PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: El establecimiento de ancianos que no están calificados por Willie A. Alvarenga

Otra práctica sumamente dañina que debemos añadir a esta lista es el establecimiento de ancianos que no están calificados para desempeñar esta importante responsabilidad. Lamentablemente, este problema se ha presentado en varias congregaciones de la iglesia del Señor. En algunos casos, el deseo legítimo de contar con la organización Bíblica de la iglesia ha llevado a ciertos hermanos a establecer como ancianos a hombres que todavía no cumplen con los requisitos que Dios ha establecido en Su Palabra. Sin embargo, debemos recordar que el deseo de tener ancianos nunca debe estar por encima del deseo de hacer la voluntad de Dios.

La organización de la iglesia no es un asunto que podamos modificar según nuestras circunstancias, preferencias o necesidades. Cristo es la cabeza de la iglesia (Efesios 1:22-23; Colosenses 1:18), y Él tiene toda autoridad sobre ella (Mateo 28:18). Por lo tanto, la iglesia debe respetar cuidadosamente el patrón que Dios ha establecido en Su Palabra.

Los requisitos para los ancianos vienen de Dios

El Espíritu Santo, por medio de los escritores inspirados del Nuevo Testamento, dejó claramente establecidos los requisitos que debe cumplir un hombre que desea servir como anciano. Estos requisitos se encuentran principalmente en 1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-9; 1 Pedro 5:1-4 y Hebreos 13:7, 17.

Pablo escribió:

“Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea” (1 Timoteo 3:1).

Es importante notar que Pablo no solamente habla de la buena obra que desea realizar el hombre que aspira al obispado, sino que inmediatamente presenta una lista de cualidades que este hombre debe poseer. Entre ellas encontramos que debe ser irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, amable, apacible, no avaro, que gobierne bien su casa y que tenga buen testimonio de los de afuera (1 Timoteo 3:2-7).

De igual manera, Tito 1:6-9 presenta requisitos adicionales y paralelos: irreprensible, marido de una sola mujer, tener hijos creyentes, no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo y retenedor de la Palabra fiel.

Estos requisitos no son sugerencias. Son las cualidades que Dios ha establecido para aquellos que desean servir como obispos. Por lo tanto, ningún hombre, predicador, evangelista, anciano, congregación o grupo de hermanos tiene autoridad para eliminar, modificar o minimizar alguno de ellos.

No debemos alterar los requisitos de Dios

En ocasiones, la desesperación por tener ancianos puede llevar a una congregación a buscar maneras de justificar la selección de un hermano que no está calificado. También he escuchado de congregaciones donde un hermano prominente llega, imparte algunas clases sobre la organización de la iglesia y, posteriormente, termina estableciendo ancianos que no cumplen con los requisitos Bíblicos.

También existen casos donde se intenta alterar los requisitos obligatorios para ancianos y diáconos con el propósito de acomodar a ciertos hermanos que no califican. Tal práctica no tiene autorización Bíblica.

Debemos recordar las palabras de Dios:

“No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres” (Proverbios 22:28).

Aunque este texto pertenece al Antiguo Testamento y originalmente se refiere a los linderos establecidos, el principio de respetar lo que Dios ha establecido es claramente importante. En el Nuevo Testamento encontramos el mismo principio de respeto a la autoridad Bíblica:

“Para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito” (1 Corintios 4:6).

También Colosenses 3:17 enseña:

“Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús”.

Hacer algo “en el nombre del Señor” significa hacerlo bajo Su autoridad. Si Dios ha establecido requisitos específicos para los ancianos, nosotros no tenemos derecho de cambiarlos.

La “emergencia” no autoriza a desobedecer a Dios

Algunas veces se argumenta que una congregación necesita ancianos urgentemente. Quizás una iglesia solamente tiene dos ancianos y uno de ellos ya no puede continuar sirviendo. En una situación así, puede existir una gran presión para encontrar rápidamente a otro hermano que ocupe el lugar vacante.

Sin embargo, una emergencia no cambia la voluntad de Dios.

