las cuales algunos miembros se dan por vencidos rápidamente. Algunos sucumben ante las pruebas de la vida (Stg. 1:2-4, 12), otros permiten que las preocupaciones, las riquezas y los placeres de este mundo ahoguen la Palabra de Dios en sus corazones (Lc. 8:14). Algunos tropiezan por conflictos personales, otros por desánimo, persecución o falta de crecimiento espiritual. Sin embargo, desde un punto de vista Bíblico, ninguna de estas razones justifica abandonar al Señor. La causa de Cristo es infinitamente más importante que cualquier dificultad temporal que podamos enfrentar. Jesús mismo preguntó: «¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?» (Mr. 8:36).

La iglesia del primer siglo experimentó innumerables adversidades. Muchos cristianos fueron perseguidos, encarcelados, despojados de sus bienes y, en algunos casos, entregaron su propia vida por causa del evangelio (Heb. 10:32-34; 11:35-38). Sin embargo, gran parte de ellos perseveró fielmente en el camino del Señor. Su amor por Dios fue tan profundo que estuvieron dispuestos a sufrir por Cristo. Reconocieron que era un privilegio padecer por Su nombre (Hch. 5:41-42; Fil. 1:29). El apóstol Pablo y Silas, aun estando encarcelados injustamente, oraban y cantaban himnos a Dios (Hch. 16:25). Pablo incluso expresó que se gozaba en sus padecimientos por Cristo (Col. 1:24) y declaró con plena convicción: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Tim. 4:7-8).

Cuando se comparan los sufrimientos de la iglesia del primer siglo con las pruebas que enfrentan muchos cristianos en la actualidad, resulta evidente que aquellos hermanos soportaron dificultades mucho mayores. Sin embargo, hoy algunos abandonan la causa de Cristo por asuntos relativamente pequeños: diferencias personales, críticas, falta de reconocimiento, problemas económicos o simples distracciones del mundo. Tales razones nunca deberían ser suficientes para renunciar a la esperanza de la vida eterna.

Es imperativo que cada cristiano cultive una fidelidad inquebrantable a Dios, de tal manera que nada en este mundo lo aparte del camino del Señor. Nuestro Padre celestial merece toda nuestra fidelidad y compromiso (Ap. 2:10). Nuestro amor por Él debe impulsarnos a permanecer firmes aun en medio de las pruebas. El escritor a los Hebreos exhortó: «No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia» (Heb. 10:35-36). Asimismo, Pablo escribió: «Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre» (1 Cor. 15:58).

La obra del Señor resulta gravemente afectada cuando los cristianos se dan por vencidos rápidamente. Las consecuencias son numerosas y de gran impacto para la congregación local. Entre ellas podemos mencionar las siguientes:

  1. La membresía de la congregación disminuye.
  2. Hay menos obreros para desempeñar los privilegios de la adoración y del servicio.
  3. Se pierde el ejemplo de fidelidad que otros miembros necesitan observar (1 Tim. 4:12).
  4. Disminuye el número de hermanos que pueden estimular a otros al amor y a las buenas obras (Heb. 10:24).
  5. Se reduce la fuerza evangelística de la congregación (Mt. 28:19-20).
  6. Algunos miembros pueden desanimarse al observar que otros abandonan la fe.
  7. Las familias sufren profundamente cuando un padre o una madre deja de ser un ejemplo espiritual para su hogar (Ef. 6:4; Dt. 6:6-9).
  8. El nombre de Dios es deshonrado delante de los incrédulos (Ro. 2:24).
  9. La iglesia pierde influencia espiritual en la comunidad.
  10. El cristiano que se aparta pone en peligro la salvación de su alma (Heb. 3:12-14; Ap. 3:11).

Estas son solamente algunas de las terribles consecuencias de apartarse del camino del Señor. Especialmente lamentable es cuando quienes se alejan son padres de familia, pues dejan de ser modelos de fidelidad y perseverancia para sus hijos y su cónyuge. Las futuras generaciones suelen ser profundamente afectadas por la falta de compromiso espiritual de quienes debieron guiarlas en el camino del Señor.

No debemos olvidar que el Nuevo Testamento está lleno de exhortaciones a perseverar. Jesús dijo: «Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo» (Mt. 24:13). También afirmó: «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida» (Ap. 2:10). El autor de Hebreos nos anima a correr con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe (Heb. 12:1-3). Nuestra fortaleza no proviene de nosotros mismos, sino del Señor, quien promete ayudar a los que permanecen cerca de Él (Fil. 4:13; Is. 41:10).

Lo peor que un cristiano desanimado puede hacer es alejarse precisamente de la fuente de ánimo, fortaleza y esperanza. Cuando más necesitamos ayuda es cuando más debemos acercarnos a Dios, a Su Palabra y a la comunión con los santos. El Señor nunca abandona a quienes permanecen fieles (Heb. 13:5-6).

Por ello, animamos a todos los hermanos y hermanas que, por alguna razón, se han apartado del camino del Señor, a regresar al rebaño de Cristo. El Buen Pastor continúa llamando a Sus ovejas (Jn. 10:11-16), y el Padre celestial sigue esperando con misericordia al hijo que decide volver (Lc. 15:11-24). Todavía hay tiempo para arrepentirse y restaurar la comunión con Dios (Hch. 8:22; 1 Jn. 1:9).

Nunca olvidemos que la recompensa eterna será únicamente para aquellos que permanezcan fieles hasta el fin. Que cada uno de nosotros tome la firme determinación de jamás darse por vencido, recordando siempre las palabras del apóstol Pablo: «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos» (Gál. 6:9).

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no viven lo que predican por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no practican lo que predican. A través de los siglos, esta inconsistencia entre la enseñanza y la conducta ha causado tropiezos, desánimo y una pérdida de credibilidad tanto dentro como fuera de la iglesia. Dios siempre ha esperado que quienes proclaman Su Palabra sean también ejemplos dignos de imitar.

La Biblia exhorta claramente a los predicadores y maestros a vivir de acuerdo con el mensaje que proclaman. El apóstol Pablo exhortó a Timoteo a ser “ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Tim. 4:12). Más adelante añadió: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Tim. 4:16). Observe que Pablo menciona primero la vida del predicador (“ten cuidado de ti mismo”) y después su enseñanza (“y de la doctrina”), indicando que ambas son inseparables.

De igual manera, Tito recibió la exhortación de presentarse “en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable” (Tit. 2:6-8). El predicador no solamente debe comunicar correctamente la sana doctrina, sino también adornarla con una vida santa (Tit. 2:10). Sus acciones deben confirmar la veracidad del mensaje que anuncia.

En cierta ocasión alguien expresó: “Prefiero ver un sermón que escuchar uno”. Aunque esta frase no es inspirada, comunica una gran verdad: las personas observan cuidadosamente la vida del predicador antes de aceptar su mensaje. El ejemplo personal constituye uno de los sermones más poderosos que un siervo de Dios puede predicar.

Nuestro supremo ejemplo es Jesucristo. Lucas escribió acerca de “todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar” (Hch. 1:1). El orden de las palabras no es accidental. Jesús primero hacía y luego enseñaba. Nunca existió contradicción entre Sus palabras y Su conducta. Él pudo desafiar a Sus adversarios preguntando: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Jn. 8:46). Su vida respaldó perfectamente Su enseñanza.

En el Antiguo Testamento encontramos otro excelente ejemplo en Esdras. La Escritura declara que “Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esd. 7:10). El orden también es significativo: primero estudió la Palabra, luego la puso en práctica y finalmente la enseñó al pueblo. Este continúa siendo el modelo divino para todo predicador del evangelio.

