PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Miembros que se dan por vencido rápidamente por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos miembros que se dan por vencidos rápidamente. Este problema ha perjudicado la obra del Señor por muchos años. Desde el establecimiento de la iglesia en el primer siglo, siempre han existido personas que, por diversas razones, abandonan la causa de Cristo. Algunos dejan de reunirse con los santos y gradualmente se enfrían espiritualmente (Heb. 10:24-25). Otros regresan al mundo, abandonan al Señor y nunca más vuelven al rebaño (2 P. 2:20-22). También están aquellos que permanecen físicamente dentro de la congregación, pero cuyo corazón ya se ha apartado de Dios (Ap. 2:4; Is. 29:13).

Muchas pueden ser las causas por las cuales algunos miembros se dan por vencidos rápidamente. Algunos sucumben ante las pruebas de la vida (Stg. 1:2-4, 12), otros permiten que las preocupaciones, las riquezas y los placeres de este mundo ahoguen la Palabra de Dios en sus corazones (Lc. 8:14). Algunos tropiezan por conflictos personales, otros por desánimo, persecución o falta de crecimiento espiritual. Sin embargo, desde un punto de vista Bíblico, ninguna de estas razones justifica abandonar al Señor. La causa de Cristo es infinitamente más importante que cualquier dificultad temporal que podamos enfrentar. Jesús mismo preguntó: «¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?» (Mr. 8:36).

La iglesia del primer siglo experimentó innumerables adversidades. Muchos cristianos fueron perseguidos, encarcelados, despojados de sus bienes y, en algunos casos, entregaron su propia vida por causa del evangelio (Heb. 10:32-34; 11:35-38). Sin embargo, gran parte de ellos perseveró fielmente en el camino del Señor. Su amor por Dios fue tan profundo que estuvieron dispuestos a sufrir por Cristo. Reconocieron que era un privilegio padecer por Su nombre (Hch. 5:41-42; Fil. 1:29). El apóstol Pablo y Silas, aun estando encarcelados injustamente, oraban y cantaban himnos a Dios (Hch. 16:25). Pablo incluso expresó que se gozaba en sus padecimientos por Cristo (Col. 1:24) y declaró con plena convicción: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Tim. 4:7-8).

Cuando se comparan los sufrimientos de la iglesia del primer siglo con las pruebas que enfrentan muchos cristianos en la actualidad, resulta evidente que aquellos hermanos soportaron dificultades mucho mayores. Sin embargo, hoy algunos abandonan la causa de Cristo por asuntos relativamente pequeños: diferencias personales, críticas, falta de reconocimiento, problemas económicos o simples distracciones del mundo. Tales razones nunca deberían ser suficientes para renunciar a la esperanza de la vida eterna.

Es imperativo que cada cristiano cultive una fidelidad inquebrantable a Dios, de tal manera que nada en este mundo lo aparte del camino del Señor. Nuestro Padre celestial merece toda nuestra fidelidad y compromiso (Ap. 2:10). Nuestro amor por Él debe impulsarnos a permanecer firmes aun en medio de las pruebas. El escritor a los Hebreos exhortó: «No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia» (Heb. 10:35-36). Asimismo, Pablo escribió: «Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre» (1 Cor. 15:58).

La obra del Señor resulta gravemente afectada cuando los cristianos se dan por vencidos rápidamente. Las consecuencias son numerosas y de gran impacto para la congregación local. Entre ellas podemos mencionar las siguientes:

  1. La membresía de la congregación disminuye.
  2. Hay menos obreros para desempeñar los privilegios de la adoración y del servicio.
  3. Se pierde el ejemplo de fidelidad que otros miembros necesitan observar (1 Tim. 4:12).
  4. Disminuye el número de hermanos que pueden estimular a otros al amor y a las buenas obras (Heb. 10:24).
  5. Se reduce la fuerza evangelística de la congregación (Mt. 28:19-20).
  6. Algunos miembros pueden desanimarse al observar que otros abandonan la fe.
  7. Las familias sufren profundamente cuando un padre o una madre deja de ser un ejemplo espiritual para su hogar (Ef. 6:4; Dt. 6:6-9).
  8. El nombre de Dios es deshonrado delante de los incrédulos (Ro. 2:24).
  9. La iglesia pierde influencia espiritual en la comunidad.
  10. El cristiano que se aparta pone en peligro la salvación de su alma (Heb. 3:12-14; Ap. 3:11).

