PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no utilizan sabiamente su tiempo en la obra del Señor por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de predicadores que no utilizan sabiamente su tiempo en la obra del Señor.

Hace varios años escuché a un predicador decir lo siguiente: “Es un asunto de conciencia para el predicador el no levantarse temprano para trabajar en la obra del Señor”. He tratado de encontrar la fuente original de esta declaración, pero hasta este momento no he podido identificar con certeza quién la dijo originalmente. Por esta razón, no deseo atribuirla a ningún predicador sin tener evidencia suficiente. Sin embargo, el principio que la declaración intenta comunicar merece nuestra seria consideración.

No estoy diciendo que la Biblia establezca una hora específica a la cual todo predicador debe levantarse cada mañana. Tampoco estoy diciendo que descansar sea pecado. El descanso es necesario y hay momentos legítimos para descansar. Nuestro Señor Jesucristo mismo tomó tiempo para descansar (Mr. 6:31). El problema, por lo tanto, no es simplemente levantarse tarde; el problema es la negligencia, la pereza, la falta de disciplina y el desperdicio del tiempo que Dios nos ha concedido para servirle.

Un predicador que recibe apoyo económico de la iglesia para dedicar su tiempo al ministerio debe recordar que ese privilegio viene acompañado de una gran responsabilidad. Si la congregación confía en él para dedicar su tiempo al estudio de la Palabra, la predicación del Evangelio, la enseñanza, el evangelismo, la visitación, la consejería y la edificación de los santos, entonces debe procurar cumplir estas responsabilidades con diligencia, integridad y excelencia.

El peligro de la falta de supervisión

En algunas congregaciones, los predicadores trabajan sin una supervisión cercana de parte de los ancianos. Esto no significa que los ancianos deban convertirse en supervisores de cada minuto del día del predicador. Más bien, significa que debe existir una relación saludable de confianza, responsabilidad y comunicación entre los ancianos y el predicador.

Cuando no existe una buena supervisión, lamentablemente algunos pueden aprovecharse de esa libertad para disminuir su nivel de trabajo. Hay predicadores que se levantan muy tarde, no porque hayan estado trabajando arduamente hasta altas horas de la noche, sino simplemente porque no han desarrollado una disciplina adecuada para administrar su tiempo.

Otros permiten que buena parte de su día sea absorbida por actividades que no tienen relación con las responsabilidades que aceptaron cuando comenzaron a trabajar con una congregación como predicadores de tiempo completo.

Algunos pasan demasiado tiempo en las redes sociales. Otros dedican horas excesivas a entretenimiento, deportes, juegos electrónicos u otras actividades personales. Algunos pasan más tiempo en el gimnasio que estudiando la Palabra de Dios. Otros ocupan gran parte del día atendiendo asuntos personales que podrían realizarse en otro momento. Y, tristemente, existen quienes llegan al púlpito utilizando constantemente sermones preparados por otras personas porque ellos mismos no han dedicado el tiempo necesario al estudio y a la preparación.

Esto es especialmente preocupante porque un predicador no fue llamado simplemente para ocupar un púlpito, sino para ser un estudiante diligente de la Palabra y un siervo dedicado de Cristo.

Pablo le dijo a Timoteo:

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Ti. 2:15).

La palabra “obrero” nos recuerda que el ministerio requiere trabajo. Y el verbo “procura con diligencia” demanda esfuerzo, disciplina y dedicación.

Cuando el tiempo no se administra correctamente

Cuando un predicador no utiliza sabiamente su tiempo, eventualmente comienzan a faltar oportunidades para realizar importantes responsabilidades del ministerio.

No habrá suficiente tiempo para:

  • estudiar profundamente la Palabra de Dios
  • preparar buenos sermones
  • preparar clases Bíblicas
  • evangelizar
  • visitar a los miembros
  • estudiar la Biblia con inconversos
  • animar a los débiles
  • aconsejar a las familias
  • capacitar a otros hermanos para servir
  • planear actividades espirituales
  • desarrollar clases especiales para el crecimiento de la congregación
  • escribir material Bíblico
  • preparar estudios para jóvenes
  • visitar a los enfermos
  • trabajar con nuevos conversos
  • fortalecer a los miembros débiles
  • y cumplir muchas otras responsabilidades que forman parte del trabajo de un evangelista.

