RETOS QUE ENFRENTA EL JOVEN: Adorar a Dios conforme a Su voluntad por Willie A. Alvarenga

Otro reto importante que enfrentan los jóvenes cristianos hoy es no dejarse convencer de que a Dios se le puede adorar de cualquier manera. Este desafío es muy real porque vivimos en una época en la que muchas personas enseñan que lo único importante es tener buenas intenciones o ser sinceros en la adoración. Sin embargo, la sinceridad por sí sola no hace aceptable una adoración delante de Dios. La pregunta no es únicamente a quién adoramos, sino también cómo debemos adorarlo conforme a Su voluntad.

En cierta ocasión un ministro de jóvenes afirmó: “La pregunta no es cómo adorar sino a quién adorar”. Aunque esta declaración puede parecer razonable, se encuentra en conflicto con la enseñanza clara de las Escrituras. El joven cristiano debe desarrollar el hábito de evaluar toda enseñanza a la luz de la Palabra de Dios (Hch. 17:11; 1 Ts. 5:21; 1 Jn. 4:1).

La Biblia enseña claramente que Dios espera ser adorado conforme a Su voluntad y no según las preferencias del hombre. Jesús declaró:

“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24).

Esta declaración de Jesús elimina toda idea de que el hombre tiene libertad para establecer la forma de adorar a Dios. La palabra “necesario” indica una obligación divina, algo indispensable y no una sugerencia opcional. Además, la expresión “en verdad” señala que la adoración debe estar de acuerdo con la verdad revelada por Dios. Jesús enseñó que la Palabra de Dios es la verdad (Jn. 17:17). Por lo tanto, cualquier práctica religiosa que no tenga autorización en las Escrituras no puede considerarse una adoración aceptable.

La Biblia contiene numerosos ejemplos que muestran que Dios siempre ha esperado obediencia exacta en la adoración. Caín ofreció un sacrificio que Dios no aceptó (Gn. 4:3-7; Heb. 11:4). Nadab y Abiú ofrecieron fuego extraño que Jehová nunca les mandó, y fueron castigados por ello (Lv. 10:1-3). El rey Saúl perdió el favor de Dios porque pensó que podía modificar las instrucciones divinas (1 S. 15:22-23). Estos ejemplos nos recuerdan que Dios no acepta la adoración basada en los deseos humanos.

Asimismo, el apóstol Pablo advirtió contra una religión basada en mandamientos de hombres y en una aparente humildad que carece de autoridad divina (Col. 2:20-23). Jesús también reprendió a quienes enseñaban doctrinas y mandamientos de hombres, diciendo:

“Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mt. 15:7-9).

La iglesia del Nuevo Testamento practicó una adoración sencilla, espiritual y autorizada por Dios. En las Escrituras encontramos cinco actos de adoración realizados por la iglesia reunida:

  1. El canto (Ef. 5:19; Col. 3:16).
  2. La oración (Hch. 2:42; 1 Ts. 5:17).
  3. La predicación y enseñanza de la Palabra (Hch. 20:7; 2 Tim. 4:2).
  4. La participación de la Cena del Señor (Hch. 20:7; 1 Cor. 11:23-26).
  5. La ofrenda voluntaria (1 Cor. 16:1-2; 2 Cor. 9:6-7).

Fuera de estos actos autorizados, el Nuevo Testamento no presenta otras prácticas realizadas por la iglesia como parte de su adoración colectiva. Por esta razón, el cristiano fiel no tiene autoridad para añadir, quitar o modificar lo que Dios ha revelado (Dt. 4:2; Pr. 30:5-6; Gá. 1:6-9; Ap. 22:18-19).

Lamentablemente, muchos consideran que la adoración Bíblica es demasiado sencilla o poco atractiva. Como consecuencia, introducen innovaciones para hacerla más entretenida o emocional. Sin embargo, el propósito de la adoración nunca ha sido satisfacer los gustos del hombre, sino agradar a Dios. Él sigue buscando adoradores que le adoren en espíritu y en verdad (Jn. 4:23-24).

El joven cristiano debe permanecer firme en la doctrina de Cristo (2 Jn. 9), contendiendo ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Jud. 3). Debe rechazar toda enseñanza que contradiga la autoridad de las Escrituras y recordar siempre que todo cuanto hagamos, ya sea en palabra o en obra, debe hacerse en el nombre del Señor Jesús, es decir, por Su autoridad (Col. 3:17).