Lamentablemente, algunos predicadores se concentran en exhortar a los demás, pero ellos mismos no ponen en práctica lo que predican. Esta actitud jamás debería caracterizar a un siervo de Dios. Jesús condenó severamente a los escribas y fariseos porque “dicen, y no hacen” (Mt. 23:3). La hipocresía religiosa siempre ha sido una afrenta para Dios, porque desacredita la verdad y aleja a las personas del evangelio.

La iglesia puede percibir con claridad cuando un predicador se contradice por no vivir conforme a la voluntad de Dios. Aunque la verdad permanece siendo verdad independientemente del carácter del mensajero, la falta de integridad del predicador produce consecuencias lamentables para la obra del Señor. ¿De qué manera puede verse afectada la iglesia?

(1) La iglesia puede desanimarse. Aunque los cristianos debemos poner nuestra mirada en Cristo (Heb. 12:1-2), el mal ejemplo de un predicador puede desalentar especialmente a los creyentes más débiles en la fe. En lugar de fortalecer a los miembros, puede convertirse en una piedra de tropiezo (Ro. 14:13).

(2) Los no cristianos pueden rechazar el evangelio. Muchas personas evalúan el cristianismo observando la conducta de quienes lo predican. Cuando encuentran hipocresía, concluyen equivocadamente que el evangelio carece de poder transformador. Así, el nombre de Dios es blasfemado entre los incrédulos (Ro. 2:21-24).

(3) La credibilidad del predicador queda seriamente cuestionada. Cuando existe una contradicción evidente entre el mensaje y la vida del predicador, sus exhortaciones pierden autoridad moral. La confianza de la congregación disminuye y su influencia espiritual se debilita (Tit. 2:7-8).

(4) Se corre el riesgo de generalizar injustamente. Algunas personas llegan a pensar que todos los predicadores son iguales, desacreditando también a hombres fieles que sirven al Señor con sinceridad e integridad.

(5) El mal ejemplo puede convertirse en una excusa para pecar. Algunos justifican su propia desobediencia diciendo: “Si el predicador lo hace, ¿por qué yo no?” Aunque cada persona dará cuenta de sí misma delante de Dios (Ro. 14:12), los malos ejemplos pueden influir negativamente sobre otros (Mt. 18:6-7).

(6) Se perjudica la reputación de la iglesia. La conducta de un predicador suele asociarse con toda la congregación. Por ello, una vida inconsistente puede afectar el buen nombre de la iglesia delante de la comunidad y disminuir su influencia para el bien (2 Co. 6:3).

(7) Se debilitan los esfuerzos evangelísticos. Es mucho más difícil convencer a otros de la verdad cuando quien la proclama no vive conforme a ella. El evangelismo requiere tanto una proclamación fiel como un testimonio íntegro (Mt. 5:16; Fil. 2:15).

(8) Los cristianos más débiles pueden apartarse del Señor. Algunos creyentes inmaduros depositan demasiada confianza en los hombres. Cuando un predicador fracasa moralmente, su fe puede tambalearse y, en algunos casos, abandonar la congregación. Esto resalta la enorme responsabilidad que tienen quienes enseñan la Palabra (Stg. 3:1).

(9) El nombre de Cristo es deshonrado. El predicador representa públicamente la causa de Cristo. Cuando vive en contradicción con el evangelio, el nombre del Señor es desacreditado y la gloria que debía rendirse a Dios se ve empañada (Col. 3:17; Tit. 2:10).

Todo predicador debe esforzarse por ser un ejemplo de integridad, fidelidad, humildad, pureza, constancia y perseverancia delante de todos los que observan su vida. Debe poder decir, como el apóstol Pablo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1). El propósito nunca será alcanzar una perfección absoluta, sino vivir una vida caracterizada por el arrepentimiento, la obediencia y una sincera determinación de agradar a Dios en todas las cosas.

La luz del predicador debe brillar delante de los hombres para que, al ver sus buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos (Mt. 5:16). La iglesia necesita hombres que no solamente sepan predicar sermones, sino que también los vivan cada día. Cuando el mensaje proclamado y la vida del predicador marchan en perfecta armonía, la iglesia es fortalecida, los creyentes son edificados, los inconversos son impactados y Dios recibe toda la gloria.

RETOS QUE ENFRENTA EL JOVEN: Prestar mucha atención a las predicaciones en la iglesia por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que enfrentan los jóvenes hoy es el de prestar mucha atención a las predicaciones en la iglesia.Cada semana se presentan sermones cuyo propósito es ayudarnos a crecer espiritualmente y presentarnos maduros en Cristo Jesús (Col. 1:28). La predicación fiel de la Palabra fortalece nuestra fe, aumenta nuestro conocimiento de Dios y nos equipa para vivir conforme a Su voluntad (Rom. 10:17; 2 Tim. 3:16-17; 2 P. 3:18). Dios ha establecido la predicación como uno de los principales medios para instruir, exhortar, corregir y edificar a Su pueblo.

Sin embargo, aunque este es el propósito de la predicación, muchos jóvenes no prestan la debida atención a las lecciones que se presentan desde el púlpito. Esta falta de atención se manifiesta cuando algunos se distraen con sus teléfonos móviles, escriben mensajes a quienes están sentados a su lado, leen material ajeno al sermón, conversan durante la predicación o simplemente permiten que su mente divague mientras se expone el mensaje de Dios. Estas distracciones les impiden aprovechar el alimento espiritual que Dios ha preparado para ellos.

Menciono estas cosas porque las he observado repetidamente durante la predicación de mis sermones y, también, porque yo mismo cometí esos errores cuando era joven. Con el paso de los años comprendí cuánto había perdido por no escuchar con mayor atención la enseñanza de la Palabra de Dios. Muchos jóvenes llegan a la edad adulta lamentando no haber aprovechado mejor las oportunidades que tuvieron para aprender las Escrituras desde temprana edad.

La Biblia presenta excelentes ejemplos de personas que escuchaban atentamente la Palabra de Dios. En los días de Nehemías, el pueblo permaneció atento mientras Esdras leía y explicaba las Escrituras (Neh. 8:3, 8). En Troas, los discípulos se reunieron para escuchar la predicación del apóstol Pablo (Hch. 20:7). Jesús mismo enseñó repetidamente: «El que tiene oídos para oír, oiga» (Mt. 11:15), enfatizando la importancia de escuchar con un corazón dispuesto a obedecer.

Por esta razón, animamos a todos los jóvenes a no abrir la puerta a la distracción. Antes de comenzar el servicio de adoración, oren para que Dios les conceda un corazón receptivo. Mantengan su Biblia abierta, sigan cuidadosamente los pasajes que el predicador presenta, tomen notas cuando sea posible y procuren identificar las lecciones prácticas que pueden aplicar a su vida diaria. Estas sencillas acciones les ayudarán a concentrarse mejor y a recordar con mayor facilidad las enseñanzas recibidas.

También es importante recordar que escuchar no es suficiente; debemos obedecer lo que hemos aprendido. Santiago escribió: «Pero sed hacedores de la Palabra, y no tan solamente oidores» (Stg. 1:22). La verdadera bendición no consiste únicamente en asistir a los servicios, sino en permitir que la Palabra transforme nuestra manera de pensar, hablar y vivir.

La Palabra de Dios tiene poder para salvar nuestras almas (Stg. 1:21), fortalecer nuestra fe (Rom. 10:17), hacernos sabios para la salvación (2 Tim. 3:15) y guiarnos por el camino de la justicia (Sal. 119:105). Sin embargo, si no prestamos atención al mensaje, difícilmente podremos disfrutar de estos grandes beneficios. Cada sermón constituye una oportunidad para aprender algo nuevo, corregir un error, fortalecer nuestra fe o recibir el ánimo que tanto necesitamos.

