PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Predicadores que no utilizan sabiamente su tiempo en la obra del Señor por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la de predicadores que no utilizan sabiamente su tiempo en la obra del Señor.

Hace varios años escuché a un predicador decir lo siguiente: “Es un asunto de conciencia para el predicador el no levantarse temprano para trabajar en la obra del Señor”. He tratado de encontrar la fuente original de esta declaración, pero hasta este momento no he podido identificar con certeza quién la dijo originalmente. Por esta razón, no deseo atribuirla a ningún predicador sin tener evidencia suficiente. Sin embargo, el principio que la declaración intenta comunicar merece nuestra seria consideración.

No estoy diciendo que la Biblia establezca una hora específica a la cual todo predicador debe levantarse cada mañana. Tampoco estoy diciendo que descansar sea pecado. El descanso es necesario y hay momentos legítimos para descansar. Nuestro Señor Jesucristo mismo tomó tiempo para descansar (Mr. 6:31). El problema, por lo tanto, no es simplemente levantarse tarde; el problema es la negligencia, la pereza, la falta de disciplina y el desperdicio del tiempo que Dios nos ha concedido para servirle.

Un predicador que recibe apoyo económico de la iglesia para dedicar su tiempo al ministerio debe recordar que ese privilegio viene acompañado de una gran responsabilidad. Si la congregación confía en él para dedicar su tiempo al estudio de la Palabra, la predicación del Evangelio, la enseñanza, el evangelismo, la visitación, la consejería y la edificación de los santos, entonces debe procurar cumplir estas responsabilidades con diligencia, integridad y excelencia.

El peligro de la falta de supervisión

En algunas congregaciones, los predicadores trabajan sin una supervisión cercana de parte de los ancianos. Esto no significa que los ancianos deban convertirse en supervisores de cada minuto del día del predicador. Más bien, significa que debe existir una relación saludable de confianza, responsabilidad y comunicación entre los ancianos y el predicador.

Cuando no existe una buena supervisión, lamentablemente algunos pueden aprovecharse de esa libertad para disminuir su nivel de trabajo. Hay predicadores que se levantan muy tarde, no porque hayan estado trabajando arduamente hasta altas horas de la noche, sino simplemente porque no han desarrollado una disciplina adecuada para administrar su tiempo.

Otros permiten que buena parte de su día sea absorbida por actividades que no tienen relación con las responsabilidades que aceptaron cuando comenzaron a trabajar con una congregación como predicadores de tiempo completo.

Algunos pasan demasiado tiempo en las redes sociales. Otros dedican horas excesivas a entretenimiento, deportes, juegos electrónicos u otras actividades personales. Algunos pasan más tiempo en el gimnasio que estudiando la Palabra de Dios. Otros ocupan gran parte del día atendiendo asuntos personales que podrían realizarse en otro momento. Y, tristemente, existen quienes llegan al púlpito utilizando constantemente sermones preparados por otras personas porque ellos mismos no han dedicado el tiempo necesario al estudio y a la preparación.

Esto es especialmente preocupante porque un predicador no fue llamado simplemente para ocupar un púlpito, sino para ser un estudiante diligente de la Palabra y un siervo dedicado de Cristo.

Pablo le dijo a Timoteo:

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Ti. 2:15).

La palabra “obrero” nos recuerda que el ministerio requiere trabajo. Y el verbo “procura con diligencia” demanda esfuerzo, disciplina y dedicación.

Cuando el tiempo no se administra correctamente

Cuando un predicador no utiliza sabiamente su tiempo, eventualmente comienzan a faltar oportunidades para realizar importantes responsabilidades del ministerio.

No habrá suficiente tiempo para:

  • estudiar profundamente la Palabra de Dios
  • preparar buenos sermones
  • preparar clases Bíblicas
  • evangelizar
  • visitar a los miembros
  • estudiar la Biblia con inconversos
  • animar a los débiles
  • aconsejar a las familias
  • capacitar a otros hermanos para servir
  • planear actividades espirituales
  • desarrollar clases especiales para el crecimiento de la congregación
  • escribir material Bíblico
  • preparar estudios para jóvenes
  • visitar a los enfermos
  • trabajar con nuevos conversos
  • fortalecer a los miembros débiles
  • y cumplir muchas otras responsabilidades que forman parte del trabajo de un evangelista.

El problema es que el tiempo perdido no puede recuperarse.

