PRACTICAS QUE LASTIMAN A LA IGLESIA: PROVEER UNA PLATAFORMA PARA QUE PREDICADORES ENSEÑEN EL ERROR por Willie A. Alvarenga

Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista de cosas que lastiman a la iglesia del Señor es proveer una plataforma pública a predicadores y maestros que enseñan el error. Esta práctica se ha llevado a cabo en algunas congregaciones donde hombres que sostienen y promueven enseñanzas contrarias a la Palabra de Dios son invitados a predicar, impartir clases Bíblicas, participar en conferencias, campañas evangelísticas, seminarios y otros eventos públicos.

Este asunto debe ser tomado con mucha seriedad porque Dios siempre ha demandado que Su pueblo tenga cuidado con la falsa enseñanza y con aquellos que la promueven. La iglesia no puede tratar el error doctrinal como si fuera un asunto insignificante.

La iglesia debe distinguir entre la verdad y el error

La Biblia enseña claramente que no toda enseñanza religiosa es aceptable delante de Dios. Jesús advirtió:

“Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mateo 7:15).

Cristo no dijo que simplemente escucháramos a todos y aceptáramos sus enseñanzas. Al contrario, nos exhortó a tener cuidado y a reconocer a los falsos maestros.

Juan también escribió:

“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1).

Por lo tanto, la iglesia tiene la responsabilidad de examinar, probar y discernir lo que se enseña. No debemos asumir que un hombre enseña la verdad simplemente porque es un buen predicador, tiene muchos años de experiencia, es muy conocido, posee una excelente educación o habla con mucha elocuencia.

Pablo dijo:

“Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21).

Los bereanos fueron elogiados porque:

“…recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).

La autoridad no está en el predicador; la autoridad está en la Palabra de Dios.

Pablo enseñó que debemos apartarnos de quienes enseñan contra la doctrina

El apóstol Pablo escribió a los santos en Roma:

“Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos” (Romanos 16:17).

Observe cuidadosamente las palabras de Pablo:

“Fijaos” — “en contra de la doctrina” — “apartéis de ellos”.

No se trata simplemente de identificar el error. También existe una responsabilidad de apartarse de quienes persistentemente promueven ese error.

Pablo continúa diciendo:

“Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos” (Romanos 16:18).

Aquí encontramos una advertencia muy importante: los falsos maestros pueden utilizar palabras suaves y lisonjas para engañar a personas que no están bien fundamentadas en la Palabra de Dios.

Por esta razón, una iglesia debe tener mucho cuidado con quién invita a ocupar su púlpito.

La iglesia no debe participar en las obras del error

Pablo escribió:

“Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas” (Efesios 5:11).

Si un predicador está promoviendo públicamente una doctrina falsa, una congregación no debería convertirse en el medio por el cual esa enseñanza obtiene mayor exposición.

Aquí debemos hacernos una pregunta seria:

¿Puede una iglesia decir que no está de acuerdo con el error, pero al mismo tiempo darle su púlpito, promocionarlo, invitarlo a predicar y presentarlo públicamente como un hombre digno de confianza?

Debemos pensar seriamente en la influencia que estamos proporcionando.

Una cosa es invitar a alguien para confrontar Bíblicamente su error, y otra muy diferente es invitarlo como predicador o maestro aprobado para que exponga sus enseñanzas ante la congregación.

La Biblia enseña que debemos tener cuidado con aquellos que no permanecen en la doctrina de Cristo

El apóstol Juan escribió:

“Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios…” (2 Juan 9).

Luego añade:

“Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras” (2 Juan 10-11).

Este pasaje merece nuestra atención.

Juan no está enseñando que debemos ser descorteses con todas las personas que sostienen alguna idea equivocada. El contexto trata con aquellos que no permanecen en la doctrina de Cristo y que vienen promoviendo el error.

La lección es clara: no debemos proporcionar apoyo, aprobación o una plataforma que ayude a promover la falsa doctrina.

“Pero no va a enseñar el error que sostiene”

Una de las excusas que algunas personas utilizan para justificar la invitación de predicadores que enseñan error es:

“Hermano, él no va a enseñar el tema en el cual está equivocado. Solamente va a predicar el tema que le asignamos”.

Hermanos, debemos tener mucho cuidado con esta manera de pensar.

Si sabemos que un hombre está promoviendo públicamente una doctrina contraria a la Palabra de Dios, ¿por qué debemos darle una plataforma para que sea presentado ante otros como un maestro digno de confianza?

El problema no es solamente qué tema va a predicar esa noche. También debemos considerar qué mensaje estamos comunicando al invitarlo.