Joven, recuerda que la predicación de la Palabra de Dios no es un tiempo para distraerse, sino un momento sagrado en el que Dios nos instruye por medio de las Escrituras. Escucha con respeto, atención y reverencia. Haz del sermón una prioridad y no una pausa para revisar tu teléfono o pensar en otras cosas. Si desarrollas el hábito de escuchar atentamente la Palabra de Dios desde tu juventud, estarás construyendo un fundamento espiritual sólido que te acompañará durante toda la vida y te ayudará a permanecer fiel al Señor. Cuando escuchamos con un corazón dispuesto a obedecer, crecemos espiritualmente y Dios es glorificado.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no se preparan adecuadamente para la predicación de la Palabra De Dios por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no se preparan adecuadamente para la predicación de la Palabra de Dios. Esta deficiencia no es un problema reciente, sino una realidad que ha perjudicado la obra del Señor a través de los tiempos. Cuando el predicador descuida su preparación espiritual y Bíblica, la iglesia deja de recibir el alimento espiritual que Dios desea comunicar por medio de Su Palabra.

La Biblia presenta un estándar elevado para quienes tienen la responsabilidad de enseñar. Pablo exhortó a Timoteo diciendo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la Palabra de verdad” (2 Tim. 2:15). El predicador debe estudiar diligentemente para interpretar correctamente las Escrituras y comunicar fielmente el mensaje inspirado por Dios. No basta con hablar acerca de la Biblia; es indispensable predicar la Biblia.

Además, el evangelista debe prestar cuidadosa atención tanto a su vida como a la doctrina que enseña. Pablo escribió: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Tim. 4:16). La vida del predicador y la pureza de su enseñanza ejercen una influencia directa sobre la iglesia. Un mensaje correcto respaldado por una vida piadosa fortalece a la congregación; una enseñanza descuidada o una vida inconsistente producen confusión y desaliento.

El apóstol Pablo también recordó a Timoteo que la predicación es una responsabilidad que se ejerce delante de Dios y de Cristo Jesús, quien juzgará a vivos y muertos (2 Tim. 4:1-5). Esta solemne exhortación nos recuerda que el púlpito no es un lugar para expresar opiniones personales, entretener al auditorio o compartir ideas humanas, sino para proclamar con fidelidad la voluntad de Dios. El mandato es claro: “Predica la Palabra”.

Predicar la Palabra de Dios requiere mucha diligencia, preparación y cuidado, pues estamos tratando con las almas de las personas. El propósito del ministerio de la predicación es presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre (Col. 1:28). Por consiguiente, el predicador que expone continuamente la Palabra de Dios debe dedicar tiempo suficiente al estudio, la oración y la meditación. Esdras constituye un excelente ejemplo, pues “había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar” (Esd. 7:10). El orden es significativo: primero estudió, luego obedeció y finalmente enseñó.

Esta preparación diligente requiere que el predicador haga, entre otras cosas, lo siguiente:

  1. Debe orar continuamente por sabiduría y dirección antes de preparar y presentar el mensaje (Stg. 1:5; Col. 4:2-4).
  2. Debe esforzarse por predicar solamente la Palabra de Dios y no sus opiniones personales (1 P. 4:11).
  3. Debe procurar que cada sermón esté en completa armonía con la sana doctrina (2 Tim. 1:13; Tito 2:1).
  4. Debe examinar cuidadosamente el texto Bíblico, meditando en él día y noche (Sal. 1:2; Jos. 1:8).
  5. Debe procurar una exégesis correcta, explicando el verdadero significado del texto conforme a su contexto histórico, gramatical y literario (Neh. 8:8; 2 Tim. 2:15).
  6. Debe evitar imponer al texto sus ideas preconcebidas o preferencias personales, permitiendo que sea la Palabra de Dios la que hable (2 P. 1:20-21).
  7. Debe declarar todo el consejo de Dios y no solamente aquellos temas que le resulten cómodos o populares (Hch. 20:27).
  8. Debe preparar mensajes relevantes que edifiquen, exhorten, consuelen y fortalezcan espiritualmente a la iglesia (Rom. 15:4; 2 Tim. 3:16-17).
  9. Debe predicar con convicción, amor, humildad y profundo respeto por la autoridad de las Escrituras (1 Tes. 2:13).
  10. Debe tener un profundo amor por la Palabra de Dios (Sal. 119:97)..

¿De qué manera es lastimada la iglesia del Señor cuando el predicador no se prepara adecuadamente para predicar? Considere algunas de las consecuencias:

  1. La iglesia puede dejar de recibir el mensaje que Dios desea comunicar porque el texto Bíblico no fue estudiado correctamente.
  2. Una preparación deficiente puede conducir a interpretaciones equivocadas y, por consiguiente, a la propagación del error doctrinal (2 Ped. 3:15-16).
  3. La congregación puede permanecer espiritualmente inmadura por falta del alimento sólido de la Palabra (Heb. 5:12-14).
  4. El predicador puede dejar de anunciar todo el consejo de Dios, privando a la iglesia de enseñanzas esenciales (Hch. 20:27).
  5. Los hermanos estarán menos preparados para identificar y refutar la falsa doctrina (Ef. 4:11-14; Tito 1:9).
  6. La fe de algunos puede debilitarse al escuchar sermones superficiales, desorganizados o carentes de fundamento Bíblico (Rom. 10:17).
  7. El predicador desperdicia oportunidades para exhortar, convencer y restaurar a quienes necesitan corrección espiritual (2 Tim. 4:2).
  8. La iglesia puede perder el entusiasmo por el estudio serio de las Escrituras cuando observa falta de diligencia desde el púlpito.
  9. La obra evangelística y el crecimiento espiritual de la congregación pueden verse seriamente afectados, ya que una iglesia bien instruida es una iglesia más fuerte y preparada para servir al Señor.

El predicador, al igual que los ancianos, tiene la responsabilidad de velar por el bienestar espiritual de la iglesia del Señor. Aunque los ancianos son los pastores del rebaño (Hch. 20:28; 1 Ped. 5:1-4), el evangelista desempeña una función indispensable al alimentar al pueblo mediante la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios. Por ello, jamás debe tomar a la ligera la preparación de sus lecciones.

Que cada predicador recuerde siempre que el púlpito exige reverencia, diligencia y fidelidad. El tiempo invertido en la oración, el estudio y la preparación jamás será tiempo perdido. Por el contrario, será una inversión eterna en la edificación de la iglesia, la salvación de las almas y la gloria de Dios. Como escribió Pablo: “Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos” (1 Tim. 4:15). Que Dios nos conceda predicadores diligentes, profundamente comprometidos con la verdad y decididos a proclamar fielmente “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27).

RETOS QUE ENFRENTAN LOS JÓVENES – “MEMORIZAR TEXTOS ACERCA DE NO HABLAR MALAS PALABRAS” por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que enfrentan los jóvenes hoy es el de memorizar textos Bíblicos que nos advierten acerca del peligro de hablar malas palabras. Este es un reto muy importante porque no solamente ejercita la mente y fortalece la memoria, sino que también ayuda a recordar constantemente la clase de palabras que no deben salir de nuestra boca. La Biblia enseña que nuestras palabras tienen un gran impacto en nuestra vida espiritual y en la vida de quienes nos rodean.

Jesús enseñó que las palabras son una manifestación de lo que hay en el corazón. Él dijo: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Por esta razón, el Cristiano debe esforzarse por mantener un corazón puro para que sus palabras también sean agradables delante de Dios. El joven que memoriza y medita en la Palabra de Dios tendrá una mayor capacidad para controlar su lengua y evitar expresiones que deshonren a Dios.

Observemos algunos pasajes que merecen ser memorizados:

Efesios 4:29 – No hablar palabras corrompidas, sino solamente aquellas que puedan edificar y dar gracia a los oyentes.

Colosenses 3:9 y Proverbios 12:22 – No pronunciar mentiras, porque Dios aborrece los labios mentirosos.

Colosenses 4:6 – Hablar solamente palabras con gracia y sazonadas con sal.

