Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de aquellos predicadores que no se preparan adecuadamente para la predicación de la Palabra de Dios. Esta deficiencia no es un problema reciente, sino una realidad que ha perjudicado la obra del Señor a través de los tiempos. Cuando el predicador descuida su preparación espiritual y Bíblica, la iglesia deja de recibir el alimento espiritual que Dios desea comunicar por medio de Su Palabra.
La Biblia presenta un estándar elevado para quienes tienen la responsabilidad de enseñar. Pablo exhortó a Timoteo diciendo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la Palabra de verdad” (2 Tim. 2:15). El predicador debe estudiar diligentemente para interpretar correctamente las Escrituras y comunicar fielmente el mensaje inspirado por Dios. No basta con hablar acerca de la Biblia; es indispensable predicar la Biblia.
Además, el evangelista debe prestar cuidadosa atención tanto a su vida como a la doctrina que enseña. Pablo escribió: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Tim. 4:16). La vida del predicador y la pureza de su enseñanza ejercen una influencia directa sobre la iglesia. Un mensaje correcto respaldado por una vida piadosa fortalece a la congregación; una enseñanza descuidada o una vida inconsistente producen confusión y desaliento.
El apóstol Pablo también recordó a Timoteo que la predicación es una responsabilidad que se ejerce delante de Dios y de Cristo Jesús, quien juzgará a vivos y muertos (2 Tim. 4:1-5). Esta solemne exhortación nos recuerda que el púlpito no es un lugar para expresar opiniones personales, entretener al auditorio o compartir ideas humanas, sino para proclamar con fidelidad la voluntad de Dios. El mandato es claro: “Predica la Palabra”.
Predicar la Palabra de Dios requiere mucha diligencia, preparación y cuidado, pues estamos tratando con las almas de las personas. El propósito del ministerio de la predicación es presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre (Col. 1:28). Por consiguiente, el predicador que expone continuamente la Palabra de Dios debe dedicar tiempo suficiente al estudio, la oración y la meditación. Esdras constituye un excelente ejemplo, pues “había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar” (Esd. 7:10). El orden es significativo: primero estudió, luego obedeció y finalmente enseñó.
Esta preparación diligente requiere que el predicador haga, entre otras cosas, lo siguiente:
- Debe orar continuamente por sabiduría y dirección antes de preparar y presentar el mensaje (Stg. 1:5; Col. 4:2-4).
- Debe esforzarse por predicar solamente la Palabra de Dios y no sus opiniones personales (1 P. 4:11).
- Debe procurar que cada sermón esté en completa armonía con la sana doctrina (2 Tim. 1:13; Tito 2:1).
- Debe examinar cuidadosamente el texto Bíblico, meditando en él día y noche (Sal. 1:2; Jos. 1:8).
- Debe procurar una exégesis correcta, explicando el verdadero significado del texto conforme a su contexto histórico, gramatical y literario (Neh. 8:8; 2 Tim. 2:15).
- Debe evitar imponer al texto sus ideas preconcebidas o preferencias personales, permitiendo que sea la Palabra de Dios la que hable (2 P. 1:20-21).
- Debe declarar todo el consejo de Dios y no solamente aquellos temas que le resulten cómodos o populares (Hch. 20:27).
- Debe preparar mensajes relevantes que edifiquen, exhorten, consuelen y fortalezcan espiritualmente a la iglesia (Rom. 15:4; 2 Tim. 3:16-17).
- Debe predicar con convicción, amor, humildad y profundo respeto por la autoridad de las Escrituras (1 Tes. 2:13).
- Debe tener un profundo amor por la Palabra de Dios (Sal. 119:97)..
¿De qué manera es lastimada la iglesia del Señor cuando el predicador no se prepara adecuadamente para predicar? Considere algunas de las consecuencias:
- La iglesia puede dejar de recibir el mensaje que Dios desea comunicar porque el texto Bíblico no fue estudiado correctamente.
- Una preparación deficiente puede conducir a interpretaciones equivocadas y, por consiguiente, a la propagación del error doctrinal (2 Ped. 3:15-16).
- La congregación puede permanecer espiritualmente inmadura por falta del alimento sólido de la Palabra (Heb. 5:12-14).
- El predicador puede dejar de anunciar todo el consejo de Dios, privando a la iglesia de enseñanzas esenciales (Hch. 20:27).
- Los hermanos estarán menos preparados para identificar y refutar la falsa doctrina (Ef. 4:11-14; Tito 1:9).
- La fe de algunos puede debilitarse al escuchar sermones superficiales, desorganizados o carentes de fundamento Bíblico (Rom. 10:17).
- El predicador desperdicia oportunidades para exhortar, convencer y restaurar a quienes necesitan corrección espiritual (2 Tim. 4:2).
- La iglesia puede perder el entusiasmo por el estudio serio de las Escrituras cuando observa falta de diligencia desde el púlpito.
- La obra evangelística y el crecimiento espiritual de la congregación pueden verse seriamente afectados, ya que una iglesia bien instruida es una iglesia más fuerte y preparada para servir al Señor.
El predicador, al igual que los ancianos, tiene la responsabilidad de velar por el bienestar espiritual de la iglesia del Señor. Aunque los ancianos son los pastores del rebaño (Hch. 20:28; 1 Ped. 5:1-4), el evangelista desempeña una función indispensable al alimentar al pueblo mediante la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios. Por ello, jamás debe tomar a la ligera la preparación de sus lecciones.
Que cada predicador recuerde siempre que el púlpito exige reverencia, diligencia y fidelidad. El tiempo invertido en la oración, el estudio y la preparación jamás será tiempo perdido. Por el contrario, será una inversión eterna en la edificación de la iglesia, la salvación de las almas y la gloria de Dios. Como escribió Pablo: “Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos” (1 Tim. 4:15). Que Dios nos conceda predicadores diligentes, profundamente comprometidos con la verdad y decididos a proclamar fielmente “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27).