Cuando una congregación invita públicamente a un hombre para que predique, muchas personas naturalmente concluyen:

“Esta iglesia confía en este hermano y considera que es un hombre fiel”.

Por eso debemos ser cuidadosos.

Pablo dijo:

“No impongas con ligereza las manos a ninguno…” (1 Timoteo 5:22).

Aunque el contexto inmediato trata de la imposición de manos, el principio de no aprobar o asociarnos precipitadamente con alguien sin una evaluación cuidadosa es igualmente importante.

Un buen predicador no convierte el error en verdad

Algunas veces se escucha:

“Pero hermano, él es un excelente predicador”. “El hermano es experto en los idiomas de la Biblia”. “El hermano es muy reconocido en las iglesias de Cristo”.

Puede ser un excelente orador y, al mismo tiempo, estar equivocado en su doctrina.

La capacidad de hablar bien no determina la verdad de un mensaje.

Pablo dijo:

“Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo” (1 Corintios 1:17).

La elocuencia nunca debe sustituir la verdad.

Pablo también dijo:

“Porque no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo” (2 Corintios 2:17).

Lo que debe impresionar a la iglesia no es solamente cómo predica un hombre, sino qué predica.

No debemos ser seguidores de hombres

Uno de los grandes peligros dentro de la iglesia es desarrollar lealtad a determinados predicadores en lugar de desarrollar lealtad a Cristo.

Pablo reprendió este espíritu cuando dijo:

“Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos… ¿no sois carnales?” (1 Corintios 3:4).

La pregunta que debemos hacer no es:

“¿Quién lo dijo?”

Sino:

“¿Qué dice la Biblia?”

Pablo mismo dijo:

“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1).

La autoridad final no pertenece a ningún predicador, anciano, evangelista, profesor o conferencista. La autoridad pertenece a Cristo y a Su Palabra (Mateo 28:18; Colosenses 3:17).

¿Qué clase de errores se están promoviendo?

El problema de proporcionar una plataforma a quienes enseñan el error no es simplemente teórico. Existen doctrinas y prácticas que pueden causar graves consecuencias espirituales.

Por ejemplo, algunos enseñan que una pareja puede simplemente vivir junta y considerarse casada sin respetar las leyes civiles correspondientes, ignorando principios Bíblicos relacionados con el matrimonio, la autoridad civil y la santidad de la relación matrimonial (Romanos 13:1-7; Hebreos 13:4). Tales personas permanecen en esta condición por causa de predicadores que les convencen de que están bien.

Otros han promovido conceptos equivocados acerca de los requisitos para ancianos y diáconos, intentando modificar o minimizar las cualificaciones establecidas por Dios.

Sin embargo, Pablo dijo:

“Es necesario que el obispo sea irreprensible…” (1 Timoteo 3:2).

Y nuevamente:

“Porque es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios…” (Tito 1:7).

No tenemos autoridad para cambiar las cualificaciones que Dios estableció. Se debe razonar correctamente al respecto. Si puedo cambiar un requisito, entonces podré cambiarlos todos. Ningún hermano califica para ser anciano o diácono si no cumple con la totalidad de los requisitos que el Espíritu Santo ha presentado en Su Palabra.

También existen quienes enseñan que algunas partes de la adoración son más importantes que otras, creando una jerarquía que Dios no ha establecido.

Debemos recordar que Jesús dijo:

“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24).

Nuestra adoración debe ser conforme a la verdad de Dios (Juan 17:17), no conforme a preferencias humanas.

Otros enseñan incorrectamente acerca de la salvación y la obediencia al evangelio, haciendo creer a las personas que pueden estar bien delante de Dios sin haber obedecido los mandamientos del evangelio como Dios manda.

Sin embargo, Pablo habló de aquellos:

“…que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 1:8).

Y el mismo apóstol enseñó que los romanos habían:

“obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados” (Romanos 6:17).

La doctrina Bíblica debe ser creída, enseñada y obedecida.

También debemos tener cuidado de no llamar pecado aquello que Dios no ha llamado pecado. La Biblia enseña que debemos hablar conforme a las palabras de Dios:

“Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios…” (1 Pedro 4:11).

No tenemos derecho de convertir nuestras opiniones, preferencias o tradiciones en leyes divinas. No hay autoridad Bíblica para enseñar que la celebración de un cumpleaños es pecado delante de Dios. Con ello no me estoy refiriendo a un cumpleaños donde se practican prácticas que van en contra de la voluntad de Dios, sino más bien, a una simple observancia de un cumpleaños.