Mateo 12:36-37 – Las palabras que hablamos pueden justificarnos o condenarnos delante de Dios.

Efesios 5:4 y Colosenses 3:8 – No hablar palabras deshonestas, obscenas o vergonzosas.

Proverbios 15:1 – Evitar las palabras ásperas que provocan conflictos y aprender a responder con mansedumbre.

Santiago 3:9-10 – No usar la lengua para maldecir a los hombres creados a la imagen de Dios.

Proverbios 4:24 – Alejar de nuestra boca toda perversidad y corrupción.

Proverbios 10:19 – Aprender a controlar la lengua, recordando que en las muchas palabras no falta pecado.

Salmo 19:14 – Procurar que los dichos de nuestra boca sean agradables delante de Dios.

Proverbios 21:23 – Guardar nuestra boca y nuestra lengua para evitar muchos problemas y angustias.

Santiago 1:26 – Recordar que una religión que no controla la lengua es una religión vana.

Proverbios 13:3 – Entender que quien guarda su boca guarda su vida.

Efesios 4:31-32 – Desechar toda amargura, ira y malicia, hablando con bondad y misericordia.

El joven Cristiano debe comprender que las malas palabras, los insultos, las burlas, las mentiras, los chismes y las expresiones ofensivas no tienen lugar en la vida de aquellos que desean agradar a Dios. La lengua puede ser utilizada para bendecir o para destruir. Por lo tanto, debemos usarla para animar, enseñar, consolar y glorificar a Dios.

La memorización de estos textos ayudará al joven a resistir las influencias negativas del mundo, a fortalecer su carácter Cristiano y a desarrollar un lenguaje digno del evangelio de Cristo. Cuando la Palabra de Dios habita abundantemente en nuestro corazón, tendremos mayor facilidad para hablar de una manera que honre a nuestro Padre celestial.

Estos versículos pueden ayudarte a evitar palabras que pongan en peligro tu influencia Cristiana y tu salvación eterna. Procuremos siempre hablar palabras que edifiquen, animen y sean de gran bendición para quienes las escuchan. Recordemos las palabras de Pablo: “Sea vuestra palabra siempre con gracia” (Colosenses 4:6).

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: La irreverencia en el culto de adoración por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la irreverencia durante los servicios de adoración. Este problema ha perjudicado la obra del Señor a través de los años y continúa siendo una realidad en muchas congregaciones. Jóvenes, adultos e incluso predicadores del evangelio han sido culpables de esta práctica. En cierta ocasión, un predicador interrumpió su clase para responder a una publicación en Facebook. Otro contestó su teléfono mientras predicaba un sermón. Aunque estas acciones pudieran parecer insignificantes para algunos, reflejan una falta de respeto hacia Dios y hacia el propósito sagrado de la adoración congregacional.

La Biblia enseña claramente que Dios merece nuestra más profunda reverencia. El escritor de Hebreos exhorta: “sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (Hebreos 12:28-29). Salomón también escribió: “Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie” (Eclesiastés 5:1). Estas palabras nos recuerdan que la adoración no es un asunto común, sino una actividad espiritual en la que nos presentamos delante del Creador del universo.

Los miembros de la iglesia, en ocasiones, muestran irreverencia en los servicios de adoración de las siguientes maneras: (1) Revisando sus teléfonos durante la adoración, (2) Actualizando fotos de perfil en redes sociales, (3) Enviando mensajes de texto a familiares o amigos, (4) Buscando lugares para comer después del servicio, (5) Usando vestimenta inapropiada para una ocasión tan solemne, (6) Mostrando una actitud indiferente hacia la predicación de la Palabra de Dios, (7) Ausentándose de la clase Bíblica y llegando solamente al servicio último, (8) No participando de la Cena del Señor, (9) No ofrendando conforme han prosperado durante la semana, (10) Conversando con la persona a su lado, (11) Participando sin haberse preparado adecuadamente para el privilegio asignado, (12) No trayendo su Biblia a los servicios, (13) Saliendo repetidamente al baño sin una razón justificable, (14) No enseñando a sus hijos a comportarse respetuosamente en la adoración, (15) Llegando desvelados al servicio sin justificación alguna, (16) Criticando constantemente a quienes participan en la adoración, (17) Llegando sin el deseo de adorar a Dios en espíritu y en verdad, (18) No adorando conforme a Su Palabra, (19) Predicando falsa doctrina, (20) No estando concentrados durante las oraciones, (21) Permitiendo pensamientos mundanos durante la adoración, (22) Haciendo las cosas para recibir reconocimiento humano, (23) Participando mecánicamente en los servicios, (24) No mostrando gozo al adorar a Dios, y (25) No participando en el canto congregacional.

La irreverencia también se manifiesta cuando se participa de los actos de adoración sin reflexión espiritual. Algunos cantan sin pensar en las palabras que expresan; otros oran sin concentrarse en las peticiones elevadas a Dios. Pablo enseñó que los cristianos deben cantar “con gracia en vuestros corazones al Señor” (Colosenses 3:16). Asimismo, Jesús enseñó que los verdaderos adoradores deben adorar “en espíritu y en verdad” (Juan 4:23-24). Esto requiere una mente enfocada y un corazón comprometido.

Ser culpable de estas cosas constituye una adoración vana delante de Dios. Jesús habló de una adoración en vano cuando las cosas no se hacen conforme a la voluntad divina (Mateo 15:7-9). También reprendió a aquellos que honraban a Dios con los labios mientras su corazón estaba lejos de Él. La adoración aceptable no consiste solamente en estar físicamente presentes en un edificio; requiere una disposición espiritual correcta y una obediencia sincera a la voluntad de Dios.

La irreverencia en la adoración afecta seriamente a la iglesia del Señor. Primero, impide que Dios reciba la honra que merece. Segundo, comunica a otros que la adoración no ocupa un lugar importante en nuestras vidas. Tercero, nos convierte en un mal ejemplo para los visitantes, los nuevos convertidos y nuestros propios hijos. Cuarto, obstaculiza nuestro crecimiento espiritual, pues dejamos de aprovechar plenamente las bendiciones de la adoración. Quinto, pone en peligro nuestra relación con Dios y, por consiguiente, nuestra salvación eterna.

Recordemos que los primeros cristianos perseveraban fielmente en la adoración y en las actividades espirituales de la iglesia (Hechos 2:42). Su ejemplo debe motivarnos a valorar cada oportunidad que tenemos para reunirnos con los santos y glorificar a Dios. Cuando comprendemos quién es Dios y lo que Él ha hecho por nosotros mediante Jesucristo, nuestra actitud hacia la adoración cambia por completo.

Que Dios nos conceda la sabiduría necesaria para nunca ser culpables de una adoración irreverente, sino de una adoración que le glorifique, le honre y sea aceptable delante de Sus ojos. Procuremos siempre acercarnos a Él con humildad, respeto, gratitud y un sincero deseo de hacer Su voluntad.

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PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: El peligro de la desmotivaciónón espiritual entre hermanos por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor, es el peligro de la desmotivación espiritual entre hermanos. ¿Cuál es la idea detrás de esta expresión? Por desmotivación espiritual nos referimos a la falta de ánimo, apoyo y aliento entre los miembros del cuerpo de Cristo. Hablamos de hermanos que no toman el tiempo para fortalecer, animar y edificar a su familia espiritual en el Señor. Esta actitud puede parecer insignificante a primera vista; sin embargo, sus consecuencias pueden ser devastadoras para la salud espiritual de una congregación.

Las Escrituras tienen mucho que decir acerca de este asunto. Por ejemplo, el escritor a los Hebreos exhortó a la iglesia diciendo: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (Heb. 10:24). Observe cuidadosamente el texto. Dios no solamente nos manda a amarnos unos a otros, sino también a pensar en maneras prácticas de motivarnos espiritualmente. La palabra “considerémonos” implica prestar atención a las necesidades de nuestros hermanos para ayudarles a permanecer fieles al Señor.