El problema es que el tiempo perdido no puede recuperarse.

Por eso Pablo exhortó a los cristianos de Éfeso:

“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:15-16).

Aunque este texto no fue dirigido exclusivamente a predicadores, ciertamente contiene un principio que todo siervo de Dios debe tomar seriamente. El cristiano debe aprender a utilizar sabiamente el tiempo que Dios le ha concedido.

Pablo: un excelente ejemplo de diligencia

El Nuevo Testamento nos presenta ejemplo tras ejemplo de hombres que tomaron muy en serio su servicio al Señor. Uno de los ejemplos más sobresalientes es el apóstol Pablo.

En 1 Corintios 15:10, Pablo escribió:

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”.

Pablo no utilizó la gracia de Dios como una excusa para trabajar menos. La gracia de Dios produjo en él un mayor deseo de trabajar para el Señor.

En 1 Corintios 15:58 exhortó:

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.”

Observe algunas palabras importantes:

“Firmes”
“Constantes”
“Creciendo”
“Siempre”
“Trabajo”

Estas palabras difícilmente describen a una persona perezosa o negligente en el servicio del Señor.

Pablo también le dijo a los ancianos de Éfeso:

“Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno” (Hch. 20:31). ¡Qué ejemplo de diligencia!

Pablo no solamente predicaba desde un púlpito. Enseñaba públicamente y por las casas (Hch. 20:20). Predicaba, enseñaba, visitaba, exhortaba, evangelizaba y fortalecía a los hermanos.

En Hechos 20:24 encontramos una de las declaraciones más poderosas acerca de sus prioridades:

“Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.”

Pablo tenía una meta: terminar fielmente el ministerio que Cristo le había encomendado.

Al final de su vida pudo decir:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:7).

Pablo no solamente comenzó bien; terminó bien.

Pablo aprovechaba las oportunidades

En Colosenses 4:5 encontramos otro principio importante:

“Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo”.

Pablo entendía que las oportunidades para enseñar y evangelizar eran preciosas. Por eso exhortó a los cristianos a aprovecharlas.

En 2 Timoteo 4:2, le dio a Timoteo una responsabilidad solemne:

“Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”.

El predicador fiel no trabaja únicamente cuando tiene deseos de trabajar. Su compromiso es con Cristo, no simplemente con su estado de ánimo.

Por supuesto, esto no significa que un predicador nunca pueda descansar, pasar tiempo con su familia, hacer ejercicio o atender asuntos personales. Todas estas cosas pueden tener un lugar apropiado. El punto es que ninguna de estas actividades debe convertirse en una excusa para descuidar las responsabilidades espirituales que Dios ha puesto delante de nosotros.

Jesús: nuestro Supremo ejemplo de diligencia

Por encima de Pablo encontramos a nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro Supremo ejemplo de servicio diligente.

Jesús dijo:

“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Jn. 9:4). ¡Qué perspectiva tan poderosa del tiempo!

Jesús entendía que había una obra que debía realizar y que las oportunidades no durarían para siempre.

En otra ocasión, sus discípulos le dijeron que comiera, pero Jesús respondió:

“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Jn. 4:34).

Jesús tenía una profunda convicción acerca de la misión que había recibido del Padre.

Marcos 3:20 muestra hasta qué punto las demandas de Su ministerio podían llegar:

“Y se agolpó de nuevo la gente, de modo que ellos ni aun podían comer pan”.

Sin embargo, Jesús también entendía la necesidad del descanso y de apartarse por momentos para descansar (Mr. 6:31). Esto nos enseña algo importante: la diligencia no significa irresponsabilidad con nuestro cuerpo o nuestra familia; significa administrar sabiamente nuestro tiempo para cumplir la obra que Dios nos ha encomendado.

