PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: El establecimiento de ancianos que no están calificados por Willie A. Alvarenga

Otra práctica sumamente dañina que debemos añadir a esta lista es el establecimiento de ancianos que no están calificados para desempeñar esta importante responsabilidad. Lamentablemente, este problema se ha presentado en varias congregaciones de la iglesia del Señor. En algunos casos, el deseo legítimo de contar con la organización Bíblica de la iglesia ha llevado a ciertos hermanos a establecer como ancianos a hombres que todavía no cumplen con los requisitos que Dios ha establecido en Su Palabra. Sin embargo, debemos recordar que el deseo de tener ancianos nunca debe estar por encima del deseo de hacer la voluntad de Dios.

La organización de la iglesia no es un asunto que podamos modificar según nuestras circunstancias, preferencias o necesidades. Cristo es la cabeza de la iglesia (Efesios 1:22-23; Colosenses 1:18), y Él tiene toda autoridad sobre ella (Mateo 28:18). Por lo tanto, la iglesia debe respetar cuidadosamente el patrón que Dios ha establecido en Su Palabra.

Los requisitos para los ancianos vienen de Dios

El Espíritu Santo, por medio de los escritores inspirados del Nuevo Testamento, dejó claramente establecidos los requisitos que debe cumplir un hombre que desea servir como anciano. Estos requisitos se encuentran principalmente en 1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-9; 1 Pedro 5:1-4 y Hebreos 13:7, 17.

Pablo escribió:

“Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea” (1 Timoteo 3:1).

Es importante notar que Pablo no solamente habla de la buena obra que desea realizar el hombre que aspira al obispado, sino que inmediatamente presenta una lista de cualidades que este hombre debe poseer. Entre ellas encontramos que debe ser irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, amable, apacible, no avaro, que gobierne bien su casa y que tenga buen testimonio de los de afuera (1 Timoteo 3:2-7).

De igual manera, Tito 1:6-9 presenta requisitos adicionales y paralelos: irreprensible, marido de una sola mujer, tener hijos creyentes, no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo y retenedor de la Palabra fiel.

Estos requisitos no son sugerencias. Son las cualidades que Dios ha establecido para aquellos que desean servir como obispos. Por lo tanto, ningún hombre, predicador, evangelista, anciano, congregación o grupo de hermanos tiene autoridad para eliminar, modificar o minimizar alguno de ellos.

No debemos alterar los requisitos de Dios

En ocasiones, la desesperación por tener ancianos puede llevar a una congregación a buscar maneras de justificar la selección de un hermano que no está calificado. También he escuchado de congregaciones donde un hermano prominente llega, imparte algunas clases sobre la organización de la iglesia y, posteriormente, termina estableciendo ancianos que no cumplen con los requisitos Bíblicos.

También existen casos donde se intenta alterar los requisitos obligatorios para ancianos y diáconos con el propósito de acomodar a ciertos hermanos que no califican. Tal práctica no tiene autorización Bíblica.

Debemos recordar las palabras de Dios:

“No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres” (Proverbios 22:28).

Aunque este texto pertenece al Antiguo Testamento y originalmente se refiere a los linderos establecidos, el principio de respetar lo que Dios ha establecido es claramente importante. En el Nuevo Testamento encontramos el mismo principio de respeto a la autoridad Bíblica:

“Para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito” (1 Corintios 4:6).

También Colosenses 3:17 enseña:

“Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús”.

Hacer algo “en el nombre del Señor” significa hacerlo bajo Su autoridad. Si Dios ha establecido requisitos específicos para los ancianos, nosotros no tenemos derecho de cambiarlos.

La “emergencia” no autoriza a desobedecer a Dios

Algunas veces se argumenta que una congregación necesita ancianos urgentemente. Quizás una iglesia solamente tiene dos ancianos y uno de ellos ya no puede continuar sirviendo. En una situación así, puede existir una gran presión para encontrar rápidamente a otro hermano que ocupe el lugar vacante.

