RETOS QUE ENFRENTA EL JOVEN: Obedecer el Evangelio de Cristo por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que enfrentan los jóvenes en la actualidad es el de obedecer el Evangelio de Cristo. Existen jóvenes dentro de las iglesias del Señor que todavía no han entregado sus vidas a Cristo. Sus padres ya son cristianos y posiblemente algunos de sus hermanos y amigos también lo son, pero ellos todavía no han tomado la decisión personal de obedecer el Evangelio.

Este es un reto muy serio porque estamos hablando de un asunto de vida eterna. Estamos hablando de nuestra relación con Dios, del perdón de nuestros pecados y de dónde pasaremos la eternidad.

La salvación debe ser una decisión personal

Joven, debes entender que el hecho de que tus padres sean cristianos no significa que automáticamente tú seas cristiano. Tampoco significa que porque creciste asistiendo a los servicios de la iglesia ya has obedecido el Evangelio. Cada persona debe tomar su propia decisión delante de Dios.

Ezequiel 18:20 enseña este principio:

“El alma que pecare, esa morirá…”

Dios considera a cada persona responsable de sus propias decisiones.

Josué también presentó esta responsabilidad personal cuando dijo:

“Escogeos hoy a quién sirváis…” (Jos. 24:15).

Tu padre no puede obedecer el Evangelio por ti.
Tu madre no puede obedecer el Evangelio por ti.
Tus hermanos no pueden obedecer el Evangelio por ti.
Tus amigos no pueden obedecer el Evangelio por ti.

Tú debes tomar esa decisión.

No debemos tomar la salvación a la ligera

Es triste observar que algunos jóvenes consideran que obedecer el Evangelio es algo que puede esperar. Algunos piensan:

“Todavía soy joven”

“Más adelante obedeceré”

“Primero quiero disfrutar mi juventud”

“Todavía tengo muchos años por delante”

Pero nadie tiene garantizado el mañana.

Santiago 4:14 nos recuerda:

“…porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.”

Proverbios 27:1 dice:

“No te jactes del día de mañana; porque no sabes qué dará de sí el día”.

Joven, la vida física no la tienes comprada. No sabes cuánto tiempo Dios te permitirá vivir. Por esta razón, no debemos jugar con nuestra alma ni posponer una decisión tan importante.

La pregunta no debe ser:

“¿Cuándo quiero obedecer?”

La pregunta debe ser:

“¿Qué debo hacer para estar bien con Dios?”

El Evangelio es poder de Dios para salvar

Pablo escribió:

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…” (Ro. 1:16).

El Evangelio no es simplemente información religiosa. Es el mensaje que Dios ha escogido para llevarnos a la salvación por medio de Cristo.

Por eso Jesús mandó:

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo…” (Mr. 16:15–16).

El Evangelio debe ser escuchado, creído y obedecido.

Pablo enseñó que Dios dará:

“…retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:8).

Esto demuestra la seriedad del asunto. No obedecer el Evangelio no es una decisión insignificante.

¿Qué significa obedecer el Evangelio?

El Evangelio es la buena nueva acerca de la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo (1 Co. 15:1–4). La persona debe responder a este mensaje con fe y obediencia.

Jesús dijo:

“…si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” (Jn. 8:24).

La persona debe escuchar la Palabra de Dios, porque:

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Ro. 10:17).

Debe creer en Cristo (Jn. 8:24), arrepentirse de sus pecados (Hch. 2:38), confesar su fe en Cristo (Ro. 10:9–10),  ser bautizada para el perdón de sus pecados (Hch. 2:38; Hch. 22:16; Mr. 16:16) y vivir fielmente en Cristo (1 Cor. 15:58; Ap. 2:10).

El bautismo Bíblico no es simplemente un acto externo ni una tradición familiar. Es parte de la respuesta obediente al Evangelio.

Pedro dijo:

“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados…” (Hch. 2:38).

Ananías le dijo a Saulo:

“Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre” (Hch. 22:16).

Obedecer el Evangelio produce grandes bendiciones

Cuando una persona obedece el Evangelio de Cristo, entra en una relación especial con Dios y disfruta de grandes bendiciones espirituales.

1. El perdón de los pecados — Efesios 1:7

“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia”.

2. Reconciliación con Dios — Efesios 2:13–16

Por medio de Cristo podemos ser reconciliados con Dios y tener paz con Él.