Si solamente queda un anciano calificado, la solución no consiste en establecer apresuradamente a un hombre que no cumple con los requisitos. Si llega el momento en que una congregación ya no cuenta con el número de ancianos necesarios para continuar funcionando como una pluralidad de obispos, entonces debe reconocerse honestamente esa realidad y trabajar diligentemente para preparar y equipar a hermanos que puedan calificar Bíblicamente en el futuro.

Es mucho mejor decir: “Todavía no tenemos ancianos calificados”, que decir: “Tenemos ancianos, aunque sabemos que no cumplen con los requisitos de Dios”.

No podemos hacer el mal para que venga el bien (Romanos 3:8).

La obediencia a Dios siempre debe ocupar el primer lugar:

“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).

Los requisitos tienen un propósito

Debemos entender que los requisitos que el Espíritu Santo estableció para los ancianos tienen un propósito. Dios no los colocó en la Biblia para hacer difícil que una congregación tenga ancianos. Los estableció para asegurarse de que los hombres que supervisan y pastorean a la iglesia tengan el carácter, la madurez espiritual, el conocimiento y la capacidad necesarios para realizar esta obra.

Un anciano debe ser capaz de:

  • Gobernar bien su casa (1 Timoteo 3:4-5).
  • Ser un ejemplo para la congregación (1 Pedro 5:3).
  • Apacentar el rebaño de Dios (1 Pedro 5:2).
  • Velar por las almas de los miembros (Hebreos 13:17).
  • Exhortar con sana enseñanza (Tito 1:9).
  • Convencer a los que contradicen (Tito 1:9).
  • Proteger a la iglesia de falsos maestros (Hechos 20:28-31).
  • Servir sin enseñorearse de la congregación (1 Pedro 5:3).
  • Ser un ejemplo espiritual digno de imitar (1 Pedro 5:3).

Por lo tanto, establecer a un hombre u hombres que no están preparados para estas responsabilidades puede traer consecuencias muy serias para toda la congregación.

El ancianato no es simplemente un título

Otro problema consiste en considerar el ancianato como un título, posición de honor o reconocimiento personal. El trabajo de un anciano no consiste simplemente en participar en reuniones, tomar decisiones administrativas o representar a la congregación.

El anciano es un pastor espiritual que debe cuidar del rebaño de Dios.

Pedro exhortó a los ancianos:

“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto” (1 Pedro 5:2).

Y añadió:

“No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:3).

El verdadero anciano no busca autoridad para ser servido, sino oportunidades para servir. No busca controlar a la congregación, sino ayudarla a crecer espiritualmente. No busca reconocimiento personal, sino la gloria de Dios (Gálatas 6:14).

Jesús enseñó este principio cuando dijo:

“El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mateo 20:26).

Los ancianos tienen una gran responsabilidad delante de Dios

El trabajo de los ancianos no es cualquier trabajo. Ellos tienen la responsabilidad de velar por las almas de aquellos que están bajo su cuidado.

Hebreos 13:17 dice:

“Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta”.

La expresión “como quienes han de dar cuenta” debe producir reverencia y seriedad. Los ancianos tendrán que responder delante de Dios por la manera en que realizaron esta responsabilidad.

Pedro también recordó a los ancianos que cuando aparezca el “Príncipe de los pastores”, recibirán la corona incorruptible de gloria (1 Pedro 5:4).

Por esta razón, un hermano no debe aceptar el ancianato simplemente porque otros lo desean. Debe examinar cuidadosamente su vida a la luz de la Palabra de Dios y preguntarse sinceramente si cumple con las cualidades establecidas por el Espíritu Santo.

La iglesia también tiene una responsabilidad

No solamente los hombres que aspiran al ancianato tienen una responsabilidad. La congregación también debe ser diligente al seleccionar a sus ancianos.

Una iglesia no debe elegir a un hombre porque sea popular, tenga dinero, sea empresario, tenga muchos años de ser miembro, sea amigo del predicador o porque la congregación lo estime mucho.

La pregunta principal debe ser:

“¿Cumple este hermano con los requisitos que Dios ha establecido?”