La iglesia tiene la responsabilidad de proteger al rebaño

Los ancianos de la iglesia tienen una responsabilidad especial de proteger a la congregación.

Pablo dijo a los ancianos de Éfeso:

“Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor…” (Hechos 20:28).

Luego les advirtió:

“Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (Hechos 20:29).

Y añadió:

“Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hechos 20:30).

Observe la seriedad de estas palabras.

El rebaño necesita protección.

Una iglesia no debe esperar hasta que muchas almas hayan sido afectadas para comenzar a tomar en serio la falsa doctrina.

Pablo dijo:

“Por tanto, velad…” (Hechos 20:31).

La vigilancia espiritual es parte de la responsabilidad de los líderes de la iglesia.

La iglesia debe contender por la fe

Judas escribió:

“Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3).

¿Por qué era necesario contender?

Porque:

“Porque algunos hombres han entrado encubiertamente…” (Judas 4).

La iglesia del Señor debe defender la verdad sin odio, sin arrogancia y sin espíritu carnal, pero también sin cobardía y sin comprometer la verdad.

Pablo dijo:

“No puedo hacer nada contra la verdad, sino a favor de la verdad” (2 Corintios 13:8).

Debemos amar a las personas, pero también amar la verdad

Es importante aclarar algo: rechazar una doctrina falsa no significa odiar a la persona que la enseña.

Pablo dijo:

“No lo tengáis por enemigo, sino amonestadle como a hermano” (2 Tesalonicenses 3:15).

El objetivo de la corrección Bíblica no es destruir personas, sino salvar almas y preservar la pureza de la iglesia.

Santiago escribió:

“Sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Santiago 5:20).

Por lo tanto, debemos hablar la verdad con amor (Efesios 4:15), pero nunca sacrificar la verdad para mantener relaciones humanas.

¿Qué debemos hacer entonces?

Las congregaciones deben establecer principios Bíblicos claros al seleccionar a los hombres que serán invitados a predicar.

Antes de invitar a un predicador, debemos preguntarnos:

  1. ¿Es fiel a la doctrina de Cristo? (2 Juan 9).
  2. ¿Qué enseña públicamente sobre temas doctrinales importantes?
  3. ¿Su enseñanza está de acuerdo con las Escrituras? (1 Tesalonicenses 5:21).
  4. ¿Está dispuesto a defender toda la verdad? (Judas 3).
  5. ¿Su vida respalda lo que predica? (Mateo 7:20).
  6. ¿Su influencia ayudará o dañará espiritualmente a la congregación?
  7. ¿Estamos presentando a este hombre como alguien digno de confianza delante de nuestros jóvenes, familias y nuevos convertidos?

No debemos ser ingenuos.

Una congregación puede ser doctrinalmente sana en su declaración de fe, pero debilitarse poco a poco por medio de los hombres a quienes permite enseñar desde su púlpito.

Hermanos, una plataforma es una oportunidad de influencia. Cuando una iglesia invita a un hombre a predicar, no solamente le está dando un micrófono; le está dando acceso a las mentes y corazones de las personas.

Por eso debemos ser extremadamente cuidadosos.

No podemos decir:

“No importa lo que enseñe en otros lugares”

No podemos decir:

“Aquí solamente predicará sobre otro tema”

No podemos decir:

“Es un excelente orador”

No podemos decir:

“Todos lo conocen y lo respetan”

La pregunta que debe determinar nuestra decisión es:

¿Es fiel a la Palabra de Dios?

Pablo dijo:

“Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos” (Romanos 16:17).

Juan dijo:

“Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis…” (2 Juan 10).

Judas dijo:

“…contendáis ardientemente por la fe…” (Judas 3).

Y los apóstoles declararon:

“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).

La lealtad de la iglesia debe ser a Cristo, no a los hombres.

No debemos proteger la reputación de un predicador a costa de la verdad. No debemos proteger amistades a costa de la sana doctrina. No debemos proteger eventos, conferencias o campañas a costa de la pureza de la iglesia.

Cristo murió por Su iglesia (Hechos 20:28; Efesios 5:25), y nosotros tenemos la responsabilidad de respetar, defender y preservar la verdad que Él nos ha entregado.

Por tanto, tengamos cuidado de quién invitamos, a quién recomendamos, a quién apoyamos y a quién colocamos delante de la iglesia como maestro de la Palabra de Dios.

Que nunca olvidemos las palabras de Pablo:

“No puedo hacer nada contra la verdad, sino a favor de la verdad” (2 Corintios 13:8).