Sin embargo, una emergencia no cambia la voluntad de Dios.

Si solamente queda un anciano calificado, la solución no consiste en establecer apresuradamente a un hombre que no cumple con los requisitos. Si llega el momento en que una congregación ya no cuenta con el número de ancianos necesarios para continuar funcionando como una pluralidad de obispos, entonces debe reconocerse honestamente esa realidad y trabajar diligentemente para preparar y equipar a hermanos que puedan calificar Bíblicamente en el futuro.

Es mucho mejor decir: “Todavía no tenemos ancianos calificados”, que decir: “Tenemos ancianos, aunque sabemos que no cumplen con los requisitos de Dios”.

No podemos hacer el mal para que venga el bien (Romanos 3:8).

La obediencia a Dios siempre debe ocupar el primer lugar:

“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).

Los requisitos tienen un propósito

Debemos entender que los requisitos que el Espíritu Santo estableció para los ancianos tienen un propósito. Dios no los colocó en la Biblia para hacer difícil que una congregación tenga ancianos. Los estableció para asegurarse de que los hombres que supervisan y pastorean a la iglesia tengan el carácter, la madurez espiritual, el conocimiento y la capacidad necesarios para realizar esta obra.

Un anciano debe ser capaz de:

  • Gobernar bien su casa (1 Timoteo 3:4-5).
  • Ser un ejemplo para la congregación (1 Pedro 5:3).
  • Apacentar el rebaño de Dios (1 Pedro 5:2).
  • Velar por las almas de los miembros (Hebreos 13:17).
  • Exhortar con sana enseñanza (Tito 1:9).
  • Convencer a los que contradicen (Tito 1:9).
  • Proteger a la iglesia de falsos maestros (Hechos 20:28-31).
  • Servir sin enseñorearse de la congregación (1 Pedro 5:3).
  • Ser un ejemplo espiritual digno de imitar (1 Pedro 5:3).

Por lo tanto, establecer a un hombre u hombres que no están preparados para estas responsabilidades puede traer consecuencias muy serias para toda la congregación.

El ancianato no es simplemente un título

Otro problema consiste en considerar el ancianato como un título, posición de honor o reconocimiento personal. El trabajo de un anciano no consiste simplemente en participar en reuniones, tomar decisiones administrativas o representar a la congregación.

El anciano es un pastor espiritual que debe cuidar del rebaño de Dios.

Pedro exhortó a los ancianos:

“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto” (1 Pedro 5:2).

Y añadió:

“No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:3).

El verdadero anciano no busca autoridad para ser servido, sino oportunidades para servir. No busca controlar a la congregación, sino ayudarla a crecer espiritualmente. No busca reconocimiento personal, sino la gloria de Dios (Gálatas 6:14).

Jesús enseñó este principio cuando dijo:

“El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mateo 20:26).

Los ancianos tienen una gran responsabilidad delante de Dios

El trabajo de los ancianos no es cualquier trabajo. Ellos tienen la responsabilidad de velar por las almas de aquellos que están bajo su cuidado.

Hebreos 13:17 dice:

“Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta”.

La expresión “como quienes han de dar cuenta” debe producir reverencia y seriedad. Los ancianos tendrán que responder delante de Dios por la manera en que realizaron esta responsabilidad.

Pedro también recordó a los ancianos que cuando aparezca el “Príncipe de los pastores”, recibirán la corona incorruptible de gloria (1 Pedro 5:4).

Por esta razón, un hermano no debe aceptar el ancianato simplemente porque otros lo desean. Debe examinar cuidadosamente su vida a la luz de la Palabra de Dios y preguntarse sinceramente si cumple con las cualidades establecidas por el Espíritu Santo.

La iglesia también tiene una responsabilidad

No solamente los hombres que aspiran al ancianato tienen una responsabilidad. La congregación también debe ser diligente al seleccionar a sus ancianos.