El apóstol Pablo escribió a la iglesia en Tesalónica: “Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis. Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros. También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos” (1 Tes. 5:11-14). Esta porción de la Escritura nos recuerda el deber que tenemos de edificarnos mutuamente. También nos enseña que existen hermanos que necesitan ser alentados porque atraviesan momentos de debilidad, tristeza o desánimo.

Lamentablemente, algunos cristianos se han acostumbrado a asistir a los servicios de adoración sin tomar tiempo para animar a nadie. Llegan, adoran y se retiran sin ofrecer una palabra de consuelo, gratitud o motivación. Esta actitud es contraria al espíritu del Nuevo Testamento. Dios desea que seamos instrumentos de ánimo para nuestros hermanos. Bernabé es un excelente ejemplo de esto. Su nombre significa “hijo de consolación” o “hijo de exhortación” (Hechos 4:36). Gracias a su disposición para animar a otros, muchos fueron fortalecidos en la fe y la iglesia fue edificada.

¿Cuánto tiempo toma usted para expresar aprecio y ánimo a los ancianos, diáconos, predicadores y maestros de la congregación? Ellos enfrentan numerosas luchas, responsabilidades y desafíos en su labor para el Señor. Los ancianos velan por las almas como quienes han de dar cuenta (Heb. 13:17). Los predicadores trabajan arduamente en la enseñanza de la Palabra (2 Tim. 4:1-5). Los maestros dedican tiempo y esfuerzo para instruir a la iglesia. Todos ellos necesitan nuestras oraciones, nuestro apoyo y nuestras palabras de ánimo.

Muchas veces nuestros hermanos atraviesan aflicciones, enfermedades, dificultades familiares, problemas económicos y pruebas espirituales. En tales momentos, unas palabras de aliento pueden producir un impacto enorme. Proverbios 12:25 declara: “La congoja en el corazón del hombre lo abate; mas la buena palabra lo alegra”. Asimismo, Proverbios 16:24 enseña: “Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos”. Nunca debemos subestimar el poder de una palabra de ánimo pronunciada en el momento oportuno.

¿Cómo podemos motivarnos unos a otros? Considere las siguientes sugerencias:

(1) Obedeciendo el mandato de animarnos mutuamente (1 Tes. 5:11-14; Heb. 10:24-25).

(2) Haciendo saber a nuestra familia espiritual que oramos por ellos (Ef. 6:18; Col. 4:12).

(3) Evitando acciones, palabras o actitudes que produzcan desánimo en nuestros hermanos (3 Jn. 9-10; 2 Tim. 4:10, 14, 16).

(4) Amando a nuestros hermanos como Cristo nos ha amado (Jn. 13:34-35).

(5) Considerándolos como superiores a nosotros mismos (Fil. 2:1-4).

(6) Haciéndoles saber cuánto los apreciamos y valoramos (Fil. 1:7-8).

(7) Llorando con ellos y gozándonos con ellos (Rom. 12:15; 1 Cor. 12:26).

(8) Hablando palabras que edifiquen y produzcan gracia a los oyentes (Ef. 4:29).

(9) Llevando las cargas los unos de los otros (Gál. 6:2).

(10) Exhortándonos cada día para que ninguno se endurezca por el engaño del pecado (Heb. 3:13).

(11) Mostrando hospitalidad y bondad hacia nuestros hermanos (1 Ped. 4:9; Rom. 12:13).

(12) Expresando gratitud por el trabajo y servicio de los demás (1 Tes. 5:12-13).

Con frecuencia no nos damos cuenta de la influencia positiva que pueden tener unas palabras de ánimo. La fe de muchos es fortalecida cuando comprenden cuánto son amados y apreciados por sus hermanos en Cristo. En ocasiones, un simple mensaje de texto, una llamada telefónica, una visita o un apretón de manos acompañado de palabras sinceras puede marcar una gran diferencia en la vida de alguien que está luchando.

Por lo tanto, se anima al pueblo de Dios a tomar tiempo para fortalecer a su familia espiritual. Tome algunos minutos para enviar un mensaje de ánimo a un hermano o hermana. Haga saber a otros que usted agradece su trabajo y fidelidad al Señor. Le aseguro que sus hermanos en Cristo apreciarán grandemente ese gesto de amor.

Recordemos que juntos corremos la carrera que nos conduce al cielo. Ninguno de nosotros llegará solo. Necesitamos el apoyo, las oraciones y el ánimo de nuestros hermanos. Luchemos unidos y nunca dejemos de motivarnos los unos a los otros. Que cada congregación procure estar llena de “Bernabés”, hombres y mujeres comprometidos con fortalecer la fe de aquellos que les rodean.

En lo personal, agradezco a todos mis hermanos y hermanas en Cristo que a través de los años han tomado el tiempo para brindarme palabras de ánimo. Dios les bendiga por ser verdaderos “hijos de consolación”. Que el Señor nos ayude a todos a ser instrumentos de aliento, esperanza y edificación para Su pueblo.

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PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: El Problema de los Cristianos Calienta Bancas por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor, es el problema de los cristianos “calienta bancas”. ¿Qué significa esta expresión? La idea detrás de ella describe a miembros de la iglesia que solamente asisten a los servicios de adoración, pero tienen poca o ninguna participación activa en la obra del Señor. Por obra del Señor nos referimos a responsabilidades tales como el evangelismo personal, la enseñanza de clases Bíblicas para diferentes edades, la preparación o compra de alimentos para los convivios de la iglesia, la limpieza después de eventos congregacionales, la ayuda con decoraciones para ocasiones especiales, la participación en los servicios de adoración, la bienvenida a los visitantes, la promoción de actividades de la iglesia en las redes sociales, el ofrecimiento de ayuda a los ancianos y diáconos, la visita a los enfermos, el ánimo a los desanimados, la ayuda a los nuevos convertidos para que crezcan espiritualmente, y muchas otras oportunidades de servicio. Esta lista cubre solamente algunas de las muchas maneras en que los cristianos pueden contribuir activamente a la obra del Señor.

Tristemente, muchos miembros de la iglesia se conforman con simplemente asistir a los servicios y luego regresar a sus hogares sin mayor participación. Otros ni siquiera asisten regularmente y, cuando lo hacen, su única contribución es ocupar un asiento. Algunos asisten fielmente, pero dedican su tiempo a criticar a la congregación en lugar de animarla. Hermanos, esto no debería ser así.

Los miembros fieles de la iglesia del Señor deben asistir regularmente a los servicios de adoración (Hebreos 10:25; Mateo 6:33; Colosenses 3:1-4). Sin embargo, nuestro servicio a Dios va mucho más allá de simplemente estar presentes. El cristianismo nunca tuvo la intención de ser una religión de espectadores. Cada cristiano ha sido llamado a servir, crecer y contribuir al bienestar espiritual de la congregación. El Nuevo Testamento enseña que cada miembro tiene una función dentro del cuerpo de Cristo (Romanos 12:4-8; 1 Corintios 12:12-27). Así como cada parte del cuerpo humano tiene un propósito, cada cristiano posee habilidades y oportunidades que pueden ser utilizadas para la gloria de Dios.

Los cristianos del primer siglo procuraban ser útiles tanto dentro como fuera de la asamblea de adoración. Su dedicación fue extraordinaria, dando como resultado crecimiento espiritual y numérico para la gloria de Dios. Esto es exactamente lo que observamos a lo largo del libro de los Hechos. Vemos cristianos enseñando a otros (Hechos 8:4), animando a los creyentes (Hechos 11:22-24), ayudando a los necesitados (Hechos 2:44-47) y trabajando juntos para esparcir el evangelio por todo el mundo (Hechos 17:6). La iglesia primitiva estaba compuesta por obreros activos, no por observadores pasivos.