Por eso Pablo exhortó a los cristianos de Éfeso:

“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:15-16).

Aunque este texto no fue dirigido exclusivamente a predicadores, ciertamente contiene un principio que todo siervo de Dios debe tomar seriamente. El cristiano debe aprender a utilizar sabiamente el tiempo que Dios le ha concedido.

Pablo: un excelente ejemplo de diligencia

El Nuevo Testamento nos presenta ejemplo tras ejemplo de hombres que tomaron muy en serio su servicio al Señor. Uno de los ejemplos más sobresalientes es el apóstol Pablo.

En 1 Corintios 15:10, Pablo escribió:

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”.

Pablo no utilizó la gracia de Dios como una excusa para trabajar menos. La gracia de Dios produjo en él un mayor deseo de trabajar para el Señor.

En 1 Corintios 15:58 exhortó:

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.”

Observe algunas palabras importantes:

“Firmes”
“Constantes”
“Creciendo”
“Siempre”
“Trabajo”

Estas palabras difícilmente describen a una persona perezosa o negligente en el servicio del Señor.

Pablo también le dijo a los ancianos de Éfeso:

“Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno” (Hch. 20:31). ¡Qué ejemplo de diligencia!

Pablo no solamente predicaba desde un púlpito. Enseñaba públicamente y por las casas (Hch. 20:20). Predicaba, enseñaba, visitaba, exhortaba, evangelizaba y fortalecía a los hermanos.

En Hechos 20:24 encontramos una de las declaraciones más poderosas acerca de sus prioridades:

“Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.”

Pablo tenía una meta: terminar fielmente el ministerio que Cristo le había encomendado.

Al final de su vida pudo decir:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:7).

Pablo no solamente comenzó bien; terminó bien.

Pablo aprovechaba las oportunidades

En Colosenses 4:5 encontramos otro principio importante:

“Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo”.

Pablo entendía que las oportunidades para enseñar y evangelizar eran preciosas. Por eso exhortó a los cristianos a aprovecharlas.

En 2 Timoteo 4:2, le dio a Timoteo una responsabilidad solemne:

“Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”.

El predicador fiel no trabaja únicamente cuando tiene deseos de trabajar. Su compromiso es con Cristo, no simplemente con su estado de ánimo.

Por supuesto, esto no significa que un predicador nunca pueda descansar, pasar tiempo con su familia, hacer ejercicio o atender asuntos personales. Todas estas cosas pueden tener un lugar apropiado. El punto es que ninguna de estas actividades debe convertirse en una excusa para descuidar las responsabilidades espirituales que Dios ha puesto delante de nosotros.

Jesús: nuestro Supremo ejemplo de diligencia

Por encima de Pablo encontramos a nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro Supremo ejemplo de servicio diligente.

Jesús dijo:

“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Jn. 9:4). ¡Qué perspectiva tan poderosa del tiempo!

Jesús entendía que había una obra que debía realizar y que las oportunidades no durarían para siempre.

En otra ocasión, sus discípulos le dijeron que comiera, pero Jesús respondió:

“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Jn. 4:34).

Jesús tenía una profunda convicción acerca de la misión que había recibido del Padre.

Marcos 3:20 muestra hasta qué punto las demandas de Su ministerio podían llegar:

“Y se agolpó de nuevo la gente, de modo que ellos ni aun podían comer pan”.

Sin embargo, Jesús también entendía la necesidad del descanso y de apartarse por momentos para descansar (Mr. 6:31). Esto nos enseña algo importante: la diligencia no significa irresponsabilidad con nuestro cuerpo o nuestra familia; significa administrar sabiamente nuestro tiempo para cumplir la obra que Dios nos ha encomendado.

El predicador debe ser un estudiante diligente

Una de las tragedias más grandes es cuando un predicador deja de estudiar porque piensa que ya sabe suficiente.

La experiencia es valiosa, pero la experiencia nunca reemplaza el estudio.

Pablo le dijo a Timoteo:

“Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello…” (1 Ti. 4:15-16).

El predicador debe continuar creciendo.

Debe estudiar el texto Bíblico.
Debe estudiar su contexto.
Debe examinar cuidadosamente las palabras.
Debe conocer el contexto histórico y cultural.
Debe comparar Escritura con Escritura.
Debe preparar sus lecciones cuidadosamente.
Debe asegurarse de que lo que predica es verdaderamente la Palabra de Dios.