Una iglesia no debe elegir a un hombre porque sea popular, tenga dinero, sea empresario, tenga muchos años de ser miembro, sea amigo del predicador o porque la congregación lo estime mucho.

La pregunta principal debe ser:

“¿Cumple este hermano con los requisitos que Dios ha establecido?”

La iglesia debe estudiar cuidadosamente 1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-9; 1 Pedro 5:1-4; y Hebreos 13:7, 17 antes de considerar a cualquier hermano para el obispado.

Además, debe evitarse el favoritismo. Pablo escribió:

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad” (1 Timoteo 5:21).

La selección de ancianos debe hacerse con oración, reverencia, conocimiento Bíblico y absoluta honestidad.

¿Qué debemos hacer cuando no tenemos ancianos calificados?

Si una congregación no tiene hombres que cumplan con los requisitos, no debe sentirse presionada a establecer hombres no calificados. Más bien, debe comenzar a trabajar para preparar a futuros ancianos.

Los hombres deben crecer en:

  • conocimiento de la Palabra de Dios;
  • carácter Cristiano;
  • dominio propio;
  • liderazgo espiritual;
  • capacidad para enseñar;
  • fidelidad a su esposa;
  • gobierno apropiado de su hogar;
  • hospitalidad;
  • servicio a los hermanos;
  • defensa de la sana doctrina;
  • buen testimonio ante los de afuera.

Pablo le dijo a Tito que debía establecer ancianos en cada ciudad (Tito 1:5), pero esos hombres debían cumplir con las cualidades que inmediatamente aparecen en los versículos siguientes.

De igual manera, Pablo enseñó que hombres fieles debían ser capacitados para enseñar a otros:

“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:2).

La solución, entonces, no es bajar la norma, sino elevar el nivel de preparación espiritual de los hombres.

Una iglesia fuerte necesita líderes espiritualmente fuertes

Cuando una congregación establece ancianos que verdaderamente cumplen con los requisitos Bíblicos, la iglesia puede recibir grandes beneficios. Los ancianos podrán cumplir mejor su responsabilidad de proteger, alimentar, guiar y cuidar al rebaño.

Hechos 20:28 dice:

“Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor”.

Este texto muestra la enorme responsabilidad que descansa sobre los hombros de quienes sirven como obispos.

Una congregación con ancianos fieles y calificados puede ser grandemente fortalecida. Pero una congregación que establece hombres no calificados puede experimentar conflictos, mala administración, falta de dirección espiritual, tolerancia del error, favoritismo, divisiones y, en algunos casos, apostasía.

Por eso, no debemos apresurarnos a establecer ancianos simplemente para poder decir que tenemos la organización Bíblica de la iglesia. Debemos procurar tener ancianos que realmente sean conforme al patrón que Dios ha establecido.

El establecimiento de ancianos que no están calificados es una práctica que puede lastimar profundamente a la iglesia del Señor. Aunque el deseo de tener ancianos sea correcto, el método para lograrlo también debe ser correcto.

Nunca debemos sacrificar la verdad para alcanzar una meta que consideramos buena. Dios desea que Su iglesia sea gobernada y guiada por hombres que cumplen con Sus requisitos. No debemos agregar requisitos humanos, pero tampoco debemos eliminar o minimizar los requisitos Divinos.

Recordemos que la iglesia pertenece a Cristo (Mateo 16:18), Él es su cabeza (Efesios 1:22-23), y nosotros debemos respetar Su voluntad en todo lo que hacemos.

Si una congregación todavía no tiene hombres calificados para servir como ancianos, que no se desanime. Que enseñe la Palabra, que prepare a los hombres, que fortalezca los hogares y que ayude a futuros líderes a crecer espiritualmente. Con el tiempo, el Señor puede bendecir esos esfuerzos con hombres que lleguen a cumplir los requisitos establecidos en Su Palabra.

Pero mientras tanto, no alteremos el patrón de Dios por causa de la presión, la tradición, la conveniencia o una supuesta emergencia.

Que cada congregación pueda decir como el salmista:

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).