La iglesia debe estudiar cuidadosamente 1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-9; 1 Pedro 5:1-4; y Hebreos 13:7, 17 antes de considerar a cualquier hermano para el obispado.

Además, debe evitarse el favoritismo. Pablo escribió:

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad” (1 Timoteo 5:21).

La selección de ancianos debe hacerse con oración, reverencia, conocimiento Bíblico y absoluta honestidad.

¿Qué debemos hacer cuando no tenemos ancianos calificados?

Si una congregación no tiene hombres que cumplan con los requisitos, no debe sentirse presionada a establecer hombres no calificados. Más bien, debe comenzar a trabajar para preparar a futuros ancianos.

Los hombres deben crecer en:

  • conocimiento de la Palabra de Dios;
  • carácter Cristiano;
  • dominio propio;
  • liderazgo espiritual;
  • capacidad para enseñar;
  • fidelidad a su esposa;
  • gobierno apropiado de su hogar;
  • hospitalidad;
  • servicio a los hermanos;
  • defensa de la sana doctrina;
  • buen testimonio ante los de afuera.

Pablo le dijo a Tito que debía establecer ancianos en cada ciudad (Tito 1:5), pero esos hombres debían cumplir con las cualidades que inmediatamente aparecen en los versículos siguientes.

De igual manera, Pablo enseñó que hombres fieles debían ser capacitados para enseñar a otros:

“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:2).

La solución, entonces, no es bajar la norma, sino elevar el nivel de preparación espiritual de los hombres.

Una iglesia fuerte necesita líderes espiritualmente fuertes

Cuando una congregación establece ancianos que verdaderamente cumplen con los requisitos Bíblicos, la iglesia puede recibir grandes beneficios. Los ancianos podrán cumplir mejor su responsabilidad de proteger, alimentar, guiar y cuidar al rebaño.

Hechos 20:28 dice:

“Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor”.

Este texto muestra la enorme responsabilidad que descansa sobre los hombros de quienes sirven como obispos.

Una congregación con ancianos fieles y calificados puede ser grandemente fortalecida. Pero una congregación que establece hombres no calificados puede experimentar conflictos, mala administración, falta de dirección espiritual, tolerancia del error, favoritismo, divisiones y, en algunos casos, apostasía.

Por eso, no debemos apresurarnos a establecer ancianos simplemente para poder decir que tenemos la organización Bíblica de la iglesia. Debemos procurar tener ancianos que realmente sean conforme al patrón que Dios ha establecido.

El establecimiento de ancianos que no están calificados es una práctica que puede lastimar profundamente a la iglesia del Señor. Aunque el deseo de tener ancianos sea correcto, el método para lograrlo también debe ser correcto.

Nunca debemos sacrificar la verdad para alcanzar una meta que consideramos buena. Dios desea que Su iglesia sea gobernada y guiada por hombres que cumplen con Sus requisitos. No debemos agregar requisitos humanos, pero tampoco debemos eliminar o minimizar los requisitos Divinos.

Recordemos que la iglesia pertenece a Cristo (Mateo 16:18), Él es su cabeza (Efesios 1:22-23), y nosotros debemos respetar Su voluntad en todo lo que hacemos.

Si una congregación todavía no tiene hombres calificados para servir como ancianos, que no se desanime. Que enseñe la Palabra, que prepare a los hombres, que fortalezca los hogares y que ayude a futuros líderes a crecer espiritualmente. Con el tiempo, el Señor puede bendecir esos esfuerzos con hombres que lleguen a cumplir los requisitos establecidos en Su Palabra.

Pero mientras tanto, no alteremos el patrón de Dios por causa de la presión, la tradición, la conveniencia o una supuesta emergencia.

Que cada congregación pueda decir como el salmista:

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).

Y que todos recordemos la exhortación de Pablo:

“Pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40).

Dios nos ayude a respetar Su voluntad, a enseñar fielmente Su Palabra y a establecer únicamente a hombres que verdaderamente estén calificados para cuidar y guiar la iglesia que Cristo compró con Su propia sangre (Hechos 20:28).

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no utilizan sabiamente su tiempo en la obra del Señor por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de predicadores que no utilizan sabiamente su tiempo en la obra del Señor.