El predicador debe ser un estudiante diligente

Una de las tragedias más grandes es cuando un predicador deja de estudiar porque piensa que ya sabe suficiente.

La experiencia es valiosa, pero la experiencia nunca reemplaza el estudio.

Pablo le dijo a Timoteo:

“Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello…” (1 Ti. 4:15-16).

El predicador debe continuar creciendo.

Debe estudiar el texto Bíblico.
Debe estudiar su contexto.
Debe examinar cuidadosamente las palabras.
Debe conocer el contexto histórico y cultural.
Debe comparar Escritura con Escritura.
Debe preparar sus lecciones cuidadosamente.
Debe asegurarse de que lo que predica es verdaderamente la Palabra de Dios.

No es correcto que un predicador pase horas en entretenimiento y luego, a última hora, prepare apresuradamente el sermón que presentará delante de la iglesia.

El púlpito merece nuestra preparación. Las almas merecen nuestra preparación. La Palabra de Dios merece nuestra preparación. Y Dios merece nuestro mejor esfuerzo.

No se trata simplemente de trabajar más, sino de trabajar sabiamente

También debemos tener equilibrio. Un predicador puede estar ocupado todo el día y, sin embargo, no estar haciendo las cosas que realmente necesita hacer.

Por eso no se trata simplemente de decir: “Tengo que trabajar más horas”.

Se trata de preguntarnos:

¿Estoy utilizando sabiamente las horas que Dios me ha dado?

¿Estoy estudiando?
¿Estoy evangelizando?
¿Estoy visitando?
¿Estoy preparando sermones?
¿Estoy fortaleciendo a los miembros?
¿Estoy capacitando a otros?
¿Estoy buscando oportunidades para enseñar?
¿Estoy ayudando a la congregación a crecer espiritualmente?
¿Estoy cumpliendo responsablemente con aquello para lo cual fui contratado?

Estas son preguntas que todo predicador debería hacerse periódicamente.

El peligro de convertirse en un predicador perezoso

La pereza es condenada repetidamente en las Escrituras (Pr. 6:6-11; 13:4; 24:30-34). Aunque estos textos no hablan específicamente del predicador, los principios sobre diligencia y trabajo son aplicables.

El predicador debe tener cuidado de no desarrollar una mentalidad de comodidad.

Cuando la iglesia sostiene económicamente a un hombre para que dedique su tiempo al ministerio, no le está pagando simplemente por predicar dos o tres sermones cada semana. El ministerio incluye mucho más.

El predicador debe ser un obrero del Señor.

Debe recordar las palabras de Pablo:

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col. 3:23).

Si predicamos, debemos predicar como para el Señor.
Si estudiamos, debemos estudiar como para el Señor.
Si evangelizamos, debemos evangelizar como para el Señor.
Si visitamos, debemos visitar como para el Señor.
Si enseñamos, debemos enseñar como para el Señor.

Hermanos predicadores, nuestro tiempo es un regalo de Dios y nuestra oportunidad de servirle no durará para siempre.

No sabemos cuántos años tendremos para predicar. No sabemos cuántas oportunidades más tendremos para enseñar a una persona el Evangelio. No sabemos cuántas almas más podremos alcanzar. Por esta razón, debemos aprovechar cada oportunidad que Dios pone delante de nosotros.

Pablo dijo:

“Porque si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co. 9:16).

Ese debe ser el espíritu de todo predicador fiel.

No desperdiciemos el tiempo.

No desperdiciemos nuestras oportunidades.

No desperdiciemos el privilegio de predicar el Evangelio.

No permitamos que el entretenimiento, la comodidad, la pereza o los intereses personales ocupen el lugar que le pertenece a la obra del Señor.

Imitemos a Pablo, quien trabajó abundantemente (1 Co. 15:10), aprovechó el tiempo (Ef. 5:16), enseñó de noche y de día (Hch. 20:31), y consideró un privilegio terminar el ministerio que había recibido del Señor (Hch. 20:24).