Y que todos recordemos la exhortación de Pablo:

“Pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40).

Dios nos ayude a respetar Su voluntad, a enseñar fielmente Su Palabra y a establecer únicamente a hombres que verdaderamente estén calificados para cuidar y guiar la iglesia que Cristo compró con Su propia sangre (Hechos 20:28).

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no predican la Palabra de Dios por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado gravemente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no proclaman fielmente la Palabra de Dios. Este problema ha perjudicado la obra del Señor durante muchos años. En muchos lugares, la iglesia sufre por causa de predicadores que no presentan el mensaje divino. Son expertos en historias, anécdotas, política, deportes y chistes, pero no en la exposición de las Sagradas Escrituras. Algunos han olvidado que el poder para transformar y edificar la vida de las personas se encuentra únicamente en la predicación del mensaje de Dios, y no en el entretenimiento ni en la sabiduría humana.

Repetidas veces encontramos exhortaciones claras a predicar la Palabra de Dios. Por ejemplo, el apóstol Pablo animó al evangelista Timoteo a retener la sana doctrina (2 Tim. 1:13) y a predicar la Palabra (2 Tim. 4:2). Asimismo, exhortó a Tito a enseñar todo lo que está de acuerdo con la sana doctrina (Tit. 2:1). El apóstol Pedro, quien nos dejó un extraordinario ejemplo de predicación saturada de Escritura en el día de Pentecostés, escribió: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 P. 4:11). Solo de esta manera Dios será glorificado, como lo afirma la parte final de este mismo pasaje.

El Hijo de Dios, Jesucristo, también enfatizó que una de las razones por las cuales recorría diferentes lugares era para predicar la Palabra de Dios (Mr. 1:38). En el Antiguo Testamento observamos claramente cómo los profetas comprendieron la necesidad y la importancia de proclamar únicamente el mensaje divino (1 Rey. 22:14). Dios les ordenó predicar exclusivamente las palabras que Él les comunicaba (Jonás 3:2; Jer. 26:1-2). La expresión “Así dice el Señor” aparece repetidas veces en los escritos proféticos y nos recuerda la responsabilidad que tenemos de anunciar solamente lo que Dios revela en Su Palabra. Estos y muchos otros pasajes deberían ser memorizados por aquellos predicadores que no están edificando a la iglesia mediante la proclamación fiel de las Escrituras. Cierto predicador afirmó: “Los chistes y las largas ilustraciones e historias deben ocupar un lugar importante en la predicación porque a la gente le gustan y la hacen reír”. Tal declaración contradice claramente la enseñanza de la Palabra de Dios respecto a la clase de predicación que Él demanda de Sus siervos (cf. 2 Tim. 4:1-2; 1 P. 4:11).

¿De qué manera es lastimada la iglesia del Señor cuando la Palabra de Dios no se predica? Consideremos las siguientes consecuencias:

  1. La iglesia del Señor no es edificada cuando la Palabra de Dios no se predica (Hch. 20:32).
  2. Los predicadores desobedecen el mandato divino de proclamar fielmente Su Palabra (2 Tim. 4:2; Jonás 3:2; 1 P. 4:11; Tit. 2:1).
  3. A la iglesia se le priva del conocimiento de la Palabra de Dios (Oseas 4:6).
  4. La iglesia permanece en la ignorancia Bíblica, lo cual puede conducirla al cautiverio espiritual y a las falsas doctrinas (Isa. 5:13; Ef. 4:14).
  5. Los miembros no son preparados ni equipados para la obra del ministerio (Ef. 4:11-16).
  6. La iglesia puede perder el respeto por la autoridad de las Sagradas Escrituras (Col. 3:17).
  7. La iglesia deja de crecer en el conocimiento de la Palabra de Dios (2 P. 3:18; Col. 3:16; 1 P. 2:2).