Y que nuestra resolución siempre sea:

“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no utilizan sabiamente su tiempo en la obra del Señor por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de predicadores que no utilizan sabiamente su tiempo en la obra del Señor.

Hace varios años escuché a un predicador decir lo siguiente: “Es un asunto de conciencia para el predicador el no levantarse temprano para trabajar en la obra del Señor”. He tratado de encontrar la fuente original de esta declaración, pero hasta este momento no he podido identificar con certeza quién la dijo originalmente. Por esta razón, no deseo atribuirla a ningún predicador sin tener evidencia suficiente. Sin embargo, el principio que la declaración intenta comunicar merece nuestra seria consideración.

No estoy diciendo que la Biblia establezca una hora específica a la cual todo predicador debe levantarse cada mañana. Tampoco estoy diciendo que descansar sea pecado. El descanso es necesario y hay momentos legítimos para descansar. Nuestro Señor Jesucristo mismo tomó tiempo para descansar (Mr. 6:31). El problema, por lo tanto, no es simplemente levantarse tarde; el problema es la negligencia, la pereza, la falta de disciplina y el desperdicio del tiempo que Dios nos ha concedido para servirle.

Un predicador que recibe apoyo económico de la iglesia para dedicar su tiempo al ministerio debe recordar que ese privilegio viene acompañado de una gran responsabilidad. Si la congregación confía en él para dedicar su tiempo al estudio de la Palabra, la predicación del Evangelio, la enseñanza, el evangelismo, la visitación, la consejería y la edificación de los santos, entonces debe procurar cumplir estas responsabilidades con diligencia, integridad y excelencia.

El peligro de la falta de supervisión

En algunas congregaciones, los predicadores trabajan sin una supervisión cercana de parte de los ancianos. Esto no significa que los ancianos deban convertirse en supervisores de cada minuto del día del predicador. Más bien, significa que debe existir una relación saludable de confianza, responsabilidad y comunicación entre los ancianos y el predicador.

Cuando no existe una buena supervisión, lamentablemente algunos pueden aprovecharse de esa libertad para disminuir su nivel de trabajo. Hay predicadores que se levantan muy tarde, no porque hayan estado trabajando arduamente hasta altas horas de la noche, sino simplemente porque no han desarrollado una disciplina adecuada para administrar su tiempo.

Otros permiten que buena parte de su día sea absorbida por actividades que no tienen relación con las responsabilidades que aceptaron cuando comenzaron a trabajar con una congregación como predicadores de tiempo completo.

Algunos pasan demasiado tiempo en las redes sociales. Otros dedican horas excesivas a entretenimiento, deportes, juegos electrónicos u otras actividades personales. Algunos pasan más tiempo en el gimnasio que estudiando la Palabra de Dios. Otros ocupan gran parte del día atendiendo asuntos personales que podrían realizarse en otro momento. Y, tristemente, existen quienes llegan al púlpito utilizando constantemente sermones preparados por otras personas porque ellos mismos no han dedicado el tiempo necesario al estudio y a la preparación.

Esto es especialmente preocupante porque un predicador no fue llamado simplemente para ocupar un púlpito, sino para ser un estudiante diligente de la Palabra y un siervo dedicado de Cristo.

Pablo le dijo a Timoteo:

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Ti. 2:15).

La palabra “obrero” nos recuerda que el ministerio requiere trabajo. Y el verbo “procura con diligencia” demanda esfuerzo, disciplina y dedicación.

Cuando el tiempo no se administra correctamente

Cuando un predicador no utiliza sabiamente su tiempo, eventualmente comienzan a faltar oportunidades para realizar importantes responsabilidades del ministerio.

No habrá suficiente tiempo para:

  • estudiar profundamente la Palabra de Dios
  • preparar buenos sermones
  • preparar clases Bíblicas
  • evangelizar
  • visitar a los miembros
  • estudiar la Biblia con inconversos
  • animar a los débiles
  • aconsejar a las familias
  • capacitar a otros hermanos para servir
  • planear actividades espirituales
  • desarrollar clases especiales para el crecimiento de la congregación
  • escribir material Bíblico
  • preparar estudios para jóvenes
  • visitar a los enfermos
  • trabajar con nuevos conversos
  • fortalecer a los miembros débiles
  • y cumplir muchas otras responsabilidades que forman parte del trabajo de un evangelista.

El problema es que el tiempo perdido no puede recuperarse.

Por eso Pablo exhortó a los cristianos de Éfeso:

“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:15-16).