Cuando el joven aprende desde temprano a respetar la autoridad de la Palabra de Dios en la adoración, desarrollará una fe sólida que lo protegerá del error y le permitirá glorificar a Dios de la manera que Él ha establecido.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: La irreverencia en el culto de adoración por Willie A. Alvarenga

Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha afectado seriamente a la iglesia del Señor, es la irreverencia durante los servicios de adoración. Este problema ha perjudicado la obra del Señor a través de los años y continúa siendo una realidad en muchas congregaciones. Jóvenes, adultos e incluso predicadores del evangelio han sido culpables de esta práctica. En cierta ocasión, un predicador interrumpió su clase para responder a una publicación en Facebook. Otro contestó su teléfono mientras predicaba un sermón. Aunque estas acciones pudieran parecer insignificantes para algunos, reflejan una falta de respeto hacia Dios y hacia el propósito sagrado de la adoración congregacional.

La Biblia enseña claramente que Dios merece nuestra más profunda reverencia. El escritor de Hebreos exhorta: “sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (Hebreos 12:28-29). Salomón también escribió: “Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie” (Eclesiastés 5:1). Estas palabras nos recuerdan que la adoración no es un asunto común, sino una actividad espiritual en la que nos presentamos delante del Creador del universo.

Los miembros de la iglesia, en ocasiones, muestran irreverencia en los servicios de adoración de las siguientes maneras: (1) Revisando sus teléfonos durante la adoración, (2) Actualizando fotos de perfil en redes sociales, (3) Enviando mensajes de texto a familiares o amigos, (4) Buscando lugares para comer después del servicio, (5) Usando vestimenta inapropiada para una ocasión tan solemne, (6) Mostrando una actitud indiferente hacia la predicación de la Palabra de Dios, (7) Ausentándose de la clase Bíblica y llegando solamente al servicio último, (8) No participando de la Cena del Señor, (9) No ofrendando conforme han prosperado durante la semana, (10) Conversando con la persona a su lado, (11) Participando sin haberse preparado adecuadamente para el privilegio asignado, (12) No trayendo su Biblia a los servicios, (13) Saliendo repetidamente al baño sin una razón justificable, (14) No enseñando a sus hijos a comportarse respetuosamente en la adoración, (15) Llegando desvelados al servicio sin justificación alguna, (16) Criticando constantemente a quienes participan en la adoración, (17) Llegando sin el deseo de adorar a Dios en espíritu y en verdad, (18) No adorando conforme a Su Palabra, (19) Predicando falsa doctrina, (20) No estando concentrados durante las oraciones, (21) Permitiendo pensamientos mundanos durante la adoración, (22) Haciendo las cosas para recibir reconocimiento humano, (23) Participando mecánicamente en los servicios, (24) No mostrando gozo al adorar a Dios, y (25) No participando en el canto congregacional.

La irreverencia también se manifiesta cuando se participa de los actos de adoración sin reflexión espiritual. Algunos cantan sin pensar en las palabras que expresan; otros oran sin concentrarse en las peticiones elevadas a Dios. Pablo enseñó que los cristianos deben cantar “con gracia en vuestros corazones al Señor” (Colosenses 3:16). Asimismo, Jesús enseñó que los verdaderos adoradores deben adorar “en espíritu y en verdad” (Juan 4:23-24). Esto requiere una mente enfocada y un corazón comprometido.

Ser culpable de estas cosas constituye una adoración vana delante de Dios. Jesús habló de una adoración en vano cuando las cosas no se hacen conforme a la voluntad divina (Mateo 15:7-9). También reprendió a aquellos que honraban a Dios con los labios mientras su corazón estaba lejos de Él. La adoración aceptable no consiste solamente en estar físicamente presentes en un edificio; requiere una disposición espiritual correcta y una obediencia sincera a la voluntad de Dios.

La irreverencia en la adoración afecta seriamente a la iglesia del Señor. Primero, impide que Dios reciba la honra que merece. Segundo, comunica a otros que la adoración no ocupa un lugar importante en nuestras vidas. Tercero, nos convierte en un mal ejemplo para los visitantes, los nuevos convertidos y nuestros propios hijos. Cuarto, obstaculiza nuestro crecimiento espiritual, pues dejamos de aprovechar plenamente las bendiciones de la adoración. Quinto, pone en peligro nuestra relación con Dios y, por consiguiente, nuestra salvación eterna.

Recordemos que los primeros cristianos perseveraban fielmente en la adoración y en las actividades espirituales de la iglesia (Hechos 2:42). Su ejemplo debe motivarnos a valorar cada oportunidad que tenemos para reunirnos con los santos y glorificar a Dios. Cuando comprendemos quién es Dios y lo que Él ha hecho por nosotros mediante Jesucristo, nuestra actitud hacia la adoración cambia por completo.

Que Dios nos conceda la sabiduría necesaria para nunca ser culpables de una adoración irreverente, sino de una adoración que le glorifique, le honre y sea aceptable delante de Sus ojos. Procuremos siempre acercarnos a Él con humildad, respeto, gratitud y un sincero deseo de hacer Su voluntad.

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