Uno de los mayores peligros de convertirse en un cristiano calienta bancas es el estancamiento espiritual. Un cristiano que no sirve frecuentemente deja de crecer. Dios espera que Su pueblo madure espiritualmente y produzca fruto en Su reino. Jesús enseñó: “En esto es glorificado Mi Padre, en que llevéis mucho fruto” (Juan 15:8). Cuando los cristianos no participan activamente en la obra del Señor, se privan de oportunidades para crecer, animar a otros y glorificar a Dios.

Además, las Escrituras condenan repetidamente la pereza espiritual. El siervo que enterró su talento en lugar de utilizarlo fue reprendido por su señor (Mateo 25:24-30). La iglesia necesita obreros dispuestos a dedicar su tiempo, talentos y recursos a la causa de Cristo. El apóstol Pablo exhortó a los cristianos a estar “firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre” (1 Corintios 15:58). Observe que Pablo no animó a una participación ocasional, sino a una dedicación continua a la obra del Señor.

¿Qué pueden hacer los cristianos para evitar caer en el error de simplemente calentar una banca en la iglesia del Señor? Considere lo siguiente:

  1. Cultive un profundo amor por Dios (Marcos 12:30). El amor genuino por Dios motivará un servicio activo y una obediencia fiel.
  2. Recuerde que Dios desea un crecimiento continuo en Su obra (1 Corintios 15:58; 2 Pedro 3:18).
  3. Tenga presente que la ociosidad en la obra del Señor no produce fruto para la gloria de Dios (2 Pedro 1:5-11; Tito 3:14).
  4. Recuerde que la falta de crecimiento espiritual puede impedir la entrada al cielo (2 Pedro 1:10-11; 2 Timoteo 4:7-8).
  5. Cultive un profundo amor por la iglesia del Señor, recordando que Cristo murió por ella (Hechos 20:28; Efesios 5:25).
  6. Descubra y desarrolle las habilidades que Dios le ha dado para ponerlas al servicio de los demás (1 Pedro 4:10-11).
  7. Propóngase animar al menos a una persona cada semana (Hebreos 3:13; 10:24-25).
  8. Involúcrese activamente en el evangelismo y en compartir el evangelio con otros (Mateo 28:19-20; Hechos 8:4).
  9. Ore regularmente por oportunidades para servir y por la sabiduría necesaria para reconocerlas (Colosenses 4:2-6).
  10. Recuerde que un día todos daremos cuenta de nuestra mayordomía delante de Dios (Romanos 14:12; 2 Corintios 5:10).

Dios no quiere cristianos que simplemente calienten bancas. Él desea siervos fieles que glorifiquen Su nombre mediante vidas de dedicación, servicio y crecimiento espiritual. La iglesia es más fuerte cuando cada miembro participa activamente en la obra del Señor. Por lo tanto, esforcémonos cada día por darle a Dios lo mejor de nosotros, sabiendo que nuestro trabajo en el Señor no es en vano (1 Corintios 15:58). Que nunca nos conformemos con simplemente ocupar un asiento cuando Dios nos ha llamado a ocupar un lugar de servicio en Su reino.

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PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: ARRASTRAR A LA HIPOCRESÍA A LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista de cosas que perjudican a la iglesia del Señor es la de arrastrar a otros hermanos a la hipocresía y al error. Este problema no es nuevo; ha existido desde los tiempos del cristianismo primitivo y ha causado grandes divisiones, tropiezos y daños espirituales dentro del cuerpo de Cristo. Cuando hermanos con influencia, liderazgo o reputación espiritual practican conductas contrarias a la voluntad de Dios, muchas veces terminan influyendo negativamente en otros miembros de la congregación. Por esta razón, la Biblia exhorta a cada cristiano a vivir con integridad y cuidado, reconociendo que nuestras acciones afectan a quienes nos rodean.

El apóstol Pablo escribió lo siguiente a los hermanos en Galacia:

“Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos” (Gálatas 2:11-13).

Muchos conocemos lo que sucedió en este contexto. El apóstol Pedro, por temor a ciertos judíos, comenzó a actuar con hipocresía al apartarse de los cristianos gentiles. Pablo tuvo que resistirlo públicamente porque su conducta no estaba conforme a la verdad del evangelio (Gál. 2:14). El propósito de este artículo no es analizar todos los detalles del contexto, sino considerar una de las consecuencias más peligrosas de la hipocresía: la influencia negativa que puede ejercer sobre otros cristianos.

El texto declara que “aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos” (Gál. 2:13). La palabra “arrastrado” implica ser llevado juntamente con otros hacia una conducta equivocada. El término “simulación” denota actuar hipócritamente junto con otros, fingir o participar colectivamente en una práctica incorrecta. Esto nos enseña una lección muy seria: el pecado y la hipocresía pueden propagarse rápidamente dentro de una congregación cuando no son confrontados Bíblicamente.

El caso de Bernabé hace aún más impactante este incidente. Bernabé era conocido como un cristiano ejemplar. La Biblia lo presenta como un hombre generoso que ayudó a los necesitados (Hch. 4:36-37), un hermano que apoyó al apóstol Pablo cuando muchos le tenían temor (Hch. 9:26-27), un “varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe” (Hch. 11:24), y un fiel defensor del evangelio (Hch. 15). Sin embargo, aun un hombre tan espiritual como Bernabé pudo ser influenciado negativamente por la conducta de otros. Esto demuestra que ningún cristiano debe pensar que está completamente inmune al peligro de ser arrastrado al error (1 Cor. 10:12).

Hoy en día sucede lo mismo en muchas congregaciones. Hay hermanos que poseen gran influencia debido a su antigüedad, conocimiento Bíblico, amistad cercana o posición dentro de la iglesia. Cuando tales hermanos comienzan a practicar actitudes pecaminosas o promueven ideas contrarias a la sana doctrina, otros terminan siguiéndolos ciegamente. Algunos arrastran a otros al desánimo, la crítica constante, la división, el liberalismo doctrinal, la mundanalidad, el favoritismo, la rebeldía contra la autoridad Bíblica o la apatía espiritual.

La Biblia advierte repetidamente acerca del peligro de las malas influencias:

  • “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Cor. 15:33).
  • “Un poco de levadura leuda toda la masa” (Gál. 5:9).
  • “No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas” (Ef. 5:11).
  • “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Heb. 12:15).

Es triste observar cómo algunas congregaciones han sufrido divisiones y conflictos porque ciertos hermanos influyentes persuaden a otros a seguir caminos incorrectos. En ocasiones, hermanos respetados utilizan su influencia para sembrar descontento, hablar mal de otros, cuestionar decisiones Bíblicas, o promover actitudes carnales. Tales acciones dañan profundamente la unidad y la espiritualidad de la iglesia. Pablo exhortó a los hermanos: “Os ruego, pues, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos” (Rom. 16:17).

También debemos reconocer que la hipocresía no solamente perjudica al que la practica, sino también a los nuevos convertidos y a los débiles en la fe. Jesús habló severamente acerca de aquellos que hacen tropezar a otros:

“Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera si se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mt. 18:6).

Cada cristiano debe examinar cuidadosamente el impacto de su ejemplo. Nuestras palabras, actitudes y acciones pueden fortalecer o destruir la fe de otros. Por esta razón, Pablo escribió: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Cor. 11:1). Todo cristiano debe procurar ser una influencia piadosa y no un tropiezo para la iglesia.

¿Qué lecciones podemos aprender de Gálatas 2:13 respecto al peligro de arrastrar a otros a la hipocresía?