Aunque este texto no fue dirigido exclusivamente a predicadores, ciertamente contiene un principio que todo siervo de Dios debe tomar seriamente. El cristiano debe aprender a utilizar sabiamente el tiempo que Dios le ha concedido.

Pablo: un excelente ejemplo de diligencia

El Nuevo Testamento nos presenta ejemplo tras ejemplo de hombres que tomaron muy en serio su servicio al Señor. Uno de los ejemplos más sobresalientes es el apóstol Pablo.

En 1 Corintios 15:10, Pablo escribió:

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”.

Pablo no utilizó la gracia de Dios como una excusa para trabajar menos. La gracia de Dios produjo en él un mayor deseo de trabajar para el Señor.

En 1 Corintios 15:58 exhortó:

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.”

Observe algunas palabras importantes:

“Firmes”
“Constantes”
“Creciendo”
“Siempre”
“Trabajo”

Estas palabras difícilmente describen a una persona perezosa o negligente en el servicio del Señor.

Pablo también le dijo a los ancianos de Éfeso:

“Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno” (Hch. 20:31). ¡Qué ejemplo de diligencia!

Pablo no solamente predicaba desde un púlpito. Enseñaba públicamente y por las casas (Hch. 20:20). Predicaba, enseñaba, visitaba, exhortaba, evangelizaba y fortalecía a los hermanos.

En Hechos 20:24 encontramos una de las declaraciones más poderosas acerca de sus prioridades:

“Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.”

Pablo tenía una meta: terminar fielmente el ministerio que Cristo le había encomendado.

Al final de su vida pudo decir:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:7).

Pablo no solamente comenzó bien; terminó bien.

Pablo aprovechaba las oportunidades

En Colosenses 4:5 encontramos otro principio importante:

“Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo”.

Pablo entendía que las oportunidades para enseñar y evangelizar eran preciosas. Por eso exhortó a los cristianos a aprovecharlas.

En 2 Timoteo 4:2, le dio a Timoteo una responsabilidad solemne:

“Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”.

El predicador fiel no trabaja únicamente cuando tiene deseos de trabajar. Su compromiso es con Cristo, no simplemente con su estado de ánimo.

Por supuesto, esto no significa que un predicador nunca pueda descansar, pasar tiempo con su familia, hacer ejercicio o atender asuntos personales. Todas estas cosas pueden tener un lugar apropiado. El punto es que ninguna de estas actividades debe convertirse en una excusa para descuidar las responsabilidades espirituales que Dios ha puesto delante de nosotros.

Jesús: nuestro Supremo ejemplo de diligencia

Por encima de Pablo encontramos a nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro Supremo ejemplo de servicio diligente.

Jesús dijo:

“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Jn. 9:4). ¡Qué perspectiva tan poderosa del tiempo!

Jesús entendía que había una obra que debía realizar y que las oportunidades no durarían para siempre.

En otra ocasión, sus discípulos le dijeron que comiera, pero Jesús respondió:

“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Jn. 4:34).

Jesús tenía una profunda convicción acerca de la misión que había recibido del Padre.

Marcos 3:20 muestra hasta qué punto las demandas de Su ministerio podían llegar:

“Y se agolpó de nuevo la gente, de modo que ellos ni aun podían comer pan”.

Sin embargo, Jesús también entendía la necesidad del descanso y de apartarse por momentos para descansar (Mr. 6:31). Esto nos enseña algo importante: la diligencia no significa irresponsabilidad con nuestro cuerpo o nuestra familia; significa administrar sabiamente nuestro tiempo para cumplir la obra que Dios nos ha encomendado.

El predicador debe ser un estudiante diligente

Una de las tragedias más grandes es cuando un predicador deja de estudiar porque piensa que ya sabe suficiente.

La experiencia es valiosa, pero la experiencia nunca reemplaza el estudio.

Pablo le dijo a Timoteo:

“Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello…” (1 Ti. 4:15-16).

El predicador debe continuar creciendo.

Debe estudiar el texto Bíblico.
Debe estudiar su contexto.
Debe examinar cuidadosamente las palabras.
Debe conocer el contexto histórico y cultural.
Debe comparar Escritura con Escritura.
Debe preparar sus lecciones cuidadosamente.
Debe asegurarse de que lo que predica es verdaderamente la Palabra de Dios.

No es correcto que un predicador pase horas en entretenimiento y luego, a última hora, prepare apresuradamente el sermón que presentará delante de la iglesia.

El púlpito merece nuestra preparación. Las almas merecen nuestra preparación. La Palabra de Dios merece nuestra preparación. Y Dios merece nuestro mejor esfuerzo.