Hace varios años escuché a un predicador decir lo siguiente: “Es un asunto de conciencia para el predicador el no levantarse temprano para trabajar en la obra del Señor”. He tratado de encontrar la fuente original de esta declaración, pero hasta este momento no he podido identificar con certeza quién la dijo originalmente. Por esta razón, no deseo atribuirla a ningún predicador sin tener evidencia suficiente. Sin embargo, el principio que la declaración intenta comunicar merece nuestra seria consideración.

No estoy diciendo que la Biblia establezca una hora específica a la cual todo predicador debe levantarse cada mañana. Tampoco estoy diciendo que descansar sea pecado. El descanso es necesario y hay momentos legítimos para descansar. Nuestro Señor Jesucristo mismo tomó tiempo para descansar (Mr. 6:31). El problema, por lo tanto, no es simplemente levantarse tarde; el problema es la negligencia, la pereza, la falta de disciplina y el desperdicio del tiempo que Dios nos ha concedido para servirle.

Un predicador que recibe apoyo económico de la iglesia para dedicar su tiempo al ministerio debe recordar que ese privilegio viene acompañado de una gran responsabilidad. Si la congregación confía en él para dedicar su tiempo al estudio de la Palabra, la predicación del Evangelio, la enseñanza, el evangelismo, la visitación, la consejería y la edificación de los santos, entonces debe procurar cumplir estas responsabilidades con diligencia, integridad y excelencia.

El peligro de la falta de supervisión

En algunas congregaciones, los predicadores trabajan sin una supervisión cercana de parte de los ancianos. Esto no significa que los ancianos deban convertirse en supervisores de cada minuto del día del predicador. Más bien, significa que debe existir una relación saludable de confianza, responsabilidad y comunicación entre los ancianos y el predicador.

Cuando no existe una buena supervisión, lamentablemente algunos pueden aprovecharse de esa libertad para disminuir su nivel de trabajo. Hay predicadores que se levantan muy tarde, no porque hayan estado trabajando arduamente hasta altas horas de la noche, sino simplemente porque no han desarrollado una disciplina adecuada para administrar su tiempo.

Otros permiten que buena parte de su día sea absorbida por actividades que no tienen relación con las responsabilidades que aceptaron cuando comenzaron a trabajar con una congregación como predicadores de tiempo completo.

Algunos pasan demasiado tiempo en las redes sociales. Otros dedican horas excesivas a entretenimiento, deportes, juegos electrónicos u otras actividades personales. Algunos pasan más tiempo en el gimnasio que estudiando la Palabra de Dios. Otros ocupan gran parte del día atendiendo asuntos personales que podrían realizarse en otro momento. Y, tristemente, existen quienes llegan al púlpito utilizando constantemente sermones preparados por otras personas porque ellos mismos no han dedicado el tiempo necesario al estudio y a la preparación.

Esto es especialmente preocupante porque un predicador no fue llamado simplemente para ocupar un púlpito, sino para ser un estudiante diligente de la Palabra y un siervo dedicado de Cristo.

Pablo le dijo a Timoteo:

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Ti. 2:15).

La palabra “obrero” nos recuerda que el ministerio requiere trabajo. Y el verbo “procura con diligencia” demanda esfuerzo, disciplina y dedicación.

Cuando el tiempo no se administra correctamente

Cuando un predicador no utiliza sabiamente su tiempo, eventualmente comienzan a faltar oportunidades para realizar importantes responsabilidades del ministerio.

No habrá suficiente tiempo para:

  • estudiar profundamente la Palabra de Dios
  • preparar buenos sermones
  • preparar clases Bíblicas
  • evangelizar
  • visitar a los miembros
  • estudiar la Biblia con inconversos
  • animar a los débiles
  • aconsejar a las familias
  • capacitar a otros hermanos para servir
  • planear actividades espirituales
  • desarrollar clases especiales para el crecimiento de la congregación
  • escribir material Bíblico
  • preparar estudios para jóvenes
  • visitar a los enfermos
  • trabajar con nuevos conversos
  • fortalecer a los miembros débiles
  • y cumplir muchas otras responsabilidades que forman parte del trabajo de un evangelista.