Sobre todo, imitemos a nuestro Señor Jesucristo, quien dijo:

“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura” (Jn. 9:4).

Que nunca lleguemos al final de nuestro ministerio lamentándonos por el tiempo que desperdiciamos, las oportunidades que dejamos pasar o las almas que pudimos haber alcanzado.

Más bien, que algún día podamos decir con Pablo:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:7).

Dios y Su iglesia merecen nuestro mejor y mayor esfuerzo.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no predican la Palabra de Dios por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado gravemente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no proclaman fielmente la Palabra de Dios. Este problema ha perjudicado la obra del Señor durante muchos años. En muchos lugares, la iglesia sufre por causa de predicadores que no presentan el mensaje divino. Son expertos en historias, anécdotas, política, deportes y chistes, pero no en la exposición de las Sagradas Escrituras. Algunos han olvidado que el poder para transformar y edificar la vida de las personas se encuentra únicamente en la predicación del mensaje de Dios, y no en el entretenimiento ni en la sabiduría humana.

Repetidas veces encontramos exhortaciones claras a predicar la Palabra de Dios. Por ejemplo, el apóstol Pablo animó al evangelista Timoteo a retener la sana doctrina (2 Tim. 1:13) y a predicar la Palabra (2 Tim. 4:2). Asimismo, exhortó a Tito a enseñar todo lo que está de acuerdo con la sana doctrina (Tit. 2:1). El apóstol Pedro, quien nos dejó un extraordinario ejemplo de predicación saturada de Escritura en el día de Pentecostés, escribió: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 P. 4:11). Solo de esta manera Dios será glorificado, como lo afirma la parte final de este mismo pasaje.

El Hijo de Dios, Jesucristo, también enfatizó que una de las razones por las cuales recorría diferentes lugares era para predicar la Palabra de Dios (Mr. 1:38). En el Antiguo Testamento observamos claramente cómo los profetas comprendieron la necesidad y la importancia de proclamar únicamente el mensaje divino (1 Rey. 22:14). Dios les ordenó predicar exclusivamente las palabras que Él les comunicaba (Jonás 3:2; Jer. 26:1-2). La expresión “Así dice el Señor” aparece repetidas veces en los escritos proféticos y nos recuerda la responsabilidad que tenemos de anunciar solamente lo que Dios revela en Su Palabra. Estos y muchos otros pasajes deberían ser memorizados por aquellos predicadores que no están edificando a la iglesia mediante la proclamación fiel de las Escrituras. Cierto predicador afirmó: “Los chistes y las largas ilustraciones e historias deben ocupar un lugar importante en la predicación porque a la gente le gustan y la hacen reír”. Tal declaración contradice claramente la enseñanza de la Palabra de Dios respecto a la clase de predicación que Él demanda de Sus siervos (cf. 2 Tim. 4:1-2; 1 P. 4:11).

¿De qué manera es lastimada la iglesia del Señor cuando la Palabra de Dios no se predica? Consideremos las siguientes consecuencias:

  1. La iglesia del Señor no es edificada cuando la Palabra de Dios no se predica (Hch. 20:32).
  2. Los predicadores desobedecen el mandato divino de proclamar fielmente Su Palabra (2 Tim. 4:2; Jonás 3:2; 1 P. 4:11; Tit. 2:1).
  3. A la iglesia se le priva del conocimiento de la Palabra de Dios (Oseas 4:6).
  4. La iglesia permanece en la ignorancia Bíblica, lo cual puede conducirla al cautiverio espiritual y a las falsas doctrinas (Isa. 5:13; Ef. 4:14).
  5. Los miembros no son preparados ni equipados para la obra del ministerio (Ef. 4:11-16).
  6. La iglesia puede perder el respeto por la autoridad de las Sagradas Escrituras (Col. 3:17).
  7. La iglesia deja de crecer en el conocimiento de la Palabra de Dios (2 P. 3:18; Col. 3:16; 1 P. 2:2).