Estas son solamente algunas de las terribles consecuencias de apartarse del camino del Señor. Especialmente lamentable es cuando quienes se alejan son padres de familia, pues dejan de ser modelos de fidelidad y perseverancia para sus hijos y su cónyuge. Las futuras generaciones suelen ser profundamente afectadas por la falta de compromiso espiritual de quienes debieron guiarlas en el camino del Señor.

No debemos olvidar que el Nuevo Testamento está lleno de exhortaciones a perseverar. Jesús dijo: «Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo» (Mt. 24:13). También afirmó: «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida» (Ap. 2:10). El autor de Hebreos nos anima a correr con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe (Heb. 12:1-3). Nuestra fortaleza no proviene de nosotros mismos, sino del Señor, quien promete ayudar a los que permanecen cerca de Él (Fil. 4:13; Is. 41:10).

Lo peor que un cristiano desanimado puede hacer es alejarse precisamente de la fuente de ánimo, fortaleza y esperanza. Cuando más necesitamos ayuda es cuando más debemos acercarnos a Dios, a Su Palabra y a la comunión con los santos. El Señor nunca abandona a quienes permanecen fieles (Heb. 13:5-6).

Por ello, animamos a todos los hermanos y hermanas que, por alguna razón, se han apartado del camino del Señor, a regresar al rebaño de Cristo. El Buen Pastor continúa llamando a Sus ovejas (Jn. 10:11-16), y el Padre celestial sigue esperando con misericordia al hijo que decide volver (Lc. 15:11-24). Todavía hay tiempo para arrepentirse y restaurar la comunión con Dios (Hch. 8:22; 1 Jn. 1:9).

Nunca olvidemos que la recompensa eterna será únicamente para aquellos que permanezcan fieles hasta el fin. Que cada uno de nosotros tome la firme determinación de jamás darse por vencido, recordando siempre las palabras del apóstol Pablo: «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos» (Gál. 6:9).

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: La ausencia de la oración en la vida cristiana por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la ausencia de la oración en la vida cristiana. No hay duda de que la Biblia exhorta a hombres, mujeres y jóvenes a ser personas de oración. Esta debe ocupar un lugar esencial en la vida del cristiano (1 Tes. 5:17; Ef. 6:18). Además de los mandamientos relacionados con la oración, Dios nos ha dejado numerosos ejemplos de siervos fieles para quienes la oración fue una prioridad. Entre ellos encontramos a Daniel (Dan. 6:10), Jesús (Mr. 1:35; Lc. 5:16), la iglesia del primer siglo (Hch. 2:42; 12:5, 12), Ana (1 Sam. 1:10-18), Nehemías (Neh. 1:4-11), y Pablo y Silas (Hch. 16:25), entre muchos otros.

La oración constituye uno de los privilegios más grandes que Dios ha concedido a Sus hijos. Por medio de ella podemos acercarnos al trono de la gracia para hallar oportuno socorro (Heb. 4:16), presentar nuestras peticiones delante de Dios (Fil. 4:6), agradecer Sus bendiciones (Col. 4:2) y buscar Su dirección en los asuntos de la vida. Cuando la oración está ausente, el cristiano pierde una fuente invaluable de fortaleza espiritual y la iglesia sufre las consecuencias.

¿Por qué es tan grave la ausencia de la oración en la vida cristiana? Considere lo siguiente:

1. Produce desobediencia a Dios

La oración es un mandato divino que debe obedecerse (1 Tes. 5:17; Mt. 26:41). Descuidarla constituye pecado delante de Dios (1 Jn. 3:4). Dios espera que Sus hijos dependan de Él y le busquen constantemente.

2. Impide el crecimiento espiritual

Dios concede sabiduría y fortaleza a quienes la piden con fe (Stg. 1:5-6). Sin oración, el desarrollo espiritual se ve afectado y la madurez cristiana se retrasa.

3. Proyecta un mal ejemplo a la familia

Un hogar que sirve a Dios debe también buscarle en oración (Jos. 24:15). Los hijos aprenden la importancia de la oración al observar a sus padres practicarla diariamente.

4. Debilita el amor fraternal

La Biblia nos exhorta a orar unos por otros (Ef. 6:18; Stg. 5:16). La oración es una expresión práctica del amor cristiano y de la preocupación genuina por nuestros hermanos.

5. Nos expone a la tentación

Jesús enseñó que debemos velar y orar para no caer en tentación (Mt. 26:41). La oración fortalece nuestra fidelidad en tiempos difíciles y nos ayuda a resistir los ataques del enemigo.