La iglesia del Señor tiene el derecho y la responsabilidad de exigir que la Palabra de Dios sea predicada desde el púlpito. Los ancianos, quienes velan por el bienestar espiritual del rebaño (Heb. 13:17), deben asegurarse de que el predicador proclame la Palabra de Dios y no sus opiniones personales. Hoy más que nunca es indispensable regresar a la predicación completamente Bíblica que encontramos en las páginas de las Sagradas Escrituras.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: La irreverencia en el culto de adoración por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la irreverencia durante los servicios de adoración. Este problema ha perjudicado la obra del Señor a través de los años y continúa siendo una realidad en muchas congregaciones. Jóvenes, adultos e incluso predicadores del evangelio han sido culpables de esta práctica. En cierta ocasión, un predicador interrumpió su clase para responder a una publicación en Facebook. Otro contestó su teléfono mientras predicaba un sermón. Aunque estas acciones pudieran parecer insignificantes para algunos, reflejan una falta de respeto hacia Dios y hacia el propósito sagrado de la adoración congregacional.

La Biblia enseña claramente que Dios merece nuestra más profunda reverencia. El escritor de Hebreos exhorta: “sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (Hebreos 12:28-29). Salomón también escribió: “Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie” (Eclesiastés 5:1). Estas palabras nos recuerdan que la adoración no es un asunto común, sino una actividad espiritual en la que nos presentamos delante del Creador del universo.

Los miembros de la iglesia, en ocasiones, muestran irreverencia en los servicios de adoración de las siguientes maneras: (1) Revisando sus teléfonos durante la adoración, (2) Actualizando fotos de perfil en redes sociales, (3) Enviando mensajes de texto a familiares o amigos, (4) Buscando lugares para comer después del servicio, (5) Usando vestimenta inapropiada para una ocasión tan solemne, (6) Mostrando una actitud indiferente hacia la predicación de la Palabra de Dios, (7) Ausentándose de la clase Bíblica y llegando solamente al servicio último, (8) No participando de la Cena del Señor, (9) No ofrendando conforme han prosperado durante la semana, (10) Conversando con la persona a su lado, (11) Participando sin haberse preparado adecuadamente para el privilegio asignado, (12) No trayendo su Biblia a los servicios, (13) Saliendo repetidamente al baño sin una razón justificable, (14) No enseñando a sus hijos a comportarse respetuosamente en la adoración, (15) Llegando desvelados al servicio sin justificación alguna, (16) Criticando constantemente a quienes participan en la adoración, (17) Llegando sin el deseo de adorar a Dios en espíritu y en verdad, (18) No adorando conforme a Su Palabra, (19) Predicando falsa doctrina, (20) No estando concentrados durante las oraciones, (21) Permitiendo pensamientos mundanos durante la adoración, (22) Haciendo las cosas para recibir reconocimiento humano, (23) Participando mecánicamente en los servicios, (24) No mostrando gozo al adorar a Dios, y (25) No participando en el canto congregacional.

La irreverencia también se manifiesta cuando se participa de los actos de adoración sin reflexión espiritual. Algunos cantan sin pensar en las palabras que expresan; otros oran sin concentrarse en las peticiones elevadas a Dios. Pablo enseñó que los cristianos deben cantar “con gracia en vuestros corazones al Señor” (Colosenses 3:16). Asimismo, Jesús enseñó que los verdaderos adoradores deben adorar “en espíritu y en verdad” (Juan 4:23-24). Esto requiere una mente enfocada y un corazón comprometido.

Ser culpable de estas cosas constituye una adoración vana delante de Dios. Jesús habló de una adoración en vano cuando las cosas no se hacen conforme a la voluntad divina (Mateo 15:7-9). También reprendió a aquellos que honraban a Dios con los labios mientras su corazón estaba lejos de Él. La adoración aceptable no consiste solamente en estar físicamente presentes en un edificio; requiere una disposición espiritual correcta y una obediencia sincera a la voluntad de Dios.