La iglesia del Señor tiene el derecho y la responsabilidad de exigir que la Palabra de Dios sea predicada desde el púlpito. Los ancianos, quienes velan por el bienestar espiritual del rebaño (Heb. 13:17), deben asegurarse de que el predicador proclame la Palabra de Dios y no sus opiniones personales. Hoy más que nunca es indispensable regresar a la predicación completamente Bíblica que encontramos en las páginas de las Sagradas Escrituras.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: El peligro de la desmotivaciónón espiritual entre hermanos por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor, es el peligro de la desmotivación espiritual entre hermanos. ¿Cuál es la idea detrás de esta expresión? Por desmotivación espiritual nos referimos a la falta de ánimo, apoyo y aliento entre los miembros del cuerpo de Cristo. Hablamos de hermanos que no toman el tiempo para fortalecer, animar y edificar a su familia espiritual en el Señor. Esta actitud puede parecer insignificante a primera vista; sin embargo, sus consecuencias pueden ser devastadoras para la salud espiritual de una congregación.

Las Escrituras tienen mucho que decir acerca de este asunto. Por ejemplo, el escritor a los Hebreos exhortó a la iglesia diciendo: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (Heb. 10:24). Observe cuidadosamente el texto. Dios no solamente nos manda a amarnos unos a otros, sino también a pensar en maneras prácticas de motivarnos espiritualmente. La palabra “considerémonos” implica prestar atención a las necesidades de nuestros hermanos para ayudarles a permanecer fieles al Señor.

El apóstol Pablo escribió a la iglesia en Tesalónica: “Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis. Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros. También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos” (1 Tes. 5:11-14). Esta porción de la Escritura nos recuerda el deber que tenemos de edificarnos mutuamente. También nos enseña que existen hermanos que necesitan ser alentados porque atraviesan momentos de debilidad, tristeza o desánimo.

Lamentablemente, algunos cristianos se han acostumbrado a asistir a los servicios de adoración sin tomar tiempo para animar a nadie. Llegan, adoran y se retiran sin ofrecer una palabra de consuelo, gratitud o motivación. Esta actitud es contraria al espíritu del Nuevo Testamento. Dios desea que seamos instrumentos de ánimo para nuestros hermanos. Bernabé es un excelente ejemplo de esto. Su nombre significa “hijo de consolación” o “hijo de exhortación” (Hechos 4:36). Gracias a su disposición para animar a otros, muchos fueron fortalecidos en la fe y la iglesia fue edificada.

¿Cuánto tiempo toma usted para expresar aprecio y ánimo a los ancianos, diáconos, predicadores y maestros de la congregación? Ellos enfrentan numerosas luchas, responsabilidades y desafíos en su labor para el Señor. Los ancianos velan por las almas como quienes han de dar cuenta (Heb. 13:17). Los predicadores trabajan arduamente en la enseñanza de la Palabra (2 Tim. 4:1-5). Los maestros dedican tiempo y esfuerzo para instruir a la iglesia. Todos ellos necesitan nuestras oraciones, nuestro apoyo y nuestras palabras de ánimo.

Muchas veces nuestros hermanos atraviesan aflicciones, enfermedades, dificultades familiares, problemas económicos y pruebas espirituales. En tales momentos, unas palabras de aliento pueden producir un impacto enorme. Proverbios 12:25 declara: “La congoja en el corazón del hombre lo abate; mas la buena palabra lo alegra”. Asimismo, Proverbios 16:24 enseña: “Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos”. Nunca debemos subestimar el poder de una palabra de ánimo pronunciada en el momento oportuno.

¿Cómo podemos motivarnos unos a otros? Considere las siguientes sugerencias:

(1) Obedeciendo el mandato de animarnos mutuamente (1 Tes. 5:11-14; Heb. 10:24-25).

(2) Haciendo saber a nuestra familia espiritual que oramos por ellos (Ef. 6:18; Col. 4:12).

(3) Evitando acciones, palabras o actitudes que produzcan desánimo en nuestros hermanos (3 Jn. 9-10; 2 Tim. 4:10, 14, 16).