No es correcto que un predicador pase horas en entretenimiento y luego, a última hora, prepare apresuradamente el sermón que presentará delante de la iglesia.

El púlpito merece nuestra preparación. Las almas merecen nuestra preparación. La Palabra de Dios merece nuestra preparación. Y Dios merece nuestro mejor esfuerzo.

No se trata simplemente de trabajar más, sino de trabajar sabiamente

También debemos tener equilibrio. Un predicador puede estar ocupado todo el día y, sin embargo, no estar haciendo las cosas que realmente necesita hacer.

Por eso no se trata simplemente de decir: “Tengo que trabajar más horas”.

Se trata de preguntarnos:

¿Estoy utilizando sabiamente las horas que Dios me ha dado?

¿Estoy estudiando?
¿Estoy evangelizando?
¿Estoy visitando?
¿Estoy preparando sermones?
¿Estoy fortaleciendo a los miembros?
¿Estoy capacitando a otros?
¿Estoy buscando oportunidades para enseñar?
¿Estoy ayudando a la congregación a crecer espiritualmente?
¿Estoy cumpliendo responsablemente con aquello para lo cual fui contratado?

Estas son preguntas que todo predicador debería hacerse periódicamente.

El peligro de convertirse en un predicador perezoso

La pereza es condenada repetidamente en las Escrituras (Pr. 6:6-11; 13:4; 24:30-34). Aunque estos textos no hablan específicamente del predicador, los principios sobre diligencia y trabajo son aplicables.

El predicador debe tener cuidado de no desarrollar una mentalidad de comodidad.

Cuando la iglesia sostiene económicamente a un hombre para que dedique su tiempo al ministerio, no le está pagando simplemente por predicar dos o tres sermones cada semana. El ministerio incluye mucho más.

El predicador debe ser un obrero del Señor.

Debe recordar las palabras de Pablo:

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col. 3:23).

Si predicamos, debemos predicar como para el Señor.
Si estudiamos, debemos estudiar como para el Señor.
Si evangelizamos, debemos evangelizar como para el Señor.
Si visitamos, debemos visitar como para el Señor.
Si enseñamos, debemos enseñar como para el Señor.

Hermanos predicadores, nuestro tiempo es un regalo de Dios y nuestra oportunidad de servirle no durará para siempre.

No sabemos cuántos años tendremos para predicar. No sabemos cuántas oportunidades más tendremos para enseñar a una persona el Evangelio. No sabemos cuántas almas más podremos alcanzar. Por esta razón, debemos aprovechar cada oportunidad que Dios pone delante de nosotros.

Pablo dijo:

“Porque si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co. 9:16).

Ese debe ser el espíritu de todo predicador fiel.

No desperdiciemos el tiempo.

No desperdiciemos nuestras oportunidades.

No desperdiciemos el privilegio de predicar el Evangelio.

No permitamos que el entretenimiento, la comodidad, la pereza o los intereses personales ocupen el lugar que le pertenece a la obra del Señor.

Imitemos a Pablo, quien trabajó abundantemente (1 Co. 15:10), aprovechó el tiempo (Ef. 5:16), enseñó de noche y de día (Hch. 20:31), y consideró un privilegio terminar el ministerio que había recibido del Señor (Hch. 20:24).

Sobre todo, imitemos a nuestro Señor Jesucristo, quien dijo:

“Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura” (Jn. 9:4).

Que nunca lleguemos al final de nuestro ministerio lamentándonos por el tiempo que desperdiciamos, las oportunidades que dejamos pasar o las almas que pudimos haber alcanzado.

Más bien, que algún día podamos decir con Pablo:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:7).

Dios y Su iglesia merecen nuestro mejor y mayor esfuerzo.

RETOS QUE ENFRENTAN LOS JÓVENES: “NO DEJARSE VENCER POR LOS JUEGOS DE VIDEO” por Willie A. Alvarenga

Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que enfrentan los jóvenes hoy es no dejarse vencer por los juegos de video. Este es un desafío que merece seria consideración, ya que vivimos en una época donde el entretenimiento digital ocupa gran parte del tiempo y la atención de muchas personas. Aunque los videojuegos no son inherentemente pecaminosos, pueden convertirse en un problema cuando consumen excesivamente el tiempo, afectan las responsabilidades diarias o desplazan las prioridades espirituales.