No se trata simplemente de trabajar más, sino de trabajar sabiamente

También debemos tener equilibrio. Un predicador puede estar ocupado todo el día y, sin embargo, no estar haciendo las cosas que realmente necesita hacer.

Por eso no se trata simplemente de decir: “Tengo que trabajar más horas”.

Se trata de preguntarnos:

¿Estoy utilizando sabiamente las horas que Dios me ha dado?

¿Estoy estudiando?
¿Estoy evangelizando?
¿Estoy visitando?
¿Estoy preparando sermones?
¿Estoy fortaleciendo a los miembros?
¿Estoy capacitando a otros?
¿Estoy buscando oportunidades para enseñar?
¿Estoy ayudando a la congregación a crecer espiritualmente?
¿Estoy cumpliendo responsablemente con aquello para lo cual fui contratado?

Estas son preguntas que todo predicador debería hacerse periódicamente.

El peligro de convertirse en un predicador perezoso

La pereza es condenada repetidamente en las Escrituras (Pr. 6:6-11; 13:4; 24:30-34). Aunque estos textos no hablan específicamente del predicador, los principios sobre diligencia y trabajo son aplicables.

El predicador debe tener cuidado de no desarrollar una mentalidad de comodidad.

Cuando la iglesia sostiene económicamente a un hombre para que dedique su tiempo al ministerio, no le está pagando simplemente por predicar dos o tres sermones cada semana. El ministerio incluye mucho más.

El predicador debe ser un obrero del Señor.

Debe recordar las palabras de Pablo:

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col. 3:23).

Si predicamos, debemos predicar como para el Señor.
Si estudiamos, debemos estudiar como para el Señor.
Si evangelizamos, debemos evangelizar como para el Señor.
Si visitamos, debemos visitar como para el Señor.
Si enseñamos, debemos enseñar como para el Señor.

Hermanos predicadores, nuestro tiempo es un regalo de Dios y nuestra oportunidad de servirle no durará para siempre.

No sabemos cuántos años tendremos para predicar. No sabemos cuántas oportunidades más tendremos para enseñar a una persona el Evangelio. No sabemos cuántas almas más podremos alcanzar. Por esta razón, debemos aprovechar cada oportunidad que Dios pone delante de nosotros.

Pablo dijo:

“Porque si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co. 9:16).

Ese debe ser el espíritu de todo predicador fiel.

No desperdiciemos el tiempo.

No desperdiciemos nuestras oportunidades.

No desperdiciemos el privilegio de predicar el Evangelio.

No permitamos que el entretenimiento, la comodidad, la pereza o los intereses personales ocupen el lugar que le pertenece a la obra del Señor.

Imitemos a Pablo, quien trabajó abundantemente (1 Co. 15:10), aprovechó el tiempo (Ef. 5:16), enseñó de noche y de día (Hch. 20:31), y consideró un privilegio terminar el ministerio que había recibido del Señor (Hch. 20:24).

Sobre todo, imitemos a nuestro Señor Jesucristo, quien dijo:

“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura” (Jn. 9:4).

Que nunca lleguemos al final de nuestro ministerio lamentándonos por el tiempo que desperdiciamos, las oportunidades que dejamos pasar o las almas que pudimos haber alcanzado.

Más bien, que algún día podamos decir con Pablo:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:7).

Dios y Su iglesia merecen nuestro mejor y mayor esfuerzo.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no predican la Palabra de Dios por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado gravemente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no proclaman fielmente la Palabra de Dios. Este problema ha perjudicado la obra del Señor durante muchos años. En muchos lugares, la iglesia sufre por causa de predicadores que no presentan el mensaje divino. Son expertos en historias, anécdotas, política, deportes y chistes, pero no en la exposición de las Sagradas Escrituras. Algunos han olvidado que el poder para transformar y edificar la vida de las personas se encuentra únicamente en la predicación del mensaje de Dios, y no en el entretenimiento ni en la sabiduría humana.

Repetidas veces encontramos exhortaciones claras a predicar la Palabra de Dios. Por ejemplo, el apóstol Pablo animó al evangelista Timoteo a retener la sana doctrina (2 Tim. 1:13) y a predicar la Palabra (2 Tim. 4:2). Asimismo, exhortó a Tito a enseñar todo lo que está de acuerdo con la sana doctrina (Tit. 2:1). El apóstol Pedro, quien nos dejó un extraordinario ejemplo de predicación saturada de Escritura en el día de Pentecostés, escribió: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 P. 4:11). Solo de esta manera Dios será glorificado, como lo afirma la parte final de este mismo pasaje.