(4) Amando a nuestros hermanos como Cristo nos ha amado (Jn. 13:34-35).

(5) Considerándolos como superiores a nosotros mismos (Fil. 2:1-4).

(6) Haciéndoles saber cuánto los apreciamos y valoramos (Fil. 1:7-8).

(7) Llorando con ellos y gozándonos con ellos (Rom. 12:15; 1 Cor. 12:26).

(8) Hablando palabras que edifiquen y produzcan gracia a los oyentes (Ef. 4:29).

(9) Llevando las cargas los unos de los otros (Gál. 6:2).

(10) Exhortándonos cada día para que ninguno se endurezca por el engaño del pecado (Heb. 3:13).

(11) Mostrando hospitalidad y bondad hacia nuestros hermanos (1 Ped. 4:9; Rom. 12:13).

(12) Expresando gratitud por el trabajo y servicio de los demás (1 Tes. 5:12-13).

Con frecuencia no nos damos cuenta de la influencia positiva que pueden tener unas palabras de ánimo. La fe de muchos es fortalecida cuando comprenden cuánto son amados y apreciados por sus hermanos en Cristo. En ocasiones, un simple mensaje de texto, una llamada telefónica, una visita o un apretón de manos acompañado de palabras sinceras puede marcar una gran diferencia en la vida de alguien que está luchando.

Por lo tanto, se anima al pueblo de Dios a tomar tiempo para fortalecer a su familia espiritual. Tome algunos minutos para enviar un mensaje de ánimo a un hermano o hermana. Haga saber a otros que usted agradece su trabajo y fidelidad al Señor. Le aseguro que sus hermanos en Cristo apreciarán grandemente ese gesto de amor.

Recordemos que juntos corremos la carrera que nos conduce al cielo. Ninguno de nosotros llegará solo. Necesitamos el apoyo, las oraciones y el ánimo de nuestros hermanos. Luchemos unidos y nunca dejemos de motivarnos los unos a los otros. Que cada congregación procure estar llena de “Bernabés”, hombres y mujeres comprometidos con fortalecer la fe de aquellos que les rodean.

En lo personal, agradezco a todos mis hermanos y hermanas en Cristo que a través de los años han tomado el tiempo para brindarme palabras de ánimo. Dios les bendiga por ser verdaderos “hijos de consolación”. Que el Señor nos ayude a todos a ser instrumentos de aliento, esperanza y edificación para Su pueblo.

btsop2004@gmail.com

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: ARRASTRAR A LA HIPOCRESÍA A LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista de cosas que perjudican a la iglesia del Señor es la de arrastrar a otros hermanos a la hipocresía y al error. Este problema no es nuevo; ha existido desde los tiempos del cristianismo primitivo y ha causado grandes divisiones, tropiezos y daños espirituales dentro del cuerpo de Cristo. Cuando hermanos con influencia, liderazgo o reputación espiritual practican conductas contrarias a la voluntad de Dios, muchas veces terminan influyendo negativamente en otros miembros de la congregación. Por esta razón, la Biblia exhorta a cada cristiano a vivir con integridad y cuidado, reconociendo que nuestras acciones afectan a quienes nos rodean.

El apóstol Pablo escribió lo siguiente a los hermanos en Galacia:

“Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos” (Gálatas 2:11-13).

Muchos conocemos lo que sucedió en este contexto. El apóstol Pedro, por temor a ciertos judíos, comenzó a actuar con hipocresía al apartarse de los cristianos gentiles. Pablo tuvo que resistirlo públicamente porque su conducta no estaba conforme a la verdad del evangelio (Gál. 2:14). El propósito de este artículo no es analizar todos los detalles del contexto, sino considerar una de las consecuencias más peligrosas de la hipocresía: la influencia negativa que puede ejercer sobre otros cristianos.