3. Una nueva vida en Cristo — Romanos 6:4; 2 Corintios 5:17

El bautismo representa nuestra muerte al pecado y nuestra resurrección a una nueva vida.

4. Santificación — Romanos 6:22

Ahora podemos vivir una vida apartada para Dios, produciendo fruto que conduce a la santificación.

5. Justificación — Romanos 5:1–2

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

6. La esperanza de vida eterna — 1 Juan 5:11

“Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo”.

7. La oportunidad de demostrar nuestro amor a Cristo — Juan 14:15

Jesús dijo:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos”.

La verdadera obediencia nace de un corazón que ama a Cristo.

Joven, no pospongas tu decisión

Quizás todavía estás pensando:

“Algún día lo haré”.

Pero ¿quién te garantiza que tendrás ese “algún día”?

Quizás tus padres te han hablado muchas veces acerca de la salvación. Quizás has escuchado numerosos sermones sobre el plan de Dios para salvar al hombre.

Ahora la decisión está en tus manos.

Dios te ha dado la oportunidad de escuchar Su Palabra. Te ha dado la capacidad de entenderla. Te ha dado la libertad para decidir.

¿Qué harás con esa oportunidad?

Hebreos 2:3 pregunta:

“¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?”

La salvación no es algo que debemos tratar con indiferencia.

Joven, obedecer el Evangelio de Cristo es una de las decisiones más importantes que jamás tomarás. No lo hagas simplemente porque tus padres son cristianos. No lo hagas solamente porque tus amigos lo han hecho. Hazlo porque amas a Dios, reconoces tu necesidad de salvación y deseas obedecer a Cristo.

No permitas que la presión de tus amigos, el deseo de disfrutar del mundo, el temor o la indiferencia te impidan obedecer al Señor.

Recuerda las palabras de Jesús:

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia…” (Mt. 6:33).

Y recuerda también:

“He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Co. 6:2).

Joven, no pospongas lo que necesitas hacer hoy.

Escucha el Evangelio.

Cree en Cristo.

Arrepiéntete de tus pecados.

Confiesa tu fe en Cristo.

Obedece al Señor en el bautismo.

Comienza una nueva vida de fidelidad a Dios.

Tu juventud es un hermoso regalo de Dios. Úsala para servirle y honrarle.

“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud…” (Ec. 12:1).

La mejor decisión que un joven puede tomar es entregar su vida a Cristo y permanecer fiel a Él hasta el final.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Miembros que se dan por vencido rápidamente por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos miembros que se dan por vencidos rápidamente. Este problema ha perjudicado la obra del Señor por muchos años. Desde el establecimiento de la iglesia en el primer siglo, siempre han existido personas que, por diversas razones, abandonan la causa de Cristo. Algunos dejan de reunirse con los santos y gradualmente se enfrían espiritualmente (Heb. 10:24-25). Otros regresan al mundo, abandonan al Señor y nunca más vuelven al rebaño (2 P. 2:20-22). También están aquellos que permanecen físicamente dentro de la congregación, pero cuyo corazón ya se ha apartado de Dios (Ap. 2:4; Is. 29:13).

Muchas pueden ser las causas por las cuales algunos miembros se dan por vencidos rápidamente. Algunos sucumben ante las pruebas de la vida (Stg. 1:2-4, 12), otros permiten que las preocupaciones, las riquezas y los placeres de este mundo ahoguen la Palabra de Dios en sus corazones (Lc. 8:14). Algunos tropiezan por conflictos personales, otros por desánimo, persecución o falta de crecimiento espiritual. Sin embargo, desde un punto de vista Bíblico, ninguna de estas razones justifica abandonar al Señor. La causa de Cristo es infinitamente más importante que cualquier dificultad temporal que podamos enfrentar. Jesús mismo preguntó: «¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?» (Mr. 8:36).

La iglesia del primer siglo experimentó innumerables adversidades. Muchos cristianos fueron perseguidos, encarcelados, despojados de sus bienes y, en algunos casos, entregaron su propia vida por causa del evangelio (Heb. 10:32-34; 11:35-38). Sin embargo, gran parte de ellos perseveró fielmente en el camino del Señor. Su amor por Dios fue tan profundo que estuvieron dispuestos a sufrir por Cristo. Reconocieron que era un privilegio padecer por Su nombre (Hch. 5:41-42; Fil. 1:29). El apóstol Pablo y Silas, aun estando encarcelados injustamente, oraban y cantaban himnos a Dios (Hch. 16:25). Pablo incluso expresó que se gozaba en sus padecimientos por Cristo (Col. 1:24) y declaró con plena convicción: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Tim. 4:7-8).