6. Nos aleja de las necesidades de la familia espiritual

La iglesia debe perseverar en oración por sus miembros (Hch. 12:5, 12). Cuando dejamos de orar por otros, perdemos sensibilidad hacia sus luchas y necesidades.

7. Debilita los esfuerzos evangelísticos

Debemos orar para que Dios abra puertas a la predicación del evangelio (Col. 4:2-3; 2 Tes. 3:1). Cuando dejamos de hacerlo, descuidamos una responsabilidad importante relacionada con la salvación de las almas.

8. Limita nuestra dependencia de Dios

La ausencia de oración puede llevarnos a confiar más en nuestras capacidades que en el poder de Dios (Prov. 3:5-6). La oración nos recuerda que dependemos completamente de Él.

9. Reduce nuestra gratitud

La oración incluye la acción de gracias (Fil. 4:6; 1 Tes. 5:18). Cuando no oramos, corremos el riesgo de olvidar las bendiciones que Dios derrama diariamente sobre nuestras vidas.

10. Debilita la unidad de la iglesia

Las congregaciones que oran juntas desarrollan una mayor unidad y compañerismo espiritual. La iglesia primitiva perseveraba unánime en oración (Hch. 1:14), y Dios bendecía grandemente su trabajo.

11. Impide recibir la paz de Dios

La oración ayuda al cristiano a depositar sus cargas en el Señor. Sin ella, la ansiedad, la preocupación y el temor pueden dominar el corazón (Fil. 4:6-7; 1 Ped. 5:7).

12. Apaga el celo espiritual

Cuando la oración desaparece, el entusiasmo por la obra del Señor disminuye. La iglesia pierde vigor espiritual y se vuelve vulnerable a la apatía y al conformismo (Rom. 12:11).

La historia Bíblica demuestra que los grandes momentos de victoria espiritual estuvieron acompañados por la oración. Cuando el pueblo de Dios oró, recibió dirección, protección, fortaleza y bendición. Por el contrario, cuando dejó de depender de Dios, sufrió las consecuencias de su debilidad espiritual.

No existe justificación válida para que los miembros de la iglesia descuiden la oración. Seamos cristianos que oren constantemente para cumplir la voluntad de Dios y contribuir al fortalecimiento de Su obra. La oración siempre será una gran bendición para la iglesia del Señor. Por lo tanto, cultivemos una profunda pasión por la oración para que nunca esté ausente de nuestras vidas. Que Dios, por medio de Su Palabra, continúe exhortándonos a ser hombres, mujeres y jóvenes dedicados a la oración, recordando siempre las palabras de nuestro Señor: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento” (Mt. 6:6), y el mandato inspirado: “Perseverad en la oración” (Col. 4:2).

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PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: El peligro de la desmotivaciónón espiritual entre hermanos por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor, es el peligro de la desmotivación espiritual entre hermanos. ¿Cuál es la idea detrás de esta expresión? Por desmotivación espiritual nos referimos a la falta de ánimo, apoyo y aliento entre los miembros del cuerpo de Cristo. Hablamos de hermanos que no toman el tiempo para fortalecer, animar y edificar a su familia espiritual en el Señor. Esta actitud puede parecer insignificante a primera vista; sin embargo, sus consecuencias pueden ser devastadoras para la salud espiritual de una congregación.

Las Escrituras tienen mucho que decir acerca de este asunto. Por ejemplo, el escritor a los Hebreos exhortó a la iglesia diciendo: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (Heb. 10:24). Observe cuidadosamente el texto. Dios no solamente nos manda a amarnos unos a otros, sino también a pensar en maneras prácticas de motivarnos espiritualmente. La palabra “considerémonos” implica prestar atención a las necesidades de nuestros hermanos para ayudarles a permanecer fieles al Señor.

El apóstol Pablo escribió a la iglesia en Tesalónica: “Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis. Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros. También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos” (1 Tes. 5:11-14). Esta porción de la Escritura nos recuerda el deber que tenemos de edificarnos mutuamente. También nos enseña que existen hermanos que necesitan ser alentados porque atraviesan momentos de debilidad, tristeza o desánimo.