El texto declara que “aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos” (Gál. 2:13). La palabra “arrastrado” implica ser llevado juntamente con otros hacia una conducta equivocada. El término “simulación” denota actuar hipócritamente junto con otros, fingir o participar colectivamente en una práctica incorrecta. Esto nos enseña una lección muy seria: el pecado y la hipocresía pueden propagarse rápidamente dentro de una congregación cuando no son confrontados Bíblicamente.

El caso de Bernabé hace aún más impactante este incidente. Bernabé era conocido como un cristiano ejemplar. La Biblia lo presenta como un hombre generoso que ayudó a los necesitados (Hch. 4:36-37), un hermano que apoyó al apóstol Pablo cuando muchos le tenían temor (Hch. 9:26-27), un “varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe” (Hch. 11:24), y un fiel defensor del evangelio (Hch. 15). Sin embargo, aun un hombre tan espiritual como Bernabé pudo ser influenciado negativamente por la conducta de otros. Esto demuestra que ningún cristiano debe pensar que está completamente inmune al peligro de ser arrastrado al error (1 Cor. 10:12).

Hoy en día sucede lo mismo en muchas congregaciones. Hay hermanos que poseen gran influencia debido a su antigüedad, conocimiento Bíblico, amistad cercana o posición dentro de la iglesia. Cuando tales hermanos comienzan a practicar actitudes pecaminosas o promueven ideas contrarias a la sana doctrina, otros terminan siguiéndolos ciegamente. Algunos arrastran a otros al desánimo, la crítica constante, la división, el liberalismo doctrinal, la mundanalidad, el favoritismo, la rebeldía contra la autoridad Bíblica o la apatía espiritual.

La Biblia advierte repetidamente acerca del peligro de las malas influencias:

  • “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Cor. 15:33).
  • “Un poco de levadura leuda toda la masa” (Gál. 5:9).
  • “No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas” (Ef. 5:11).
  • “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Heb. 12:15).

Es triste observar cómo algunas congregaciones han sufrido divisiones y conflictos porque ciertos hermanos influyentes persuaden a otros a seguir caminos incorrectos. En ocasiones, hermanos respetados utilizan su influencia para sembrar descontento, hablar mal de otros, cuestionar decisiones Bíblicas, o promover actitudes carnales. Tales acciones dañan profundamente la unidad y la espiritualidad de la iglesia. Pablo exhortó a los hermanos: “Os ruego, pues, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos” (Rom. 16:17).

También debemos reconocer que la hipocresía no solamente perjudica al que la practica, sino también a los nuevos convertidos y a los débiles en la fe. Jesús habló severamente acerca de aquellos que hacen tropezar a otros:

“Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera si se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mt. 18:6).

Cada cristiano debe examinar cuidadosamente el impacto de su ejemplo. Nuestras palabras, actitudes y acciones pueden fortalecer o destruir la fe de otros. Por esta razón, Pablo escribió: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Cor. 11:1). Todo cristiano debe procurar ser una influencia piadosa y no un tropiezo para la iglesia.

¿Qué lecciones podemos aprender de Gálatas 2:13 respecto al peligro de arrastrar a otros a la hipocresía?

  1. Aun hermanos fieles pueden ser arrastrados al error.
    Nadie debe confiar excesivamente en sí mismo (1 Cor. 10:12).
  2. Los hermanos con influencia pueden afectar positiva o negativamente a otros.
    El ejemplo tiene un enorme poder dentro de la congregación (1 Tim. 4:12).
  3. No debemos seguir ciegamente a ningún hombre.
    Nuestra lealtad suprema debe ser siempre hacia Cristo y Su Palabra (Hch. 5:29).
  4. Cuando un hermano anda desordenadamente, debe ser exhortado con amor y firmeza.
    Pablo corrigió públicamente a Pedro porque el daño era público (Gál. 2:11-14).
  5. La hipocresía puede extenderse rápidamente dentro de la iglesia.
    El pecado tolerado termina contaminando a otros (1 Cor. 5:6).
  6. Cada cristiano debe cuidar su influencia.
    Jesús enseñó que somos luz del mundo y sal de la tierra (Mt. 5:13-16).
  7. La unidad verdadera solamente puede existir cuando todos andamos conforme a la verdad del evangelio.
    La unidad sin verdad no agrada a Dios (Jn. 17:17; Ef. 4:1-6).