La irreverencia en la adoración afecta seriamente a la iglesia del Señor. Primero, impide que Dios reciba la honra que merece. Segundo, comunica a otros que la adoración no ocupa un lugar importante en nuestras vidas. Tercero, nos convierte en un mal ejemplo para los visitantes, los nuevos convertidos y nuestros propios hijos. Cuarto, obstaculiza nuestro crecimiento espiritual, pues dejamos de aprovechar plenamente las bendiciones de la adoración. Quinto, pone en peligro nuestra relación con Dios y, por consiguiente, nuestra salvación eterna.

Recordemos que los primeros cristianos perseveraban fielmente en la adoración y en las actividades espirituales de la iglesia (Hechos 2:42). Su ejemplo debe motivarnos a valorar cada oportunidad que tenemos para reunirnos con los santos y glorificar a Dios. Cuando comprendemos quién es Dios y lo que Él ha hecho por nosotros mediante Jesucristo, nuestra actitud hacia la adoración cambia por completo.

Que Dios nos conceda la sabiduría necesaria para nunca ser culpables de una adoración irreverente, sino de una adoración que le glorifique, le honre y sea aceptable delante de Sus ojos. Procuremos siempre acercarnos a Él con humildad, respeto, gratitud y un sincero deseo de hacer Su voluntad.

btsop2004@gmail.com

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: La ausencia de la oración en la vida cristiana por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la ausencia de la oración en la vida cristiana. No hay duda de que la Biblia exhorta a hombres, mujeres y jóvenes a ser personas de oración. Esta debe ocupar un lugar esencial en la vida del cristiano (1 Tes. 5:17; Ef. 6:18). Además de los mandamientos relacionados con la oración, Dios nos ha dejado numerosos ejemplos de siervos fieles para quienes la oración fue una prioridad. Entre ellos encontramos a Daniel (Dan. 6:10), Jesús (Mr. 1:35; Lc. 5:16), la iglesia del primer siglo (Hch. 2:42; 12:5, 12), Ana (1 Sam. 1:10-18), Nehemías (Neh. 1:4-11), y Pablo y Silas (Hch. 16:25), entre muchos otros.

La oración constituye uno de los privilegios más grandes que Dios ha concedido a Sus hijos. Por medio de ella podemos acercarnos al trono de la gracia para hallar oportuno socorro (Heb. 4:16), presentar nuestras peticiones delante de Dios (Fil. 4:6), agradecer Sus bendiciones (Col. 4:2) y buscar Su dirección en los asuntos de la vida. Cuando la oración está ausente, el cristiano pierde una fuente invaluable de fortaleza espiritual y la iglesia sufre las consecuencias.

¿Por qué es tan grave la ausencia de la oración en la vida cristiana? Considere lo siguiente:

1. Produce desobediencia a Dios

La oración es un mandato divino que debe obedecerse (1 Tes. 5:17; Mt. 26:41). Descuidarla constituye pecado delante de Dios (1 Jn. 3:4). Dios espera que Sus hijos dependan de Él y le busquen constantemente.

2. Impide el crecimiento espiritual

Dios concede sabiduría y fortaleza a quienes la piden con fe (Stg. 1:5-6). Sin oración, el desarrollo espiritual se ve afectado y la madurez cristiana se retrasa.

3. Proyecta un mal ejemplo a la familia

Un hogar que sirve a Dios debe también buscarle en oración (Jos. 24:15). Los hijos aprenden la importancia de la oración al observar a sus padres practicarla diariamente.

4. Debilita el amor fraternal

La Biblia nos exhorta a orar unos por otros (Ef. 6:18; Stg. 5:16). La oración es una expresión práctica del amor cristiano y de la preocupación genuina por nuestros hermanos.

5. Nos expone a la tentación

Jesús enseñó que debemos velar y orar para no caer en tentación (Mt. 26:41). La oración fortalece nuestra fidelidad en tiempos difíciles y nos ayuda a resistir los ataques del enemigo.