Cuando se comparan los sufrimientos de la iglesia del primer siglo con las pruebas que enfrentan muchos cristianos en la actualidad, resulta evidente que aquellos hermanos soportaron dificultades mucho mayores. Sin embargo, hoy algunos abandonan la causa de Cristo por asuntos relativamente pequeños: diferencias personales, críticas, falta de reconocimiento, problemas económicos o simples distracciones del mundo. Tales razones nunca deberían ser suficientes para renunciar a la esperanza de la vida eterna.

Es imperativo que cada cristiano cultive una fidelidad inquebrantable a Dios, de tal manera que nada en este mundo lo aparte del camino del Señor. Nuestro Padre celestial merece toda nuestra fidelidad y compromiso (Ap. 2:10). Nuestro amor por Él debe impulsarnos a permanecer firmes aun en medio de las pruebas. El escritor a los Hebreos exhortó: «No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia» (Heb. 10:35-36). Asimismo, Pablo escribió: «Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre» (1 Cor. 15:58).

La obra del Señor resulta gravemente afectada cuando los cristianos se dan por vencidos rápidamente. Las consecuencias son numerosas y de gran impacto para la congregación local. Entre ellas podemos mencionar las siguientes:

  1. La membresía de la congregación disminuye.
  2. Hay menos obreros para desempeñar los privilegios de la adoración y del servicio.
  3. Se pierde el ejemplo de fidelidad que otros miembros necesitan observar (1 Tim. 4:12).
  4. Disminuye el número de hermanos que pueden estimular a otros al amor y a las buenas obras (Heb. 10:24).
  5. Se reduce la fuerza evangelística de la congregación (Mt. 28:19-20).
  6. Algunos miembros pueden desanimarse al observar que otros abandonan la fe.
  7. Las familias sufren profundamente cuando un padre o una madre deja de ser un ejemplo espiritual para su hogar (Ef. 6:4; Dt. 6:6-9).
  8. El nombre de Dios es deshonrado delante de los incrédulos (Ro. 2:24).
  9. La iglesia pierde influencia espiritual en la comunidad.
  10. El cristiano que se aparta pone en peligro la salvación de su alma (Heb. 3:12-14; Ap. 3:11).

Estas son solamente algunas de las terribles consecuencias de apartarse del camino del Señor. Especialmente lamentable es cuando quienes se alejan son padres de familia, pues dejan de ser modelos de fidelidad y perseverancia para sus hijos y su cónyuge. Las futuras generaciones suelen ser profundamente afectadas por la falta de compromiso espiritual de quienes debieron guiarlas en el camino del Señor.

No debemos olvidar que el Nuevo Testamento está lleno de exhortaciones a perseverar. Jesús dijo: «Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo» (Mt. 24:13). También afirmó: «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida» (Ap. 2:10). El autor de Hebreos nos anima a correr con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe (Heb. 12:1-3). Nuestra fortaleza no proviene de nosotros mismos, sino del Señor, quien promete ayudar a los que permanecen cerca de Él (Fil. 4:13; Is. 41:10).

Lo peor que un cristiano desanimado puede hacer es alejarse precisamente de la fuente de ánimo, fortaleza y esperanza. Cuando más necesitamos ayuda es cuando más debemos acercarnos a Dios, a Su Palabra y a la comunión con los santos. El Señor nunca abandona a quienes permanecen fieles (Heb. 13:5-6).

Por ello, animamos a todos los hermanos y hermanas que, por alguna razón, se han apartado del camino del Señor, a regresar al rebaño de Cristo. El Buen Pastor continúa llamando a Sus ovejas (Jn. 10:11-16), y el Padre celestial sigue esperando con misericordia al hijo que decide volver (Lc. 15:11-24). Todavía hay tiempo para arrepentirse y restaurar la comunión con Dios (Hch. 8:22; 1 Jn. 1:9).

Nunca olvidemos que la recompensa eterna será únicamente para aquellos que permanezcan fieles hasta el fin. Que cada uno de nosotros tome la firme determinación de jamás darse por vencido, recordando siempre las palabras del apóstol Pablo: «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos» (Gál. 6:9).