La iglesia del Señor en muchos lugares ha sido lastimada y obstaculizada en su trabajo espiritual por causa de hermanos que no se conducen conforme a la voluntad de Dios y que además influyen negativamente sobre otros. Por esta razón, cada cristiano debe orar constantemente a Dios para nunca convertirse en instrumento de división, hipocresía o tropiezo dentro de la congregación.

Procuremos más bien ser cristianos fieles que animen a otros a permanecer firmes en la verdad, el amor y la pureza espiritual. Que nuestro ejemplo siempre conduzca a otros más cerca de Cristo y nunca lejos de Él.

Willie A. Alvarenga | (817) 681 4543 | btsop2004@gmail.com

RETOS QUE ENFRENTAN LOS JÓVENES – “APRENDER A MANTENERSE OCUPADOS EN LA OBRA DEL SEÑOR” por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que los jóvenes enfrentan hoy en día es aprender a mantenerse ocupados en la obra del Señor. Las distracciones que este mundo presenta al joven Cristiano son muchas. En la mayoría de los casos, estas distracciones impiden que los jóvenes permanezcan activos en el servicio a Dios. La Biblia nos recuerda que los Cristianos no deben permitir que el mundo los aparte de su fidelidad a Dios. 1 Juan enseña que no debemos amar al mundo ni las cosas que están en el mundo, porque el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2:15-17). Los jóvenes Cristianos deben recordar que Satanás constantemente busca oportunidades para desanimarlos de servir fielmente a Dios. Por esta razón, deben permanecer espiritualmente alertas y firmes en su compromiso con Cristo.

¿Cuáles son algunas actividades en las que los jóvenes deberían participar, pero muchas veces no lo hacen a causa de las distracciones? Las siguientes son dignas de seria consideración: (1) Participar en los diferentes privilegios durante la adoración a Dios, tales como cantar, dirigir oraciones, lecturas Bíblicas, asistir en la Cena del Señor, devocionales y otras áreas de servicio, (2) Participar en actividades juveniles que fortalezcan la comunión Cristiana y el crecimiento espiritual, (3) Participar en el evangelismo personal compartiendo el evangelio con amigos, compañeros de escuela, vecinos y familiares, (4) Ayudar en eventos congregacionales tales como conferencias, campañas evangelísticas, seminarios, escuelas Bíblicas de vacaciones y reuniones evangelísticas, y (5) Animar a otros jóvenes a ser miembros activos y fieles de la congregación. Eclesiastés recuerda a los jóvenes: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud” (Eclesiastés 12:1). Asimismo, 1 Timoteo enseña que los jóvenes Cristianos pueden ser ejemplos “en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12).

Dios siempre se ha agradado de los jóvenes que toman muy en serio el trabajo de Su reino. A través de las Escrituras leemos acerca de jóvenes fieles como José, Daniel y Timoteo, quienes permanecieron fieles a Dios a pesar de circunstancias difíciles y presiones mundanas. Joven, tú tienes un gran potencial para servir fielmente a nuestro Dios. Nunca subestimes el valor de tu servicio en el reino de Cristo. Por lo tanto, se te anima a hacer todo esfuerzo para evitar que las distracciones de este mundo te aparten de ofrecer un servicio agradable a Dios. Colosenses exhorta a los Cristianos: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23). A todos los jóvenes que ya están activos en la obra del Señor, muchas gracias por su fiel servicio a Dios y por su ejemplo para otros. Sigan adelante, “firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre” (1 Corintios 15:58).

Archivo en audio sobre la historia de la iglesia de Cristo en México por Humberto Rivas

Hermanos, aquí les comparto un archivo en audio de la historia de la iglesia de Cristo en México. Espero les sea de mucha ayuda. Dios les bendiga.

La Iglesia de Cristo en Mexico por Humberto Rivas