6. Nos aleja de las necesidades de la familia espiritual

La iglesia debe perseverar en oración por sus miembros (Hch. 12:5, 12). Cuando dejamos de orar por otros, perdemos sensibilidad hacia sus luchas y necesidades.

7. Debilita los esfuerzos evangelísticos

Debemos orar para que Dios abra puertas a la predicación del evangelio (Col. 4:2-3; 2 Tes. 3:1). Cuando dejamos de hacerlo, descuidamos una responsabilidad importante relacionada con la salvación de las almas.

8. Limita nuestra dependencia de Dios

La ausencia de oración puede llevarnos a confiar más en nuestras capacidades que en el poder de Dios (Prov. 3:5-6). La oración nos recuerda que dependemos completamente de Él.

9. Reduce nuestra gratitud

La oración incluye la acción de gracias (Fil. 4:6; 1 Tes. 5:18). Cuando no oramos, corremos el riesgo de olvidar las bendiciones que Dios derrama diariamente sobre nuestras vidas.

10. Debilita la unidad de la iglesia

Las congregaciones que oran juntas desarrollan una mayor unidad y compañerismo espiritual. La iglesia primitiva perseveraba unánime en oración (Hch. 1:14), y Dios bendecía grandemente su trabajo.

11. Impide recibir la paz de Dios

La oración ayuda al cristiano a depositar sus cargas en el Señor. Sin ella, la ansiedad, la preocupación y el temor pueden dominar el corazón (Fil. 4:6-7; 1 Ped. 5:7).

12. Apaga el celo espiritual

Cuando la oración desaparece, el entusiasmo por la obra del Señor disminuye. La iglesia pierde vigor espiritual y se vuelve vulnerable a la apatía y al conformismo (Rom. 12:11).

La historia Bíblica demuestra que los grandes momentos de victoria espiritual estuvieron acompañados por la oración. Cuando el pueblo de Dios oró, recibió dirección, protección, fortaleza y bendición. Por el contrario, cuando dejó de depender de Dios, sufrió las consecuencias de su debilidad espiritual.

No existe justificación válida para que los miembros de la iglesia descuiden la oración. Seamos cristianos que oren constantemente para cumplir la voluntad de Dios y contribuir al fortalecimiento de Su obra. La oración siempre será una gran bendición para la iglesia del Señor. Por lo tanto, cultivemos una profunda pasión por la oración para que nunca esté ausente de nuestras vidas. Que Dios, por medio de Su Palabra, continúe exhortándonos a ser hombres, mujeres y jóvenes dedicados a la oración, recordando siempre las palabras de nuestro Señor: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento” (Mt. 6:6), y el mandato inspirado: “Perseverad en la oración” (Col. 4:2).

btsop2004@gmail.com

Folleto: El Plan de Salvación

Cover El Plan de SalvaciónHermanos, aquí les presento un folleto para ser utilizado en los esfuerzos de evangelismo personal o congregacional. En este folleto la persona es informada sobre el verdadero plan de salvación que Dios, en Su infinita misericordia, ha dejado disponible para ser entendido.

Si usted en realidad está interesado en hacer la voluntad de Dios, le aseguro que usted podrá entender este plan de salvación. Jesús dijo, «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta» (Juan 7:17). Basado en este texto, Jesús asegura que usted puede entender la voluntad de Dios, si tan solamente desea hacerla.

Existe mucha confusión en el mundo religioso respecto a la manera de cómo se obtiene la salvación. Si usted es honesto con la enseñanza bíblica de este folleto, entonces usted comprenderá lo que Dios pide de usted para ser salvo.

Recuerde que la salvación es condicional, es decir, usted debe hacer la voluntad de Dios para ser salvo (Mateo 7:21).

Es mi oración que este folleto sea una gran bendición para alcanzar las almas de este mundo. Dios les bendiga.

 

El Plan de Salvación PDF

Se concede el permiso para que este folleto sea utilizado para la honra y gloria de nuestro Dios y para beneficio de aquellos que todavía no han alcanzado la salvación.