El Hijo de Dios, Jesucristo, también enfatizó que una de las razones por las cuales recorría diferentes lugares era para predicar la Palabra de Dios (Mr. 1:38). En el Antiguo Testamento observamos claramente cómo los profetas comprendieron la necesidad y la importancia de proclamar únicamente el mensaje divino (1 Rey. 22:14). Dios les ordenó predicar exclusivamente las palabras que Él les comunicaba (Jonás 3:2; Jer. 26:1-2). La expresión “Así dice el Señor” aparece repetidas veces en los escritos proféticos y nos recuerda la responsabilidad que tenemos de anunciar solamente lo que Dios revela en Su Palabra. Estos y muchos otros pasajes deberían ser memorizados por aquellos predicadores que no están edificando a la iglesia mediante la proclamación fiel de las Escrituras. Cierto predicador afirmó: “Los chistes y las largas ilustraciones e historias deben ocupar un lugar importante en la predicación porque a la gente le gustan y la hacen reír”. Tal declaración contradice claramente la enseñanza de la Palabra de Dios respecto a la clase de predicación que Él demanda de Sus siervos (cf. 2 Tim. 4:1-2; 1 P. 4:11).

¿De qué manera es lastimada la iglesia del Señor cuando la Palabra de Dios no se predica? Consideremos las siguientes consecuencias:

  1. La iglesia del Señor no es edificada cuando la Palabra de Dios no se predica (Hch. 20:32).
  2. Los predicadores desobedecen el mandato divino de proclamar fielmente Su Palabra (2 Tim. 4:2; Jonás 3:2; 1 P. 4:11; Tit. 2:1).
  3. A la iglesia se le priva del conocimiento de la Palabra de Dios (Oseas 4:6).
  4. La iglesia permanece en la ignorancia Bíblica, lo cual puede conducirla al cautiverio espiritual y a las falsas doctrinas (Isa. 5:13; Ef. 4:14).
  5. Los miembros no son preparados ni equipados para la obra del ministerio (Ef. 4:11-16).
  6. La iglesia puede perder el respeto por la autoridad de las Sagradas Escrituras (Col. 3:17).
  7. La iglesia deja de crecer en el conocimiento de la Palabra de Dios (2 P. 3:18; Col. 3:16; 1 P. 2:2).

La iglesia del Señor tiene el derecho y la responsabilidad de exigir que la Palabra de Dios sea predicada desde el púlpito. Los ancianos, quienes velan por el bienestar espiritual del rebaño (Heb. 13:17), deben asegurarse de que el predicador proclame la Palabra de Dios y no sus opiniones personales. Hoy más que nunca es indispensable regresar a la predicación completamente Bíblica que encontramos en las páginas de las Sagradas Escrituras.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no viven lo que predican por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no practican lo que predican. A través de los siglos, esta inconsistencia entre la enseñanza y la conducta ha causado tropiezos, desánimo y una pérdida de credibilidad tanto dentro como fuera de la iglesia. Dios siempre ha esperado que quienes proclaman Su Palabra sean también ejemplos dignos de imitar.

La Biblia exhorta claramente a los predicadores y maestros a vivir de acuerdo con el mensaje que proclaman. El apóstol Pablo exhortó a Timoteo a ser “ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Tim. 4:12). Más adelante añadió: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Tim. 4:16). Observe que Pablo menciona primero la vida del predicador (“ten cuidado de ti mismo”) y después su enseñanza (“y de la doctrina”), indicando que ambas son inseparables.

De igual manera, Tito recibió la exhortación de presentarse “en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable” (Tit. 2:6-8). El predicador no solamente debe comunicar correctamente la sana doctrina, sino también adornarla con una vida santa (Tit. 2:10). Sus acciones deben confirmar la veracidad del mensaje que anuncia.

En cierta ocasión alguien expresó: “Prefiero ver un sermón que escuchar uno”. Aunque esta frase no es inspirada, comunica una gran verdad: las personas observan cuidadosamente la vida del predicador antes de aceptar su mensaje. El ejemplo personal constituye uno de los sermones más poderosos que un siervo de Dios puede predicar.

Nuestro supremo ejemplo es Jesucristo. Lucas escribió acerca de “todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar” (Hch. 1:1). El orden de las palabras no es accidental. Jesús primero hacía y luego enseñaba. Nunca existió contradicción entre Sus palabras y Su conducta. Él pudo desafiar a Sus adversarios preguntando: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Jn. 8:46). Su vida respaldó perfectamente Su enseñanza.