El problema es que el tiempo perdido no puede recuperarse.

Por eso Pablo exhortó a los cristianos de Éfeso:

“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:15-16).

Aunque este texto no fue dirigido exclusivamente a predicadores, ciertamente contiene un principio que todo siervo de Dios debe tomar seriamente. El cristiano debe aprender a utilizar sabiamente el tiempo que Dios le ha concedido.

Pablo: un excelente ejemplo de diligencia

El Nuevo Testamento nos presenta ejemplo tras ejemplo de hombres que tomaron muy en serio su servicio al Señor. Uno de los ejemplos más sobresalientes es el apóstol Pablo.

En 1 Corintios 15:10, Pablo escribió:

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”.

Pablo no utilizó la gracia de Dios como una excusa para trabajar menos. La gracia de Dios produjo en él un mayor deseo de trabajar para el Señor.

En 1 Corintios 15:58 exhortó:

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.”

Observe algunas palabras importantes:

“Firmes”
“Constantes”
“Creciendo”
“Siempre”
“Trabajo”

Estas palabras difícilmente describen a una persona perezosa o negligente en el servicio del Señor.

Pablo también le dijo a los ancianos de Éfeso:

“Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno” (Hch. 20:31). ¡Qué ejemplo de diligencia!

Pablo no solamente predicaba desde un púlpito. Enseñaba públicamente y por las casas (Hch. 20:20). Predicaba, enseñaba, visitaba, exhortaba, evangelizaba y fortalecía a los hermanos.

En Hechos 20:24 encontramos una de las declaraciones más poderosas acerca de sus prioridades:

“Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.”

Pablo tenía una meta: terminar fielmente el ministerio que Cristo le había encomendado.

Al final de su vida pudo decir:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:7).

Pablo no solamente comenzó bien; terminó bien.

Pablo aprovechaba las oportunidades

En Colosenses 4:5 encontramos otro principio importante:

“Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo”.

Pablo entendía que las oportunidades para enseñar y evangelizar eran preciosas. Por eso exhortó a los cristianos a aprovecharlas.

En 2 Timoteo 4:2, le dio a Timoteo una responsabilidad solemne:

“Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”.

El predicador fiel no trabaja únicamente cuando tiene deseos de trabajar. Su compromiso es con Cristo, no simplemente con su estado de ánimo.

Por supuesto, esto no significa que un predicador nunca pueda descansar, pasar tiempo con su familia, hacer ejercicio o atender asuntos personales. Todas estas cosas pueden tener un lugar apropiado. El punto es que ninguna de estas actividades debe convertirse en una excusa para descuidar las responsabilidades espirituales que Dios ha puesto delante de nosotros.

Jesús: nuestro Supremo ejemplo de diligencia

Por encima de Pablo encontramos a nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro Supremo ejemplo de servicio diligente.

Jesús dijo:

“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Jn. 9:4). ¡Qué perspectiva tan poderosa del tiempo!

Jesús entendía que había una obra que debía realizar y que las oportunidades no durarían para siempre.

En otra ocasión, sus discípulos le dijeron que comiera, pero Jesús respondió:

“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Jn. 4:34).

Jesús tenía una profunda convicción acerca de la misión que había recibido del Padre.

Marcos 3:20 muestra hasta qué punto las demandas de Su ministerio podían llegar:

“Y se agolpó de nuevo la gente, de modo que ellos ni aun podían comer pan”.

Sin embargo, Jesús también entendía la necesidad del descanso y de apartarse por momentos para descansar (Mr. 6:31). Esto nos enseña algo importante: la diligencia no significa irresponsabilidad con nuestro cuerpo o nuestra familia; significa administrar sabiamente nuestro tiempo para cumplir la obra que Dios nos ha encomendado.

El predicador debe ser un estudiante diligente

Una de las tragedias más grandes es cuando un predicador deja de estudiar porque piensa que ya sabe suficiente.

La experiencia es valiosa, pero la experiencia nunca reemplaza el estudio.

Pablo le dijo a Timoteo:

“Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello…” (1 Ti. 4:15-16).