Lamentablemente, algunos cristianos se han acostumbrado a asistir a los servicios de adoración sin tomar tiempo para animar a nadie. Llegan, adoran y se retiran sin ofrecer una palabra de consuelo, gratitud o motivación. Esta actitud es contraria al espíritu del Nuevo Testamento. Dios desea que seamos instrumentos de ánimo para nuestros hermanos. Bernabé es un excelente ejemplo de esto. Su nombre significa “hijo de consolación” o “hijo de exhortación” (Hechos 4:36). Gracias a su disposición para animar a otros, muchos fueron fortalecidos en la fe y la iglesia fue edificada.

¿Cuánto tiempo toma usted para expresar aprecio y ánimo a los ancianos, diáconos, predicadores y maestros de la congregación? Ellos enfrentan numerosas luchas, responsabilidades y desafíos en su labor para el Señor. Los ancianos velan por las almas como quienes han de dar cuenta (Heb. 13:17). Los predicadores trabajan arduamente en la enseñanza de la Palabra (2 Tim. 4:1-5). Los maestros dedican tiempo y esfuerzo para instruir a la iglesia. Todos ellos necesitan nuestras oraciones, nuestro apoyo y nuestras palabras de ánimo.

Muchas veces nuestros hermanos atraviesan aflicciones, enfermedades, dificultades familiares, problemas económicos y pruebas espirituales. En tales momentos, unas palabras de aliento pueden producir un impacto enorme. Proverbios 12:25 declara: “La congoja en el corazón del hombre lo abate; mas la buena palabra lo alegra”. Asimismo, Proverbios 16:24 enseña: “Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos”. Nunca debemos subestimar el poder de una palabra de ánimo pronunciada en el momento oportuno.

¿Cómo podemos motivarnos unos a otros? Considere las siguientes sugerencias:

(1) Obedeciendo el mandato de animarnos mutuamente (1 Tes. 5:11-14; Heb. 10:24-25).

(2) Haciendo saber a nuestra familia espiritual que oramos por ellos (Ef. 6:18; Col. 4:12).

(3) Evitando acciones, palabras o actitudes que produzcan desánimo en nuestros hermanos (3 Jn. 9-10; 2 Tim. 4:10, 14, 16).

(4) Amando a nuestros hermanos como Cristo nos ha amado (Jn. 13:34-35).

(5) Considerándolos como superiores a nosotros mismos (Fil. 2:1-4).

(6) Haciéndoles saber cuánto los apreciamos y valoramos (Fil. 1:7-8).

(7) Llorando con ellos y gozándonos con ellos (Rom. 12:15; 1 Cor. 12:26).

(8) Hablando palabras que edifiquen y produzcan gracia a los oyentes (Ef. 4:29).

(9) Llevando las cargas los unos de los otros (Gál. 6:2).

(10) Exhortándonos cada día para que ninguno se endurezca por el engaño del pecado (Heb. 3:13).

(11) Mostrando hospitalidad y bondad hacia nuestros hermanos (1 Ped. 4:9; Rom. 12:13).

(12) Expresando gratitud por el trabajo y servicio de los demás (1 Tes. 5:12-13).

Con frecuencia no nos damos cuenta de la influencia positiva que pueden tener unas palabras de ánimo. La fe de muchos es fortalecida cuando comprenden cuánto son amados y apreciados por sus hermanos en Cristo. En ocasiones, un simple mensaje de texto, una llamada telefónica, una visita o un apretón de manos acompañado de palabras sinceras puede marcar una gran diferencia en la vida de alguien que está luchando.

Por lo tanto, se anima al pueblo de Dios a tomar tiempo para fortalecer a su familia espiritual. Tome algunos minutos para enviar un mensaje de ánimo a un hermano o hermana. Haga saber a otros que usted agradece su trabajo y fidelidad al Señor. Le aseguro que sus hermanos en Cristo apreciarán grandemente ese gesto de amor.

Recordemos que juntos corremos la carrera que nos conduce al cielo. Ninguno de nosotros llegará solo. Necesitamos el apoyo, las oraciones y el ánimo de nuestros hermanos. Luchemos unidos y nunca dejemos de motivarnos los unos a los otros. Que cada congregación procure estar llena de “Bernabés”, hombres y mujeres comprometidos con fortalecer la fe de aquellos que les rodean.

En lo personal, agradezco a todos mis hermanos y hermanas en Cristo que a través de los años han tomado el tiempo para brindarme palabras de ánimo. Dios les bendiga por ser verdaderos “hijos de consolación”. Que el Señor nos ayude a todos a ser instrumentos de aliento, esperanza y edificación para Su pueblo.

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