En el Antiguo Testamento encontramos otro excelente ejemplo en Esdras. La Escritura declara que “Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esd. 7:10). El orden también es significativo: primero estudió la Palabra, luego la puso en práctica y finalmente la enseñó al pueblo. Este continúa siendo el modelo divino para todo predicador del evangelio.

Lamentablemente, algunos predicadores se concentran en exhortar a los demás, pero ellos mismos no ponen en práctica lo que predican. Esta actitud jamás debería caracterizar a un siervo de Dios. Jesús condenó severamente a los escribas y fariseos porque “dicen, y no hacen” (Mt. 23:3). La hipocresía religiosa siempre ha sido una afrenta para Dios, porque desacredita la verdad y aleja a las personas del evangelio.

La iglesia puede percibir con claridad cuando un predicador se contradice por no vivir conforme a la voluntad de Dios. Aunque la verdad permanece siendo verdad independientemente del carácter del mensajero, la falta de integridad del predicador produce consecuencias lamentables para la obra del Señor. ¿De qué manera puede verse afectada la iglesia?

(1) La iglesia puede desanimarse. Aunque los cristianos debemos poner nuestra mirada en Cristo (Heb. 12:1-2), el mal ejemplo de un predicador puede desalentar especialmente a los creyentes más débiles en la fe. En lugar de fortalecer a los miembros, puede convertirse en una piedra de tropiezo (Ro. 14:13).

(2) Los no cristianos pueden rechazar el evangelio. Muchas personas evalúan el cristianismo observando la conducta de quienes lo predican. Cuando encuentran hipocresía, concluyen equivocadamente que el evangelio carece de poder transformador. Así, el nombre de Dios es blasfemado entre los incrédulos (Ro. 2:21-24).

(3) La credibilidad del predicador queda seriamente cuestionada. Cuando existe una contradicción evidente entre el mensaje y la vida del predicador, sus exhortaciones pierden autoridad moral. La confianza de la congregación disminuye y su influencia espiritual se debilita (Tit. 2:7-8).

(4) Se corre el riesgo de generalizar injustamente. Algunas personas llegan a pensar que todos los predicadores son iguales, desacreditando también a hombres fieles que sirven al Señor con sinceridad e integridad.

(5) El mal ejemplo puede convertirse en una excusa para pecar. Algunos justifican su propia desobediencia diciendo: “Si el predicador lo hace, ¿por qué yo no?” Aunque cada persona dará cuenta de sí misma delante de Dios (Ro. 14:12), los malos ejemplos pueden influir negativamente sobre otros (Mt. 18:6-7).

(6) Se perjudica la reputación de la iglesia. La conducta de un predicador suele asociarse con toda la congregación. Por ello, una vida inconsistente puede afectar el buen nombre de la iglesia delante de la comunidad y disminuir su influencia para el bien (2 Co. 6:3).

(7) Se debilitan los esfuerzos evangelísticos. Es mucho más difícil convencer a otros de la verdad cuando quien la proclama no vive conforme a ella. El evangelismo requiere tanto una proclamación fiel como un testimonio íntegro (Mt. 5:16; Fil. 2:15).

(8) Los cristianos más débiles pueden apartarse del Señor. Algunos creyentes inmaduros depositan demasiada confianza en los hombres. Cuando un predicador fracasa moralmente, su fe puede tambalearse y, en algunos casos, abandonar la congregación. Esto resalta la enorme responsabilidad que tienen quienes enseñan la Palabra (Stg. 3:1).

(9) El nombre de Cristo es deshonrado. El predicador representa públicamente la causa de Cristo. Cuando vive en contradicción con el evangelio, el nombre del Señor es desacreditado y la gloria que debía rendirse a Dios se ve empañada (Col. 3:17; Tit. 2:10).

Todo predicador debe esforzarse por ser un ejemplo de integridad, fidelidad, humildad, pureza, constancia y perseverancia delante de todos los que observan su vida. Debe poder decir, como el apóstol Pablo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1). El propósito nunca será alcanzar una perfección absoluta, sino vivir una vida caracterizada por el arrepentimiento, la obediencia y una sincera determinación de agradar a Dios en todas las cosas.

La luz del predicador debe brillar delante de los hombres para que, al ver sus buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos (Mt. 5:16). La iglesia necesita hombres que no solamente sepan predicar sermones, sino que también los vivan cada día. Cuando el mensaje proclamado y la vida del predicador marchan en perfecta armonía, la iglesia es fortalecida, los creyentes son edificados, los inconversos son impactados y Dios recibe toda la gloria.