El predicador debe continuar creciendo.

Debe estudiar el texto Bíblico.
Debe estudiar su contexto.
Debe examinar cuidadosamente las palabras.
Debe conocer el contexto histórico y cultural.
Debe comparar Escritura con Escritura.
Debe preparar sus lecciones cuidadosamente.
Debe asegurarse de que lo que predica es verdaderamente la Palabra de Dios.

No es correcto que un predicador pase horas en entretenimiento y luego, a última hora, prepare apresuradamente el sermón que presentará delante de la iglesia.

El púlpito merece nuestra preparación. Las almas merecen nuestra preparación. La Palabra de Dios merece nuestra preparación. Y Dios merece nuestro mejor esfuerzo.

No se trata simplemente de trabajar más, sino de trabajar sabiamente

También debemos tener equilibrio. Un predicador puede estar ocupado todo el día y, sin embargo, no estar haciendo las cosas que realmente necesita hacer.

Por eso no se trata simplemente de decir: “Tengo que trabajar más horas”.

Se trata de preguntarnos:

¿Estoy utilizando sabiamente las horas que Dios me ha dado?

¿Estoy estudiando?
¿Estoy evangelizando?
¿Estoy visitando?
¿Estoy preparando sermones?
¿Estoy fortaleciendo a los miembros?
¿Estoy capacitando a otros?
¿Estoy buscando oportunidades para enseñar?
¿Estoy ayudando a la congregación a crecer espiritualmente?
¿Estoy cumpliendo responsablemente con aquello para lo cual fui contratado?

Estas son preguntas que todo predicador debería hacerse periódicamente.

El peligro de convertirse en un predicador perezoso

La pereza es condenada repetidamente en las Escrituras (Pr. 6:6-11; 13:4; 24:30-34). Aunque estos textos no hablan específicamente del predicador, los principios sobre diligencia y trabajo son aplicables.

El predicador debe tener cuidado de no desarrollar una mentalidad de comodidad.

Cuando la iglesia sostiene económicamente a un hombre para que dedique su tiempo al ministerio, no le está pagando simplemente por predicar dos o tres sermones cada semana. El ministerio incluye mucho más.

El predicador debe ser un obrero del Señor.

Debe recordar las palabras de Pablo:

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col. 3:23).

Si predicamos, debemos predicar como para el Señor.
Si estudiamos, debemos estudiar como para el Señor.
Si evangelizamos, debemos evangelizar como para el Señor.
Si visitamos, debemos visitar como para el Señor.
Si enseñamos, debemos enseñar como para el Señor.

Hermanos predicadores, nuestro tiempo es un regalo de Dios y nuestra oportunidad de servirle no durará para siempre.

No sabemos cuántos años tendremos para predicar. No sabemos cuántas oportunidades más tendremos para enseñar a una persona el Evangelio. No sabemos cuántas almas más podremos alcanzar. Por esta razón, debemos aprovechar cada oportunidad que Dios pone delante de nosotros.

Pablo dijo:

“Porque si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co. 9:16).

Ese debe ser el espíritu de todo predicador fiel.

No desperdiciemos el tiempo.

No desperdiciemos nuestras oportunidades.

No desperdiciemos el privilegio de predicar el Evangelio.

No permitamos que el entretenimiento, la comodidad, la pereza o los intereses personales ocupen el lugar que le pertenece a la obra del Señor.

Imitemos a Pablo, quien trabajó abundantemente (1 Co. 15:10), aprovechó el tiempo (Ef. 5:16), enseñó de noche y de día (Hch. 20:31), y consideró un privilegio terminar el ministerio que había recibido del Señor (Hch. 20:24).

Sobre todo, imitemos a nuestro Señor Jesucristo, quien dijo:

“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura” (Jn. 9:4).

Que nunca lleguemos al final de nuestro ministerio lamentándonos por el tiempo que desperdiciamos, las oportunidades que dejamos pasar o las almas que pudimos haber alcanzado.

Más bien, que algún día podamos decir con Pablo:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:7).

Dios y Su iglesia merecen nuestro mejor y mayor esfuerzo.