El tiempo excesivo dedicado a los videojuegos puede ser peligroso, ya que con frecuencia reemplaza actividades verdaderamente importantes como la oración, el estudio de la Palabra de Dios, la asistencia a las reuniones de la iglesia, las responsabilidades académicas, el trabajo y la convivencia familiar. Cuando una persona pierde el control sobre el uso de los videojuegos, corre el riesgo de permitir que estos se conviertan en una influencia dominante en su vida.

En cierta ocasión, un joven cristiano perdió la oportunidad de continuar en una escuela de predicación debido a su dependencia de los videojuegos, los cuales afectaron negativamente su desempeño académico. Dicho joven dedicaba más tiempo a jugar que a estudiar. Lamentablemente, esta situación no es única. Muchos jóvenes han visto disminuir sus calificaciones, afectar sus relaciones familiares y debilitar su vida espiritual debido al uso descontrolado de los videojuegos.

La Biblia nos exhorta a ser sabios administradores del tiempo que Dios nos ha dado. El apóstol Pablo escribió: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:15-16). Cada día es un regalo de Dios, y cada cristiano dará cuenta de cómo utilizó su tiempo (Romanos 14:12).

Además, los jóvenes deben recordar que cualquier actividad que controle su vida puede convertirse en una forma de esclavitud. Pablo declaró: “Todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12). Un cristiano debe ser gobernado por Cristo y no por sus pasatiempos o deseos personales.

La Palabra de Dios también nos enseña la importancia de mantener nuestras prioridades en orden. Jesús dijo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). Cuando los videojuegos ocupan el primer lugar en el corazón, Dios deja de ocupar el lugar que le corresponde.

Por lo tanto, ¿qué pueden hacer los jóvenes para no dejarse vencer por los videojuegos? Considere las siguientes recomendaciones:

  1. Procure cultivar el dominio propio en su vida (2 Timoteo 1:7; 2 Pedro 1:5-6; Gálatas 5:22-23). El cristiano debe aprender a controlar sus deseos y hábitos.
  2. Aprenda a utilizar su tiempo sabiamente (Colosenses 4:5; Salmo 90:12; Eclesiastés 3:1). Organice su tiempo de manera que las responsabilidades y las actividades espirituales tengan prioridad.
  3. Pídale a Dios sabiduría por medio de la oración (Santiago 1:5-6; Filipenses 4:6-7). Dios puede ayudarle a tomar decisiones sabias respecto al uso de su tiempo.
  4. Procure emplear su tiempo en la voluntad de Dios (Mateo 6:33; Colosenses 3:1-2; Romanos 12:1-2). Invierta más tiempo en aquellas cosas que fortalecen su relación con Dios.
  5. Esfuércese por amar más a Dios (Marcos 12:30; Deuteronomio 6:5). Cuando el amor por Dios crece, las cosas materiales ocupan el lugar correcto en nuestra vida.
  6. Dedique más tiempo a la lectura de la Biblia (1 Timoteo 4:13; Salmo 119:97, 105). La Palabra de Dios fortalece la fe y guía nuestros pasos.
  7. Dedique más tiempo al estudio diligente de la Palabra de Dios (2 Timoteo 2:15; Colosenses 3:16; 2 Pedro 3:18). El crecimiento espiritual requiere esfuerzo y dedicación constante.
  8. Rodéese de buenas influencias espirituales (1 Corintios 15:33; Proverbios 13:20). Las amistades correctas pueden ayudarle a mantener un equilibrio saludable.
  9. Recuerde que su juventud debe ser usada para glorificar a Dios (Eclesiastés 12:1; 1 Timoteo 4:12). Los mejores años de la vida deben ser dedicados al servicio del Señor.
  10. Pregúntese constantemente si la actividad que realiza le acerca más a Dios o le aleja de Él (1 Corintios 10:31; Colosenses 3:17).

Los videojuegos pueden ser una forma de entretenimiento, pero jamás deben convertirse en el centro de la vida del cristiano. El joven sabio entiende que el tiempo es precioso y limitado. Por esta razón, procura usarlo de manera que honre a Dios y produzca fruto para la eternidad. Recordemos las palabras de Jesús: “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Marcos 8:36). Las actividades temporales tienen su lugar, pero las cosas espirituales poseen un valor eterno.

¡Dedicar tiempo a Dios, a Su Palabra y a Su servicio siempre producirá un provecho mucho mayor que cualquier entretenimiento pasajero!

btsop2004@gmail.com