  1. Aun hermanos fieles pueden ser arrastrados al error.
    Nadie debe confiar excesivamente en sí mismo (1 Cor. 10:12).
  2. Los hermanos con influencia pueden afectar positiva o negativamente a otros.
    El ejemplo tiene un enorme poder dentro de la congregación (1 Tim. 4:12).
  3. No debemos seguir ciegamente a ningún hombre.
    Nuestra lealtad suprema debe ser siempre hacia Cristo y Su Palabra (Hch. 5:29).
  4. Cuando un hermano anda desordenadamente, debe ser exhortado con amor y firmeza.
    Pablo corrigió públicamente a Pedro porque el daño era público (Gál. 2:11-14).
  5. La hipocresía puede extenderse rápidamente dentro de la iglesia.
    El pecado tolerado termina contaminando a otros (1 Cor. 5:6).
  6. Cada cristiano debe cuidar su influencia.
    Jesús enseñó que somos luz del mundo y sal de la tierra (Mt. 5:13-16).
  7. La unidad verdadera solamente puede existir cuando todos andamos conforme a la verdad del evangelio.
    La unidad sin verdad no agrada a Dios (Jn. 17:17; Ef. 4:1-6).

La iglesia del Señor en muchos lugares ha sido lastimada y obstaculizada en su trabajo espiritual por causa de hermanos que no se conducen conforme a la voluntad de Dios y que además influyen negativamente sobre otros. Por esta razón, cada cristiano debe orar constantemente a Dios para nunca convertirse en instrumento de división, hipocresía o tropiezo dentro de la congregación.

Procuremos más bien ser cristianos fieles que animen a otros a permanecer firmes en la verdad, el amor y la pureza espiritual. Que nuestro ejemplo siempre conduzca a otros más cerca de Cristo y nunca lejos de Él.

Willie A. Alvarenga | (817) 681 4543 | btsop2004@gmail.com

RETOS QUE ENFRENTAN LOS JÓVENES – “APRENDER A MANTENERSE OCUPADOS EN LA OBRA DEL SEÑOR” por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que los jóvenes enfrentan hoy en día es aprender a mantenerse ocupados en la obra del Señor. Las distracciones que este mundo presenta al joven Cristiano son muchas. En la mayoría de los casos, estas distracciones impiden que los jóvenes permanezcan activos en el servicio a Dios. La Biblia nos recuerda que los Cristianos no deben permitir que el mundo los aparte de su fidelidad a Dios. 1 Juan enseña que no debemos amar al mundo ni las cosas que están en el mundo, porque el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2:15-17). Los jóvenes Cristianos deben recordar que Satanás constantemente busca oportunidades para desanimarlos de servir fielmente a Dios. Por esta razón, deben permanecer espiritualmente alertas y firmes en su compromiso con Cristo.

¿Cuáles son algunas actividades en las que los jóvenes deberían participar, pero muchas veces no lo hacen a causa de las distracciones? Las siguientes son dignas de seria consideración: (1) Participar en los diferentes privilegios durante la adoración a Dios, tales como cantar, dirigir oraciones, lecturas Bíblicas, asistir en la Cena del Señor, devocionales y otras áreas de servicio, (2) Participar en actividades juveniles que fortalezcan la comunión Cristiana y el crecimiento espiritual, (3) Participar en el evangelismo personal compartiendo el evangelio con amigos, compañeros de escuela, vecinos y familiares, (4) Ayudar en eventos congregacionales tales como conferencias, campañas evangelísticas, seminarios, escuelas Bíblicas de vacaciones y reuniones evangelísticas, y (5) Animar a otros jóvenes a ser miembros activos y fieles de la congregación. Eclesiastés recuerda a los jóvenes: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud” (Eclesiastés 12:1). Asimismo, 1 Timoteo enseña que los jóvenes Cristianos pueden ser ejemplos “en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12).

Dios siempre se ha agradado de los jóvenes que toman muy en serio el trabajo de Su reino. A través de las Escrituras leemos acerca de jóvenes fieles como José, Daniel y Timoteo, quienes permanecieron fieles a Dios a pesar de circunstancias difíciles y presiones mundanas. Joven, tú tienes un gran potencial para servir fielmente a nuestro Dios. Nunca subestimes el valor de tu servicio en el reino de Cristo. Por lo tanto, se te anima a hacer todo esfuerzo para evitar que las distracciones de este mundo te aparten de ofrecer un servicio agradable a Dios. Colosenses exhorta a los Cristianos: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23). A todos los jóvenes que ya están activos en la obra del Señor, muchas gracias por su fiel servicio a Dios y por su ejemplo para otros. Sigan adelante, “firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre” (1 Corintios 15:58).

RETOS QUE ENFRENTA EL JOVEN: APRENDER A ORAR COMO JESÚS ORABA por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que los jóvenes enfrentan hoy es aprender a orar como Jesús oraba. La oración es una parte esencial de la vida del cristiano (Fil. 4:6-7; Heb. 4:16). No se puede vivir la voluntad de Dios en nuestras vidas a menos que se tome muy en serio la práctica de la oración (Mt. 26:41). La Biblia enseña mucho acerca de nuestra comunicación con Dios, mostrando que la oración fortalece la fe, trae paz al corazón y nos acerca más al Padre (Sal. 55:17; Jer. 33:3). El apóstol Pablo enfatizó el mandato de orar sin cesar (1 Tes. 5:17; Col. 4:2; Rom. 12:12), recordándonos que la oración debe ser constante, perseverante y llena de gratitud.

Esta práctica de la oración estuvo muy cerca del corazón de Jesús. Él es, en verdad, nuestro mejor y supremo ejemplo a seguir respecto a la oración (1 P. 2:21). A través de los evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan, vemos que Jesús practicó la oración en distintos contextos y momentos clave de su vida. Por ejemplo, oró en su bautismo (Lc. 3:21), mostrando dependencia del Padre desde el inicio de Su ministerio; oraba muy temprano por las mañanas (Mr. 1:35), evidenciando disciplina espiritual; oraba largamente antes de tomar decisiones importantes (Lc. 6:12), enseñándonos a buscar la dirección divina; oraba antes de comer (Jn. 6:11), manifestando gratitud; oraba por sus discípulos (Jn. 17), demostrando amor e intercesión; y oraba en los momentos más difíciles de su vida (Mt. 26:36-46; Heb. 5:7), revelando su completa sumisión a la voluntad de Dios.

Además, Jesús no solo practicó la oración, sino que también enseñó cómo orar correctamente. En el Sermón del Monte, instruyó a sus discípulos sobre la actitud correcta en la oración (Mt. 6:5-15), enfatizando sinceridad, humildad y confianza en Dios. También enseñó la importancia de la perseverancia mediante parábolas como la del amigo importuno y la viuda persistente (Lc. 11:5-13; 18:1-8). De igual manera, mostró que la oración debe hacerse con fe (Mr. 11:24), conforme a la voluntad de Dios (Mt. 6:10), y con un corazón limpio (Sal. 66:18).

Esta es la vida de oración que cada joven cristiano debe imitar de Jesús. Es un reto vivir de esta manera en medio de un mundo lleno de distracciones, pero no es imposible (Fil. 4:13). Requiere disciplina, deseo espiritual y un corazón dispuesto a agradar a Dios (Col. 3:17). La oración constante ayudará al joven a vencer la tentación, fortalecer su fe y mantenerse firme en el camino del Señor (Ef. 6:18).

Por lo tanto, se te anima a que ores a Dios para pedir sabiduría (Stg. 1:5) y aprender a orar como Él desea. Haz de la oración una prioridad diaria en tu vida. Las bendiciones que recibirás al hacerlo serán grandes, pues Dios escucha a sus hijos y responde conforme a su perfecta voluntad (1 Jn. 5:14-15).

Prácticas que lastiman la iglesia: La ignorancia Bíblica por Willie A. Alvarenga

Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor es la ignorancia Bíblica. Este ha sido un problema grave desde tiempos antiguos y continúa siendo una amenaza en nuestros días. Una lectura cuidadosa del Antiguo Testamento muestra cómo el pueblo de Dios, en diversas ocasiones, abrió la puerta al desconocimiento de Su voluntad, con consecuencias devastadoras.

Por ejemplo, en Isaías 5:13, el profeta escribió: “Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed”. Este pasaje demuestra claramente que la falta de conocimiento bíblico conduce a una cautividad espiritual. De igual manera, el profeta Oseas advirtió sobre las terribles consecuencias de ignorar la Palabra de Dios: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento…” (Oseas 4:6). La ignorancia no es simplemente una debilidad; es una condición peligrosa que puede llevar a la destrucción espiritual.

La Biblia también enseña que Dios desea que Su pueblo crezca en conocimiento. En Proverbios 1:7 leemos que “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová”, mientras que en Proverbios 2:1-6 se nos exhorta a buscar la sabiduría como un tesoro. Asimismo, el profeta Jeremías lamentó que el pueblo no conocía a Dios (Jeremías 9:3-6), lo cual evidencia que la ignorancia espiritual es señal de alejamiento de Él.

Ahora bien, ¿de qué manera puede el pueblo de Dios caer en esta ignorancia?
(1) Siendo negligente en crecer en el conocimiento de la Palabra (2 Pedro 3:18),
(2) No permitiendo que la Palabra de Cristo habite en abundancia en el corazón (Colosenses 3:16),
(3) Fallando en poner en práctica lo aprendido (Santiago 1:22-25),
(4) Descuidando la lectura constante de las Escrituras (1 Timoteo 4:13),
(5) No enseñando correctamente la doctrina (2 Timoteo 2:15; 1 Pedro 4:11),
(6) No guardando la Palabra en el corazón (Salmo 119:11),
(7) Fallando en obedecer lo que Dios manda (Juan 14:15),
(8) Dejándose llevar por falsas enseñanzas (Efesios 4:14),
(9) Rechazando el amor por la verdad (2 Tesalonicenses 2:10-12).

La ignorancia Bíblica ha sido una de las causas principales por las cuales el pueblo de Dios ha fallado en cumplir Su voluntad. Esta voluntad no puede llevarse a cabo si abrimos la puerta a la insensatez y al desconocimiento de las Escrituras. El apóstol Pablo exhortó: “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5:17). Asimismo, en Romanos 10:2-3, Pablo describe a aquellos que tienen celo por Dios, pero no conforme a ciencia, mostrando que el entusiasmo sin conocimiento también puede llevar al error.

La única manera de mantenernos firmes en el camino del Señor es prestando diligente atención a la Palabra de Dios. Ella es la lámpara que guía nuestros pasos (Salmo 119:105), el consejo seguro para nuestras decisiones (Salmo 119:24), y el medio por el cual nuestra fe crece (Romanos 10:17). Jesús mismo declaró: “Erráis, ignorando las Escrituras” (Mateo 22:29), indicando que el error doctrinal muchas veces tiene su raíz en la ignorancia Bíblica.

Además, la Palabra de Dios tiene el poder de salvar nuestras almas (Santiago 1:21), hacernos sabios para la salvación (2 Timoteo 3:15), y transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento (Romanos 12:2). Es la Palabra inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16), útil para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia, y capaz de equiparnos completamente para toda buena obra (2 Timoteo 3:17).

Hermanos, la ignorancia Bíblica puede llegar a ser tan peligrosa que incluso puede impedir nuestra entrada al cielo (Oseas 4:6; Mateo 7:21-23). Por esta razón, se anima al pueblo de Dios a tomar con mayor seriedad el crecimiento espiritual. Es necesario escudriñar las Escrituras diariamente, como lo hacían los de Berea (Hechos 17:11), y desear la Palabra como niños recién nacidos desean la leche espiritual (1 Pedro 2:2).

Se nos exhorta a cultivar un profundo amor por la Palabra de Dios (Salmo 119:97), a meditar en ella día y noche (Josué 1:8), y a perseverar en su estudio y obediencia. De esta manera, no solo seremos conocedores, sino también hacedores de la Palabra (Santiago 1:22).

Debemos reconocer que un pueblo instruido en la Palabra de Dios será útil y de gran bendición para la obra del Señor. La sabiduría y la inteligencia que la Palabra produce en nuestras vidas (Deuteronomio 4:6) nos ayudarán a vivir de tal manera que glorifiquemos a Dios en todo. No solamente esto, sino que también nos dará la bendición de, un día, estar en el cielo con nuestro Dios, habiendo permanecido fieles a Su verdad.

Retos que enfrentan los jóvenes: Convertirse en una «Biblia Andante» por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que los jóvenes enfrentan hoy en día es llegar a ser una “Biblia andante”. Esta expresión se ha utilizado por años para describir a cristianos—tanto jóvenes como adultos—que han dedicado tiempo, esfuerzo y disciplina a memorizar las Escrituras y a familiarizarse profundamente con las enseñanzas de la Palabra de Dios. Una “Biblia andante” no es simplemente alguien que puede citar muchos versículos de memoria, sino una persona que vive fielmente, aplica y enseña lo que Dios ha revelado. Es alguien cuya vida refleja el conocimiento bíblico en su conducta diaria (cf. Santiago 1:22).

Los jóvenes poseen un gran potencial para alcanzar esta meta. Sus mentes y corazones pueden compararse con una “esponja” que absorbe fácilmente el conocimiento. La Escritura misma reconoce el potencial espiritual de la juventud. Eclesiastés 12:1 exhorta: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud”, mientras que 1 Timoteo 4:12 anima: “Ninguno tenga en poco tu juventud…”. Muchos jóvenes fieles a lo largo de la historia bíblica demostraron que es posible conocer profundamente la voluntad de Dios desde temprana edad, como Timoteo, quien desde la niñez conocía las Sagradas Escrituras (2 Timoteo 3:15).

Memorizar las Escrituras es una herramienta poderosa para la vida cristiana. No solo fortalece la fe, sino que también capacita a los jóvenes para enfrentar la tentación y enseñar a otros. La Biblia enseña claramente: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra”, y “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119:9, 11). Además, la Palabra de Dios es descrita como luz y guía (Salmo 119:105), viva y eficaz (Hebreos 4:12), y capaz de equiparnos para toda buena obra (2 Timoteo 3:16–17).

Cuando un joven decide llenarse de la Palabra de Dios, experimenta muchas bendiciones. Obtiene fortaleza contra el pecado, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien usó la Escritura para resistir la tentación (Mateo 4:1–11). Está preparado para enseñar a otros, como instruye 1 Pedro 3:15, estando siempre listo para presentar defensa. También experimenta crecimiento espiritual continuo, deseando “la leche espiritual no adulterada” (1 Pedro 2:2), y adquiere verdadera sabiduría, ya que “la ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo” (Salmo 19:7). Además, su obediencia se convierte en evidencia de su amor por Dios: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

Convertirse en una “Biblia andante” requiere disciplina y compromiso. Los jóvenes pueden cultivar esta meta mediante la lectura diaria de la Biblia (Josué 1:8), la memorización constante de versículos, la meditación en la Palabra (Salmo 1:1–2), el escuchar enseñanza bíblica sana y la aplicación de lo aprendido en la vida cotidiana. Estas prácticas ayudan a transformar el conocimiento en una vida fiel.

El joven cristiano enfrenta muchos retos en el mundo actual, pero uno de los más importantes es llenarse de la Palabra de Dios (Colosenses 3:16). Llegar a ser una “Biblia andante” no es opcional para el crecimiento espiritual; es esencial. Al hacerlo, el joven no solo agradará a Dios, sino que también estará mejor preparado para enfrentar la vida, ayudar a otros y, finalmente, alcanzar la vida eterna. Como declaró el salmista: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). ¡Que Dios nos ayude a ser “Biblias andantes” en nuestra vida!